TEXTOS CON RUMOR ÁRABE

POR VÍCTOR PAZ OTERO

Los latinoamericanos somos una cultura en forma indirecta “preñada” e influida notablemente por elementos, significaciones y valores árabes. Fenómenos tan esenciales en la vida contemporánea como el erotismo y la ciencia se alimentan en parte esencial en ese maravilloso legado cultural que los árabes aportaron al gran flujo de la historia occidental. Sin embargo, esa corriente y ese aporte que nos ayuda a configurarnos como parte de esta cultura occidental, a veces se desdibuja, se ha ido desvaneciendo, y para mucha gente ese rumor árabe es inaudible y poco reconocido. Pero de alguna manera hablamos y somos también árabes. Nuestro exaltante y prodigioso idioma castellano está sembrado e irrigado de muchísimos y hermosos vocablos y expresiones árabes.La guerra ignominiosa, perversa y arrasadora que el pueblo más poderoso - pero más torpe y más equívoco en términos de cultura como son los inefables gringos de “mandíbulas grandes de tanto mascar chicle” - adelanta contra los árabes, constituye un momento que invita a la reflexión o al menos a una mirada sobre ese pasado luminoso e iluminante, que los árabes han aportado al engrandecimiento del espíritu humano.Estos textos, escritos en el contexto de esa guerra infame y desde muchos puntos injustificada contra la cultura de las Las mil y una noches, quieren contribuir a ese propósito.
           
Sin embargo, esa corriente y ese aporte que nos ayuda a configurarnos como parte de esta cultura occidental, a veces se desdibuja, se ha ido desvaneciendo, y para mucha gente ese rumor árabe es inaudible y poco reconocido. Pero de alguna manera hablamos y somos también árabes. Nuestro exaltante y prodigioso idioma castellano está sembrado e irrigado de muchísimos y hermosos vocablos y expresiones árabes.

La guerra ignominiosa, perversa y arrasadora que el pueblo más poderoso - pero más torpe y más equívoco en términos de cultura como son los inefables gringos de “mandíbulas grandes de tanto mascar chicle” - adelanta contra los árabes, constituye un momento que invita a la reflexión o al menos a una mirada sobre ese pasado luminoso e iluminante, que los árabes han aportado al engrandecimiento del espíritu humano.

Estos textos, escritos en el contexto de esa guerra infame y desde muchos puntos injustificada contra la cultura de las Las mil y una noches, quieren contribuir a ese propósito.

Acrecentar los poderes de la palabra no ha sido de manera exclusiva el inquietante oficio al cual han ofrendado su vida y tiempo los poetas. Han existido muchos que han introducido su maravilloso desorden en otras esferas cotidianas y a ellos debemos ritos y ceremonias que hoy prevalecen y agregan a nuestra existencia elementos que a veces son de delicada confusión y de ornamento y goce para el deleite de los días. Tal es el caso de Ziryab, poeta de fina extravagancia – que fue acogido por el Emir Abd Al-Rahman II, quien gobernó en Córdoba entre los años 822 y 852 – y hoy es recordado por su amplia y versátil inteligencia, por su pasión obsesiva de imitar las formas constructivas y los modelos estéticos que predominaban en el Califato de Bagdad. Ziryab, quien también fue músico, retribuyó al benevolente emir aportando una serie variadísima de conocimientos sobre la cocina oriental, los perfumes, los cosméticos y los tejidos de seda, que hasta ese momento eran virtualmente desconocidos en Europa. Fue con Ziryab como las formas múltiples del refinamiento en el placer y en el vivir entran a formar parte de la liturgia cotidiana con la cual la vida amplifica su deleite y multiplica la posibilidad de los placeres. Introdujo además el buen Ziryab las formas protocolarias orientales. A él se debe esa extraña y displicente costumbre de que los súbditos no pudiesen mirar el rostro de los soberanos, privilegio sólo otorgado a los súbditos principales pero negado por lo general a la mayoría de los hombres. Construyó él esa como fosa de distancia y lejanía entre el poder y los mortales. Su influencia también fue decisiva para que se sustituyesen los vasos de oro y plata usados desde siempre en los banquetes por la cristalería inventada en España. El mágico color del vino pudo, gracias a las argucias innovadoras del poeta, ejercer su cambiante fascinación entre los practicantes de la fiesta. Y fue también él quien estableció un orden determinado, y de alguna manera inquebrantable, en la disposición de los menús: sopa, seguida luego de carnes y posteriormente los postres o los dulces. Es decir, Ziryab, árabe como ninguno, poeta, músico y fervoroso adicto a los bellos placeres de la forma, encadenó desde los tiempos lejanos de la España islámica la forma de nuestros días a la forma de sus deseos. ¡Que Alá lo colme de bendiciones!

