NACIONALISMO Y SOCIALISMO, O EL ARTE DE HACER POSIBLE LO NECESARIO

POR DANIEL EZCURRA*

En un artículo publicado en Argenpress el compañero Claudio Katz analiza la situación latinaomericana y emprende un ataque contra todo lo que supone el freno principal para el desarrollo del proceso revolucionario en el continente: el nacionalismo, la centroizquierda y los gobiernos como los de Lula, Kirchner, el Frente Amplio y también el del presidente Chávez si no cumple con determinadas condiciones.

Creemos interesante confrontar ideas no con el autor del articulo sino con el esquema de análisis que condensa las tradicionales tesis de la vieja izquierda actualizadas al debate sobre la etapa presente. Principalmente porque el corazón del texto se centra en uno de los temas más trascendentes de la actual situación: la caracterización de gobiernos como los antes mencionados y la actitud de las organizaciones populares y de izquierda frente a los mismos.


Katz es categórico, los gobiernos como los de Lula, Kirchner (y el Frente Amplio que "acaba de llegar al gobierno y se encamina por el rumbo de Lula") son antipopulares porque "ya demostraron su nítido interés por favorecer los negocios empresarios a costa de las reformas sociales", por lo tanto "resulta inadmisible la participación de militantes combativos en ambos gobiernos, aceptar cargos implica asumir directamente la responsabilidad de ejecutar esas (impopulares) políticas".

Entonces ¿cuál es el camino a seguir para las organizaciones populares?, la respuesta llega - no menos categórica- en el último párrafo al final de largas páginas de crítica: "Lo central es reafirmar su terreno de acción junto a los oprimidos, sin involucrarse en las preocupaciones de los empresarios. El desafío es renovar el proyecto socialista y no discutir qué tipo de capitalismo le conviene a cada país". Como el artículo carece de precisiones acerca de cómo concretar esta estrategia, tomaremos como desarrollo táctico algo que propone para la Argentina: "resistir los atropellos del gobierno, denunciar sus maniobras y construir un polo de izquierda".

En apretada síntesis esta es la propuesta de una buena parte de la izquierda argentina para la etapa: todo capitalismo es igual de malo, por lo que no hay que involucrarse en las "luchas interburguesas", a las que hay que oponer un hipotéticamente renovado socialismo al que que se llegará con una táctica defensista de resistir, denunciar y sostener y concentrar la identidad de izquierda.

A pesar de la estimulante reivindicación de Katz del general Perón como "un líder popular derrocado, perseguido y exiliado por los militares" o de la tardía y superficial adhesión de una parte de la izquierda a la revolución bolivariana, podemos rastrear la matriz de este pensamiento en las posiciones políticas de la izquierda tradicional en la Argentina de 1945, o en el México del general Lazaro Cárdenas, o en la Bolivia del mayor Villarroel, o en el Perú de Velazco Alvarado o sin ir más lejos en la Venezuela del golpe al presidente Chávez. Y aquí nos introducimos en lo que da sustancia a este debate.

El autor reconoce que "el ascenso del nacionalismo y la centroizquierda han cambiado el clima intelectual de Sudamérica. Ya no se discute solo cuánto avanzó el neoliberalismo, sino también cómo puede ser enfrentado y derrotado". Es decir que analiza que la llegada de los gobiernos en cuestión, son la manifestación de un cambio en la correlación de fuerzas regional a favor de las mayorías populares, pero a la vez no les concede ningún mérito pues "Lula y Kirchner son variantes de una dominación capitalista afectada por la pérdida de iniciativa patronal, que generó la crisis del neoliberalismo". Es decir que estas administraciones reflejarían por un lado el impacto de la resistencia popular en la estrategia de dominación neoliberal y por otro la imposibilidad de esa resistencia para transformarse en alternativa política autónoma antisistema.

