ALCA: PUNTO DE RUPTURA ENTRE E.U. Y AMÉRICA LATINA


POR HABIB MERHEG MARÚN

El receso convocado por los países del hemisferio en las negociaciones del ALCA marca un punto de ruptura en las relaciones entre América Latina y Estados Unidos. La negativa a continuar el proceso de la manera en que Bush padre lo había establecido hace mas de una década, es una invitación a la reflexión sobre cómo debe estructurase política y económicamente la integración hemisférica.

La integración entre América Latina y Estados Unidos es un hecho de antaño. Los latinos son la minoría más grande en Estados Unidos, su ingreso per cápita sube constantemente y paulatinamente están ganando espacios políticos. Es de resaltar la tarea de Cruz Bustamante, descendiente de mexicanos que por poco logra la gobernación de California, él segundo mayor Estado de la Unión americana. Desde el punto de vista económico muchos empresarios norteamericanos han identificado el mercado hispano como el de mayor crecimiento y el de mayor dinamismo en EEUU. La cultura latinoamericana esta permeando la sociedad norteamericana, desde sus platos típicos, pasando por su música, hasta su economía.

Por otra parte las remesas se están constituyendo en la principal fuente de divisas de muchos países latinoamericanos. Solamente hablando del caso colombiano dicha fuente ya supera los ingresos por café y si se mantiene la tendencia en menos de cinco años rebasará los ingresos derivados del petróleo. Buena parte de esas remesas provienen de los Estados Unidos.

A pesar de la enorme simbiosis entre el sur y el norte del rió Bravo, los acuerdos continentales de integración parecen condenados a naufragar. El hemisferio ha sido testigo de más de 50 años de intentos multilaterales de integración hemisférica, condenados una y otra vez al fracaso. En el reciente descalabro de la reunión celebrada en la ciudad mexicana de Puebla, Estados Unidos, en una actitud arrogante se negó acordar el compromiso de disminuir las ayudas internas al campo y más importante aún, a comprometerse a no implementar nuevas medidas proteccionistas en el futuro, mostrando el poco interés que tiene en las necesidades latinoamericanas, teniendo en cuenta que el agro no representa ni el 1% de su economía, pero significa la vida de millones de latinoamericanos.

La experiencia europea muestra que acuerdos de esta naturaleza son posibles cuando confluyen tres elementos. El primero es una proceso de dialogo y concertación sobre los temas sensibles para después abordar los temas generales. La Unión Europea se empezó a construir con la conformación de la Comunidad Europea del carbón y el acero en 1951, para luego, ocho años después, sentarse a discutir la conformación de la Comunidad Económica Europea. El segundo elemento que confluyó en este proceso es la simetría de sus economías, básicamente se trató de acuerdos horizontales, entre pares económicos con similares niveles de desarrollo. El tercer elemento, y más importante, fue la profunda convicción entre los países firmantes en que la Unión Europea era la mejor herramienta para garantizar la paz y la prosperidad del continente.

Por una parte, contrario a lo sucedido en Europa, América pretende solucionar en un solo acuerdo los temas generales y los temas sensibles o en su defecto bajo los esquemas “light” que ya se están planteando, postergar indefinidamente la discusión de los temas más trascendentales del acuerdo. Lo light es un atajo para no hacer nada, una declaración de fracaso revestida con atuendo de victoria.

Por otra parte, el ALCA – o un eventual TLC –, surge como un acuerdo comercial vertical, es decir entre países con grandes asimetrías económicas, sin que se contemple en el acuerdo mecanismos de apoyo a gran escala para la reconversión industrial de las pequeñas economías.

Finalmente, la principal diferencia entre el proceso de integración europeo y el proceso de integración americano es la falta de visión política del último. Mientras que el primero surge como un ideal político de paz y prosperidad, el segundo se plantea como un calculo cuidadoso de costos y beneficios comerciales, estructurado bajo el esquema de un acuerdo comercial continental. Con economías sumidas en el atraso, y millones de personas viviendo bajo la línea de pobreza, el calculo de las ganancias de las posibles oportunidades comerciales es insuficiente para garantizar la legitimidad de un proceso de tal envergadura.

En la cumbre de Puebla éste esquema de integración entró en crisis. La experiencia de la década de los noventa muestra que la apertura económica por si sola no garantiza un mayor progreso económico ni una mayor reducción de la pobreza. La asimetría entre las economías estadounidense y latinoamericana, sumada a la negativa de los norteamericanos para otorgar acceso efectivo a los productos estratégicos de sus minúsculas contrapartes como el azúcar y el arroz, muestran que a EU no le interesa promover un desarrollo armónico del comercio hemisférico como estrategia de desarrollo, sino mejorar las condiciones de acceso para sus empresarios más competitivos y proteger los sectores en los que no pueden competir.

La manera más efectiva para avanzar en el proceso es buscar acuerdos específicos sobre los temas sensibles para luego concretar acuerdos generales a escala continental. Busquemos primero acuerdos en materia de azúcar y cereales, como en Europa primero se entendieron en materia de acero y carbón, para luego entrar a hablar de áreas de libre comercio. Busquemos puntos en común en materia de propiedad intelectual y drogas genéricas antes de hablar de liberalización de servicios.

Finalmente hay que resaltar que todo proceso de integración continental debe estar enmarcado en una visión política de progreso y justicia social. No se trata de consolidar áreas de libre comercio a diestra y siniestra, se trata de lograr acuerdos continentales que garanticen un desarrollo equitativo, partiendo de las diferencias sociales, económicas y culturales de las naciones que lo integran.

Se trata de hablar de asistencia técnica, de transferencia de tecnología, de mayor movilidad de las personas, de alternativas al pago de la deuda, de acceso efectivo para los productos latinoamericanos. Mientras no concibamos un nuevo sueño americano, en el cual quepamos todos los que habitamos estas tierras, la idea de una integración justa y equitativa será un imposible y, consecuentemente, la conformación de una Área de Libre Comercio Continental, tal como se evidenció en la pasada cumbre de Puebla.

El autor es Senador de la República de Colombia.