Albur Asir, pensador sufí nacido en Persia en un tiempo en que algunas crónicas hablan de Persia como un imperio en decadencia, imaginó que el tiempo era un atributo de la materia. Que el hombre era una lágrima de esa materia misteriosa. Y que Dios era quien lloraba desconsolado por la herida que facilitó que el tiempo se hubiese convertido en una lágrima de esa materia, con la cual había imaginado construir un sueño. Se sabe que Albur publicó una sola obra, que nunca permitió fuese traducida del silencio original en la cual fue concebida.

Malik Ibn Anas, quien legó a la posteridad fama de jurista notable y a quien se le atribuyó la gloria equivoca de haber concebido una doctrina irracional y abominadora de todo cambio, que se centraba en un estricto respeto al Corán, con lo cual ensombreció el esplendor de la literatura filosófica islámica, escribió y renegó de un texto en el que sostenía que los árabes, por provenir del desierto, sólo podrían imaginar el paraíso como una geométrica y sensible participación del hombre en los deleites del agua, de los jardines y de los árboles. Que la mujer era la sed que el agua mitigaba; que los jardines, la sombra que mujer proyectaba; que los árboles, la música que la mujer soñaba; y que Dios era la exacta proporción resultante de combinar el agua, el jardín, y el árbol. Que Dios era la sed quitada, la sombra proyectada y la música y ese tiempo inabarcable donde la mujer sólo debería ser amada

LOS ÁRABES DE DANTE

Exquisitas y largas cavilaciones han provocado fatiga y deleite a numerosos pensadores árabes, del pretérito y del presente, que tratan de indagar qué movió al Dante a colocar al profeta Mahoma en el infierno y en cambio situó a Averroes y a Avicena en el limbo. Y tampoco, por supuesto, les ha sido posible intuir las secretas motivaciones que tuvo el inefable amante de Beatriz para poner al furioso averroísta latino Siger de Brabante en los espacios desapacibles y serenos de aquel lugar llamado el cielo.

En un libro extraño y reputado de raro, y hoy virtualmente inconseguible y que fue publicado en época ya remota bajo el sugestivo título de In torno al tomismo di Dante e alla questione di Sigier, un pensador católico, cuyo nombre ha sido casi aniquilado en la memoria de los eruditos, adelanta la hipótesis plausible y preñada de lógica católica de que la elección del infierno como morada para la eternidad de Mahoma se fundamenta en el hecho simple y escueto de que el divino Dante, tan ortodoxo en tantas cosas y tan heterodoxo en tantas otras, consideró que no siendo Mahoma cristiano, no podía merecer el gracioso privilegio de habitar cerca de la presencia de Dios. Que el cielo podría ser considerado espacio y territorio de uso exclusivo de quienes hubiesen tenido en la vida el azar misterioso de haber sido tocados por la gracia del Señor, que sólo es susceptible de llegar y ser conocida por los hombres a través de la palabra divina encarnada y contenida en el Evangelio. Se sospecha que fue un recurso fácil utilizado por Dante Alighieri para evadir extenuantes y hasta peligrosas complicaciones con la teología imperante, que era también teocracia y por supuesto poder con capacidad de arbitrariedades y crueldades inenarrables.

Pero en su fuero interno pensó y sintió el Dante con íntima convicción que reservar el cielo sólo a los cristianos, además de ser una aberración teológica, era simple y llanamente una estupidez absoluta. Pero también pensó con algo de sorna que concediendo la posibilidad de acceso y goce del cielo a los no cristianos, se caía en el riesgo de convertirlo en una nueva torre de Babel metafísica y en una infinita e incomprensible realidad promiscua que acabaría amenazando su esencial y supuesta armonía, donde Dios posiblemente acabaría convertido en árbitro tal vez no muy ecuánime de los conflictos humanos, pues el Dante, mucho antes del medio del camino de la vida, intuía con certidumbre intranquilizante que ni aún en el cielo los hombres sacrificarían sus pasiones ni abominarían de sus ideas, pues la armonía es virtud que por esencia niega la propia condición humana. Además – lo meditó con serena paciencia – Mahoma en el cielo sería siempre un riesgo para los celestiales equilibrios, pues tenía de él la imagen confusa de que ese profeta era un ser dotado de una insobornable capacidad para creer que el cielo de los cristianos no era un cielo verdadero. Y precipitó su decisión de condenarlo al infierno, suponiendo que también ese infierno no sería creído como realidad por Mahoma el magnífico, el alabado y el elegido, el colmado de todas las bendiciones por Alá todopoderoso.