En este punto del análisis Katz deduce su posicionamiento político echando mano, correctamente, a la experiencia histórica: "avanzar exige superar las limitaciones que frustraron a otros ensayos nacionalistas", pues "la experiencia demuestra que las conquistas congeladas se diluyen. Si el proceso (habla para el caso venezolano) es frenado volverá a repetirse lo ocurrido con el PRI o el peronismo, que involucionaron desde el poder hasta convertirse en opciones de las clases dominantes. El camino opuesto siguió la revolución cubana".

Aquí aparecen dos de los déficit recurrentes de la izquierda dogmática: en primer lugar la formal asimilación de la existencia de una doble contradicción en nuestros países, es decir, la que enfrenta a imperio y Nación junto a la compartida con los países centrales entre burguesía y proletariado. La enseñanza fundamental de la revolución cubana (renovada hoy por la revolución bolivariana) que la izquierda debe buscar, no está en el final del proceso sino justamente al principio: en la necesidad de conformar una alianza de clases con todos los agredidos por el enemigo principal, que tenga una identidad que refleje la historia de lucha de esa sociedad y que ponga en el centro de la escena la contradicción imperio o Nación. Por supuesto que toda búsqueda consecuente de liberación nacional terminará en la social (y no como una seguidilla de etapas sino como un proceso de revolución permanente), pero suplantar las correlaciones de fuerzas, la experiencia histórica concreta, las identidades y las alianzas necesarias por el reduccionismo ideológico, es adoptar una postura testimonial en tanto falta de una estrategia real de poder; y la política testimonial es una de las caras del reformismo.

En segundo lugar tenemos la falta de autocrítica. En las nueve páginas de argumentos del artículo sobre la incapacidad del nacionalismo (que es lo que en nuestro caso nos interesa) para transformar la realidad, no aparece ninguna mención al lamentable papel representado por distintos sectores de la izquierda en variados momentos de la historia latinoamericana del siglo XX frente al desafío de comprender y actuar en el marco de diferentes procesos nacionales como los arriba mencionados. Repetir los esquemas que llevaron a organizaciones de izquierda a festejar junto a la rosca minera el linchamiento del presidente Villarroel en la Bolivia de 1946, o a marchar codo con codo junto a la oligarquía argentina en 1945 no pareciera ser el camino que lleve a "renovar el proyecto socialista".


Este análisis concediendo terreno al economicismo analiza como hechos automáticos los cambios macroeconómicos, "La explosión de pobreza se ha frenado por el cambio del ciclo. Este giro repite lo ocurrido a principios de los 90, cuándo el debut de la convertibilidad cortó la inercia inflacionaria". Es decir que la aparición de la convertibilidad y su ruptura nada tienen que ver con cambios al interior de las alianzas del bloque de poder que a su vez tampoco remiten a los efectos de la lucha de clases, porque como ya se nos explicara antes no hay que "involucrarse en las preocupaciones de los empresarios". Siguiendo este método se entiende como la izquierda tradicional no encuentra "ninguna prueba de rechazo del establishment al gobierno de Kirchner. Los capitalistas (retengamos la indiferenciación) están agradecidos con el mandatario que les permitió recuperar dinero y poder". En síntesis y en propias palabras del autor; "Obviamente 'Lula es diferente a F. H. Cardoso' y 'Kirchner no es igual a Menen o De la Rúa'. Pero esta caracterización sólo constata que ningún presidente reproduce al anterior. El régimen político burgués funciona con alternancias para que cada gobierno se adapte a las necesidades cambiantes de la clase capitalista". En buen romance; Menem y Kirchner representan lo mismo. Por supuesto que debemos abstenernos de pedirle las peras de analizar las contradicciones principales de las secundarias al olmo de este método para explicar la realidad.

