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CÓMO ENTENDER LA CRISIS DE BOLIVIA |
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Este, uno de los países más pobres de América Latina, es el de mayor nivel de identidad cultural y voluntad de lucha social en el hemisferio. Lo que se viene dando en esta nación es una lucha pugnaz entre dos modelos económicos, cuyo desenlace aún es incierto. La actual crisis que atraviesa Bolivia es el episodio más reciente de la prolongada disputa entre las fuerzas populares y las elites políticas y económicas que defienden dos modelos económicos abismalmente diferentes.. La nueva Ley de Hidrocarburos que se constituyó en el leit motiv para que se desencadenara la confrontación social, muestra una nación escindida en dos grandes bloques que desde hace cuatro años sus dirigentes han cimbrado las estructuras políticas y económicas de la nación andina. De un lado, los conservadores empresarios, clase media, partidos tradicionales que han monopolizado la vida política y defienden el modelo neoliberal; y por el otro, los movimientos sociales, mayoritariamente indígenas, que propugnan por la intervención económica del Estado, la nacionalización de los hidrocarburos, mayor presencia indígena en la vida nacional y la convocatoria de una Asamblea Constituyente. |
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El sector social está encabezado por el Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales, el Movimiento Indígena Popular (MIP) de Felipe Quispe, la Central Obrera Boliviana (COB) y la Coordinadora de Cochabamba, entre otros. De manera paralela a las protestas masivas, este bloque incursionó con éxito en los procesos electorales. En 2002 apareció el MAS y Evo Morales logró ser el segundo candidato a la presidencia más votado. Su partido obtuvo 20% de la votación y 35 diputados. En las últimas elecciones municipales se convirtió en la primera fuerza nacional al conquistar 110 alcaldías (de 317 en todo el país), que sumadas a las ganadas por el MIP, suman 125 ayuntamientos. El hecho político más importante en Bolivia de los últimos años es que los indios hayan podido votar por sus candidatos salidos de sus propias etnias. Eso nunca había ocurrido y representa una revolución simbólica en una sociedad tan racista como la boliviana en la que los indígenas, a pesar de ser 62% de la población, no habían participado en las estructuras del poder político. Sin embargo, la confrontación entre los dos sectores que dominan el espectro político y social del país es pugnaz. Se podría afirmar que lo que se presenta en Bolivia es un empate de fuerzas, pues ninguno de los bloques puede imponerse sobre el otro. Y la gestión de Carlos Mesa está marcada por este empate. El presidente gobernó con el apoyo de Evo Morales y del MAS, con lo cual le dio estabilidad política y social al país. Eso funcionó hasta enero pasado, cuando surgió el debate de la Ley de Hidrocarburos y los movimientos sociales se radicalizaron. A pesar de su popularidad (60% en la última encuesta) el presidente Mesa no controla los factores de poder del país. El gobierno está en el limbo y los temas de fondo de la crisis estatal siguen pendientes. LOS PROBLEMAS DE MORALES
La imagen contestataria del MAS se deterioró por su respaldo al gobierno de Mesa. Morales pecó de ingenuo porque respaldó la aprobación de un Referéndum que le sirvió de instrumento al mandatario boliviano para revitalizar su Gobierno. Así mismo Morales y el MAS apoyaron la aprobación de una Ley de agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas que Mesa les vendió como la oportunidad de deshacerse de los partidos tradicionales, cuando fue en realidad el instrumento que les permitió al MNR, el MIR y la ADN proyectar a sus hombres de segunda línea y evitar perder el control de las ciudades capitales del país durante las elecciones municipales. Si con el referéndum Mesa pudo prescindir del mandato de Sánchez de Lozada, tras las elecciones municipales le fue posible disponer de los operadores y el aparato político