Y por último, y para tranquilizar su conciencia, Dante pensó que ese cielo cristiano era extenuante y soporífero para los maravillosos árabes que aman las delicias de la vida no como abstracción sino como forma pura y verdadera, como textura de los cuerpos que prodigan placer y multiplican las alabanzas de los hombres hacia Alá, porque Alá también ama los cuerpos y se regocija en la táctil imagen de las palmeras que acarician el desierto. Dante sabía, como el que más, que tanto Mahoma el elegido como Alá el misericordioso le perdonarían esta pequeña truculencia o argucia teológica que le evitaría largas y estériles discusiones con clérigos ignorantes pero fanáticos, y él, el poeta casi divino, no deseaba malgastar el maravilloso tiempo en laberintos de estupidez sino en la construcción soberbia de una metáfora que resumiría el saber del universo. De manera que cuando depositó, con cierta ternura dubitativa, a Mahoma en las fauces del infierno y colocó la terrible imprecación en su pórtico, “los que entréis aquí perded toda esperanza”, esbozó una sonrisa justificatoria, pues sabia que a Mahoma se lo podría condenar a todo menos a perder la esperanza. Y bendijo al majestuoso y al misericordioso Alá, pues sabía que los poetas son a veces irascibles como los dioses aunque enturbien el agua para que parezca profunda.

Sin embargo, le quedaron flotando en su poética conciencia ciertos resquemores por este acto sacrílego de condenar a los infiernos al inmortal Mahoma, y se propuso restaurar esa que pudiera ser considerada una ofensa. Y colocó a otros pensadores islámicos en el cielo y hasta hizo que Santo Tomás de Aquino prodigara alabanzas a su pensamiento. Con lo cual además Dante saldaba una hermosa y antigua deuda intelectual con el pensamiento musulmán, sobre todo con Alfarabi, Algazel y Averroes, de quienes había tomado la doctrina de la luz divina, la influencia de las esferas celestes y la idea capital de que solamente la parte intelectual del alma es directa y propiamente creada.

Qué maravillosas son las iluminaciones y las confusiones de la filosofía. Que Dios bendiga a Mahoma, que Alá colme de bendiciones al Dante y que Beatriz y Beatrices multitudinarias prodiguen placer, paz y amor a todos los hombres de este universo sacrificado por la mala voluntad.

Quienes quieran adentrarse en la deleitosa discusión de estos temas que enaltecen y dignifican el espíritu y que ponen bien de presente la herencia iluminante que el pensamiento árabe y el pensamiento musulmán han legado a nuestra errática civilización de Occidente, la misma que el exquisito erudito llamado George Bush quiere aniquilar a sangre y fuego, recomendamos un bello libro llamado Islam and the Divine Comedy, publicado en Londres en 1926, antes de que los americanos, “los de mandíbulas grandes de tanto mascar chicle”, arrasen con las pocas ediciones que aún superviven en el sagrado silencio de las bibliotecas, donde se preserva la cultura que abomina del horror de las guerras inmorales

BAGDAD: LA LÁGRIMA DE DIOS

Ignórase esa fecha artificial e ilusoria con la cual los hombres señalan en los calendarios un punto del tiempo incontenido e incontenible, pero se sabe que la historia aconteció años después de haber sido soñada y edificada por la fantasía de unos hombres iluminados la ciudad de Bagdad. Posiblemente en la época casi alucinante de Harum ar-Rashid, cuando también se soñaron, se vivieron y se escribieron esas grandes y eróticas mezquitas donde el cuerpo y el alma sospechan y creen que el Dios de todos los hombres es mujer y que la posteridad y la cultura designan como Las mil y una noches.