El comienzo del artículo reconfirma la visión del signo igual que comparten Menem y Kirchner o Cardozo y Lula pues son "gobiernos (que) refuerzan los mecanismos estatales de regulación", para luego pasar a hacerse una pregunta fundamental: "lo importante es dilucidar a quién beneficia esta ingerencia". Aquí es obvio que si no pueden verse (pues no interesan para la política revolucionaria) los cambios de hegemonía en el bloque dominante y las posibilidades de acumulación que ello pudiese brindar a los sectores populares en tanto reflejos de un cambio en la correlación de fuerzas, la respuesta llega diáfana: beneficia a "los capitalistas" y no a los "trabajadores". Y esto es así porque "los nuevos presidentes simplemente debutan con proclamas antiliberales y luego perpetúan el status quo". Desde esta generalización económica (los gobiernos capitalistas son malos para los trabajadores) el autor (y la izquierda tradicional) llega a otra generalidad esta vez ideológica: "la radicalización anticapitalista y la perspectiva socialista constituyen la única certeza de bienestar y progreso". ¿Y la mediación política?, ¿y la construcción de un bloque que debilite al campo enemigo?, ¿y, en definitiva, la estrategia de transformación?. Se resuelven con más ideologismo.

Esta línea argumental bicromática que acepta como única respuesta política posible para la etapa la implementación del socialismo, lleva al autor al grosero error político de equiparar alzamientos populares, luchas antimperialistas y la busqueda conciente de cambio de sistema como si se tratara de términos intercambiables. A la pregunta"¿el proyecto socialista ha quedado sepultado?", el economista responde que "la continuidad del impulso popular a la sublevación contradice ese repliegue. La secuencia de levantamientos que conmocionó a varios países (Ecuador, Bolivia, Argentina) en los últimos años, revela que existe la disposición y la necesidad de encarar transformaciones antiimperialistas radicales, para revertir la degradación que sufre Latinoamérica". Pero claro, si las contradicciones principales y secundarias no pueden aplicarse a la Argentina actual, si Menem y Kirchner son iguales en tanto "capitalistas", ¿por qué una asamblea post 19 y 20´ no puede representar el germen de un soviet o una explosión contra el hambre la toma del palacio de invierno?.

Si se toma por buena esta asimilación de distintos niveles de conciencia y organización del campo popular, de lucha social con lucha política y de éstas con la búsqueda revolucionaria, se comprende mejor porque no se encuentra respuesta a que "las clases populares conquistan las calles durante las huelgas, los enfrentamientos y las movilizaciones, pero entregan su destino al enemigo cuándo deben definir el rumbo político de sus países". Mejor expresado, se entiende porque la izquierda tradicional las encuentre en " los errores (o traiciones) que predominan en el campo de los luchadores", es decir en "los ensayos de la centroizquierda y las apuestas del nacionalismo" y no en su propia incapacidad para trazar una estrategia de poder real en nuestros países.

Este tipo de pensamiento sostiene implacablemente en el campo del testimonio las mismas banderas de igualdad y emancipación que renuncia a levantar efectivamente en la realidad cuando ésta se niega a entrar en sus moldes. Y como de aquellos polvos estos lodos, la subestimación de los procesos nacionales desde el siglo pasado hasta hoy, con todas sus especificidades, lleva al camino de la impotencia política. Y la impotencia política ha sido, para la izquierda de la que hablamos, la contracara necesaria de su falta de arraigo de masas.

La idea de que una política revolucionaria significa la confrontación absoluta con el sistema sin contemplaciones de tiempo y espacio y sin herramientas ni mediaciones transicionales, ocupa el terreno de las necesarias consideraciones morales pero difícilmente sirva para la acción política. Confrontado con ese problema el pensamiento que representa el artículo termina por morderse la cola. Nos dice que aceptar la necesidad de discriminar las contradicciones principales de las secundarias "sólo tiene sentido si se postula una estrategia socialista", pero como al plantear cualquier programa político inmediato que no sea el socialismo la izquierda "abandona su identidad y renuncia a sus banderas de igualdad y emancipación", la conclusión es sencilla: "por este camino la izquierda sepulta su futuro". Es decir, burguesía por un lado, proletarios por el otro y al que no le guste o es un traidor o un defensor del statu quo.