con el que finalmente se opuso y prescindió de Evo Morales. Lo paradójico es que Mesa construyó su hegemonía respaldado por los votos del MAS en el Parlamento y por el voluntario retiro del movimiento cocalero de la Coordinadora de Defensa del Gas y del Estado Mayor del Pueblo. En abril de 2004 Morales llegó a enfrentar a los movimientos sociales para imponer el Referéndum del Gas y castigó con la expulsión a la disidencia de su propio partido por oponerse a la gobernabilidad del país. Cuando el movimiento popular se debilitó, la política presidencial dio un giro abiertamente conservador y reveló que Mesa sólo estuvo esperando el momento de decirle al MAS que cayó el telón. Frente a la traición de Mesa y aprovechando las protestas sociales a principios de marzo, la izquierda boliviana acordó unirse. Evo Morales estaba enfrentado a Felipe Quispe, a la COB y al Alto. Era una lucha entre reformistas y revolucionarios y su disputa se venía dando por el control de sindicatos y de federaciones. El acuerdo incluyó un plan mínimo, la propuesta de ley de Morales, y un plan máximo, la nacionalización de los hidrocarburos. Con este acuerdo, la izquierda fortaleció su fuerza en cuatro regiones: El Chapare, el Altiplano norte (alrededor de La Paz donde está Quispe y el sector aymara más radical), el Alto, Cochabamba (donde están los campesinos de Evo Morales) y el norte de Potosí. LUCHA POR LOS RECURSOS NATURALES La escisión de la sociedad boliviana no será fácil de solucionar por cuanto que los intereses que están de por medio son muy grandes y de tras de ellos se encuentran las transnacionales que explotan importantes yacimientos de hidrocarburos. Los indígenas y los movimientos sociales exigen que la mayor parte de las ganancias de la explotación de los recursos naturales se quede en el país, mientras que el gobierno de Carlos Mesa aupado por las transnacionales busca que estas obtengan como mínimo el 50 por ciento del rendimiento. La confrontación social comenzó hace cinco años con la llamada Guerra del Agua, que marcó el inicio de esta época convulsa. Lo que parecía ser sólo una sublevación local por el control del vital líquido, fue el anuncio de una etapa rubricada por la emergencia de movimientos sociales y liderazgos indígenas, que han articulado un poder social, político y económico que cambió el rumbo del país. La venta de empresas públicas y la entrega de los recursos naturales a empresas trasnacionales en medio de una crisis económica y una creciente desigualdad (seis de cada 10 bolivianos son pobres) catalizaron la inconformidad social tras 20 años de políticas neoliberales. Detrás del debate sobre los hidrocarburos está la discordia por el excedente económico del sector. La ley del presidente Mesa propone establecer gradualmente en seis años que las compañías petroleras paguen al gobierno entre 50-54% de sus ganancias (calculadas en mil 500 millones de dólares). En la ley aprobada por los diputados, este pago alcanzaría un 60-65% de manera inmediata. Y con la propuesta del MAS, llegaría hasta 70%. La principal oposición a la reforma proviene de la Cámara Boliviana de Hidrocarburos (donde paradójicamente no hay una sola empresa nacional) que la considera "una ley confiscatoria". Los partidos conservadores (MNR, MIR, NFR, UCS) apoyan la nueva ley. ASAMBLEA CONSTITUYENTE En medio del debate político pugnaz que se viene dando, uno de los temas pendientes más importantes es la convocatoria a la Asamblea Constituyente (en encuestas recientes 78% de los bolivianos está de acuerdo). Existen grupos sociales excluidos históricamente que hoy se sienten con fuerza, con derecho y con palabra para intervenir en la construcción de un Estado multinacional. Los movimientos sociales reivindican la Constituyente como el escenario para modificar el modelo económico y lograr el reconocimiento de formas de autogestión indígena. El punto clave de la discusión es la propiedad pública de los recursos naturales Ahí está la resistencia de las elites conservadoras a la Constituyente. En este contexto, las