Narra o inventa la leyenda que una hermosa doncella nacida en esa ciudad donde el prodigio es cotidiano, sintió en una noche – cuando el esplendor de las estrellas era como un anuncio y una presencia de que Dios vigila en forma perpetua la belleza del mundo – que su corazón se preparaba con íntimo regocijo para el encuentro perturbador con el amor. Se la nombraba como la Doncella de la Noche Azul y creíase que en el profundo enigma de sus ojos negros el destino de quienes la amaran podría ser comprendido y revelado. Y aconteció que una vez en que ella paseaba despreocupada y alegre por las proximidades de las monumentales puertas de la ciudad que en ese tiempo no era antigua, y desde donde se escuchaba el rumor ensimismado del Tigris, vio que se acercaba hacia ella un hombre extraño y como aureolado por una música que parecía engendrarse y orquestarse en el silencio también profundo y también despiadadamente negro de sus ojos árabes. Y como el amor es conflagración de luz y regocijo que estalla en el alma sin prólogos tediosos y sin palabras vanas, la Doncella de la Noche Azul supo que ese hombre que parecía emergiendo del Tigris era el hombre que había llegado para amarla. Sin embargo, le provocó un tenue desconcierto el verlo vestido con esa prenda llama sufu, que hecha de burda lana parecía algo insólito en esas tierras donde el desierto es caricia que incita a la desnudez. Alí-Salím-Balín llamabáse el hombre que ella vio bajo el resplandor de las estrellas centelleantes. Díjole él que ella era un sueño que había soñado en siglos confusos de errancia y que provenía de tierras ignotas para enseñarle las delicias del amor y la sabiduría de Dios. Y ella creyó con fe inconmovible en sus palabras, pues amar es no tener dudas, y emprendieron a partir de ese mágico y místico instante un viaje que posiblemente aún no termina o se repite por las ciudades y los desiertos de ese universo, desde donde siempre el hombre ha buscado a Dios para mitigar su sed de infinito y poesía.

Alí Salím-Balín era miembro díscolo y poco ortodoxo de la secta de los sufíes, danzarín al borde del abismo, poeta de finas extravagancias que decía ser el mismísimo Shams al-Din, o el maestro esfumado y desaparecido sin dejar huella entre sus contemporáneos, el que le trasmitió la esencia del poetizar al maravilloso Jalal al-Din Muhammad Rumi, quien a su vez escribió 30.000 poemas para llorar la pérdida de su maestro. Alí le recitó a su amada versos enigmáticos que él soñó para ella y que después serían escritos por otros hombres para que la poesía fuese siempre lazo, alimento y goce del espíritu. Y le declamaba:

Desde que existimos pertenecemos a un juego.
Al moverme yo, te mueves tú.
Y es gracioso saber que ambos estamos ganando en ese juego.

Mírame y mira los muebles que he traído para este lugar invisible
donde viviremos siempre.

Y mientras el tiempo acontecía, o tal vez sólo acontecían los años que son los mensurables, los poemas de Alí-Salím-Balín encadenaban a sus deseos las gracias y los sueños de su muy amada Doncella de la Noche Azul. Y en ese amor sin pausa, enseñábale igualmente las etapas requeridas para alcanzar la posesión del conocimiento místico. Le habló y la instruyó en las formas del arrepentimiento, en la abstinencia de los deseos oscuros, en la renunciación, en la pobreza y el desprecio de los haberes materiales, en la paciencia, en la inquebrantable fe en Dios y en la aceptación de la voluntad divina. Y le prometió – como promesa pura y absoluta de su transparente amor – que así obtendría la gracia de Dios y que al obtenerla su conciencia alcanzaría la plenitud y tal vez ella llegaría a ser como Dios. Y que entonces el conocimiento, el conocedor y lo conocido serían una fusión en su mismo ser y que la felicidad que es el amor le abriría de nuevo y para siempre las puertas del paraíso

Un día, Alí-Salím-Balín con iluminada certidumbre supo que la luz interior, el don simple pero absoluto de la gracia, le había sido concedido a su amada. Y díjole entonces que él debía partir y esa noche la instruyó en las danzas fantásticas y embriagadoras de los derviches, donde el cuerpo y el alma se fusionan con la vida y engendran el ser verdadero. Y la Doncella de la Noche Azul no sintió tristeza al verlo partir. Al partir él, ella había ganado una nueva luz para mirar el mundo. Y como no había tiempo, en su mirada renació la ciudad de Bagdad, eterna y absoluta como la poesía, resplandeciendo como Las mil y una noches, como una maravillosa lágrima de Dios que nadie nunca podría destruir con el correr futuro del tiempo y de la muerte.

Y concluye la leyenda narrando que en la infinita circularidad del tiempo, los amantes del Tigris protegen y vigilan esa lágrima iridiscente y mágica que ilumina el mundo.

victorpazotero@hotmail.com