Sin ánimo de entrar en una "guerra de citas" traemos una reflexión de Fidel Castro sobre este tema que sintetiza "la enseñanza" de la revolución cubana: " Nuestro programa cuando el Moncada no era un programa socialista, pero era el máximo programa social y revolucionario que en aquel momento nuestro pueblo podía plantearse. Ahora, un camino de la revolución significa precisamente el propósito de ir aprovechando cada coyuntura y cada posibilidad de avanzar un revolucionario verdadero siempre busca un áximo de cambio social, pero buscar un máximo de cambio social no significa que en cualquier instante se puede proponer el máximo, sino que en determinado instante y en consideración del nivel de desarrollo de la conciencia y de las correlaciones de fuerzas, se puede proponer un objetivo determinado y una vez logrado ese objetivo proponerse otro objetivo más hacia adelante. El revolucionario no tiene compromisos como para quedarse en el camino".

O dicho de forma "más clásica": "Sólo se puede vencer a un enemigo más poderoso poniendo en tensión todas las fuerzas y aprovechando obligatoriamente con el mayor celo, minuciosidad, prudencia y habilidad la menor 'fisura' entre los enemigos, toda contradicción de intereses entre la burguesía de los distintos países, entre los diferentes grupos o categorías de la burguesía en el interior de cada país: hay que aprovechar asimismo las menores posibilidades de lograr un aliado de masas, aunque sea temporal, vacilante, inestable, poco seguro, condicional. El que no ha demostrado en la práctica, durante un lapso bastante considerable y en situaciones políticas bastante variadas, su habilidad para aplicar esta verdad en la vida, no ha aprendido todavía a ayudar a la clase revolucionaria en su lucha por liberar de los explotadores a toda la humanidad trabajadora" (V. Lenin).

Como vemos, una mirada muy lejana de las simplificaciones políticas en las que incurre el pensamiento representado por el artículo.

También es interesante detenerse en la reivindicación de la revolución bolivariana que ensaya el autor. El reconocimiento, que compartimos, sobre que Venezuela "articula la resistencia antiimperialista de la región" porque se está "procesando una transformación democrática radical de las instituciones del estado" fruto de que "Las ambiciosas reformas sociales que propugna Chávez requieren mayor radicalización política" lo que a su vez "ha generado hasta ahora cierta dinámica antiimperialista de radicalización que opone a las clases opresoras y oprimidas", difícilmente pueda conciliarse con el esquema de análisis bipolar que propone su artículo: Es decir que, en sus propias palabras, estaría apoyando, (por supuesto que en Venezuela y no aquí), un proceso que comienza como la ruptura sólo política con el bipartidismo por parte de un militar nacionalista (burgués) que concentrará las expectativas de cambio de las mayorías hastiadas con escasos niveles de conciencia y organización popular, accediendo al gobierno a través de elecciones, con un programa capitalista donde el socialismo brilla por su ausencia.

Aquí se nos plantean algunos interrogantes: ¿Las FF.AA armadas, uno de los polos que sostienen a Chávez estarán por el socialismo?. ¿La deuda externa que paga Venezuela será de naturaleza distinta a la que paga la Argentina?, ¿Que Chávez hable de la construcción de un capitalismo nacional, implante una identidad patriótica, se diga seguidor del General Perón y socio político de Kirchner no le sugiere nada?.



Fidel Castro

Según nuestra óptica: Chávez es fruto de la crisis económica y política del neoliberalismo que encontró, en Venezuela, salida en un líder militar nacionalista revolucionario (burgués para Katz) que lidera la conformación de una alianza entre los sectores populares más desposeídos y una fracción de la burguesía nacional (que se refleja en el grueso del ejército) relegada por el neoliberalismo de Carlos Andrés Pérez y compañía que se aprestaban a fines de los 90´a entregar al capital transnacional "La joya" de la abuela venezolana: Lo que estuvo en juego en esa lucha "interburguesa" fue y es el dominio del aparato del Estado y fundamentalmente de la renta petrolera (que representa un 80% de las exportaciones y más del 60% del PBI). Una vez más: ese es el comienzo de un proyecto transformador.