elites empresariales de Santa Cruz y Tarija impulsan las autonomías regionales. Esta autonomía sería un blindaje para que la propiedad de la tierra y de los hidrocarburos queden en el ámbito regional. Los movimientos indígenas aceptan una autonomía que recupere sus derechos, usos y costumbres. CONTEXTO POLÍTICO Y SOCIAL La situación social de Bolivia tenía que estallar, luego de décadas de marginalidad y explotación. Este, uno de los países más pobres de América Latina, es el de mayor nivel de identidad cultural y voluntad de lucha social en el hemisferio. En las décadas de los años 50 y 60, fracasó la reforma agraria populista, se tornaron improductivas las minas nacionalizadas, el mercado interno se encogió de pobreza y las identidades indígenas fueron aún más marginadas, en su emigración urbana, lejos de sus comunidades de origen. En el Oriente, la provincia de Santa Cruz, empresarial, productora agropecuaria moderna, con yacimientos de gas y próxima a Brasil se volvió cada vez más autónoma, resintiendo su sujeción por parte de La Paz. En los años 70, el narcotráfico hizo de Bolivia su principal reserva de producción de coca, cultivo ancestral de los indígenas. De ahí surgió una cierta prosperidad, sobre todo en el valle del Chapare, en la región de Cochabamba. La conexión a los cárteles de la droga tuvo el efecto paradójico de favorecer la democracia en Bolivia. Y es que Estados Unidos, sempiterna referencia de los militares golpistas, se dio cuenta de que los principales narcos eran los gobiernos militares. Así, en 1982 apoyaron un golpe a favor de la democracia, que se mantiene desde entonces. La presión de los estadounidenses llevó a los distintos gobiernos a erradicar cultivos de coca, empezando por el Chapare, en donde, la sociedad campesina estaba ligada al narcotráfico sin ningún tapujo. Miles de campesinos se encontraron de nuevo en la pobreza. De ahí salió el movimiento de los cocaleros que lidera Evo Morales. En plena crisis, surgió la esperanza: se descubrieron enormes reservas de gas en la sureña provincia de Tarija. Entonces, como en los más perversos cuentos de la lechera, toda Bolivia empezó a pelearse sobre qué hacer con el gas. |
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![]() BOLIVIA |
En este debate se han mezclado intereses económicos, nacionalismo boliviano contra Chile, identidad aymara (como en el caso del otro líder popular, Felipe Quispe), desconfianza de las multinacionales, enraizamiento en "la pacha mama" (la madre tierra) y odio a los políticos corruptos. De ahí salió el clamor de que esta vez la riqueza del país fuera para el país, no para las multinacionales y sus gestores locales, como paso con el oro, la plata, el estaño y otras riquezas. Y, además, que el gasoducto no pasara por el territorio que Chile arrebató a Bolivia en la Guerra del Pacífico. Así se gestó un gran movimiento popular en el 2003, que, tras ser reprimido con decenas de muertos por el presidente Sánchez de Lozada, forzó la dimisión y exilio de ese presidente en octubre de ese año. Le sustituyó el vicepresidente, Carlos Mesa, un destacado intelectual, independiente y respetado por todos, que consiguió restablecer la calma y reconducir el proceso por vías institucionales, haciendo pasar el gasoducto por Perú y renegociando los acuerdos con las multinacionales. Pero el Congreso boliviano está fraccionado entre una multitud de grupos, algunos de los cuales son expresión directa de movimientos sociales, muchos de ellos identitarios, y en particular el MAS, un aliado potencial de la revolución bolivariana de Higo Chávez.
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Los congresistas adoptaron una ley de hidrocarburos que fija la imposición a la extracción de gas en un 32% y las regalías en un 18%, o sea, 50% al fin. El gobierno de Mesa no acepta estas proporciones, alegando que de esta manera Bolivia ahuyentará a las transnacionales. Este es apenas un capítulo más del drama boliviano, cuyo desenlace aún es incierto. |
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