La historia y el presente latinoamericanos siguen demostrando la vigencia de las alianzas de clase para enfrentar al imperialismo y al capital monopólico transnacionalizado desde un proyecto antiimperialista que busque la liberación nacional, para lo que, en un punto de la maduración del desarrollo de la lucha de clases, deberá radicalizar el proceso hacia formas de organización social y propiedad sostenidas por un poder popular revolucionario. El compañero Katz, al contrario de la izquierda en Venezuela y repitiendo viejos errores históricos, sostiene que esa acumulación de fuerzas no se logrará dentro del proceso; organizando y elevando los niveles de conciencia desde la misma experiencia de las masas y participando de su identidad política, sino combatiéndolo implacablemente desde la vereda de enfrente desplegando la bandera de la pureza clasista.

Y llega a esa conclusión interpretando este complejo panorama desde un mirador donde todos "los capitalistas" son lo mismo, donde el ALCA y el Mercosur serían equivalentes en tanto herramientas de "la" burguesía, donde se confunde explosiones populares con organización revolucionaria, lucha social con autoconciencia anticapitalista y fundamentalmente porque entiende que la contradicción principal para un país dependiente en este contexto es socialismo vs capitalismo.

Demás está decir que no compartimos ni analítica, ni histórica ni prácticamente esa lectura. Desde nuestra interpretación el gobierno de Kirchner abre una puerta a un cambio de correlación de fuerzas a favor de las mayorías, en tanto surge de un movimiento de masas (resistencia neoliberal - 19 y 20 de diciembre) que profundiza la brecha con las herramientas de dominación política del neoliberalismo. Una de las principales diferencias con el chavismo es que por las especificidades del proceso político de nuestro país, el embate del campo popular no rompe la identidad tradicional, sino que produce al interior del peronismo (en tanto catalizador y vehículo de las principales fracciones de la burguesía) una realineación (crisis de representatividad / cambio de hegemonía en el bloque de poder) que lleva al surgimiento de un presidente, sin peso propio dentro del PJ, que se plantea construir una alianza entre las fracciones de la burguesía menos trasnacionaliazadas con intereses en el mercado interno y regional y los sectores populares, con base política dentro del PJ y (lo que es fundamental) más allá de él, para avanzar en un proyecto (nacional) que dispute con el capital financiero internacional y los sectores más concentrados la conducción económica de la etapa que se abre.

No cabe ninguna duda que este proceso tiene final abierto, nuestros enemigos históricos son poderosos y agresivos a pesar de la crisis del neoliberalismo (y justamente como producto de ella), pero entendemos que (como lo demuestra con su diversidad la realidad latinoamericana) existe el espacio para seguir avanzando en la construcción de sociedades con mayores grados de independencia económica, soberanía política y justicia social. Esa posibilidad concreta en la Argentina actual pasa por construir fuerza política transformadora que apuntale y profundice el proyecto nacional y popular que hoy encarna el presidente Kircher.

Para ello no dudamos en "ir aprovechando cada coyuntura y cada posibilidad de avanzar" sintiéndonos continuadores de lo que consideramos el verdadero núcleo del "legado revolucionario de la generación precedente": la voluntad inclaudicable de convertirse en opción de poder desechando la resignación que implica la acción testimonial. Estamos ante un nuevo desafío que necesita del concurso de todos aquellos dispuestos a transformar la realidad. Confiamos en que la firmeza, convicción y valentía desplegada en la resistencia al neoliberalismo encuentre los canales para superar los errores y limitaciones que se desprenden del análisis concreto de nuestro pasado historico. Solo así podremos hacer posible lo necesario.


*Daniel Ezcurra es miembro de la dirección nacional de la Corriente Patria Libre y Coodinador de la Cátedra Bolivariana d la Universidad Popular Madres de la Plaza de Mayo de Buenos Aires, Argentina.