"Sin democratización de la comunicación, no hay
democracia" fue una proclama que nació de grupos activistas
e intelectuales -particularmente de quienes abordan el tema desde la
economía política de la comunicación- al calor
de los procesos de retorno constitucional registrados a inicios de los
'80. Una de sus primeras demandas: que los medios de comunicación
dispongan espacios para poder debatir su rol y responsabilidad social.
Imposible.
Años después, se expanden e imponen las políticas
neoliberales que entre otras cosas dan paso a una mayor concentración
monopólica y oligopólica mediática. En tales condiciones,
dar paso a tal debate, un imposible mayor. Es más, la sola posibilidad
de proponerlo prácticamente resultaba ser una amenaza a la "libertad
de expresión".
Cuando, ante la incapacidad del neoliberalismo de resolver los problemas
que prometió hacerlo -y que por el contrario los agravó-
el mapa político cambia de color, paulatinamente va cobrando
fuerza esa demanda básica de abrir el debate sobre los medios
de comunicación y sus responsabilidades sociales. Y el imposible
se revierte: los medios del establecimiento se atrincheran en el sentido
patrimonialista de la "libertad de expresión", a partir
del cual tratan de imponer un gran monólogo, apoyándose
en la tradicional auto-referencia que entre ellos han establecido, tanto
nacional como internacionalmente; pero resultan rebasados por un proceso
de democratización que aspira garantizar como mínimo la
pluralidad y diversidad informativas, abriendo y asegurando condiciones
para que los sectores sociales tradicionalmente excluidos puedan irrumpir
en tal espacio. Y es así como el debate está abierto.
HACIA NUEVAS NORMATIVAS
Entre las tareas pendientes que por décadas los colectivos de
izquierda y, en general, el campo popular han tenido dificultades para
descifrar, se encuentra la relativa a la comunicación. Situación
que los ha llevado a moverse entre la condena y la fascinación
respecto a los medios masivos de difusión, aunque en términos
reales con la preeminencia de esta última por consideraciones
pragmáticas circunscritas al "posibilismo mediático",
para -como la política correcta indica- asegurar visibilidad
pública.
Cuando estas fuerzas comienzan a conquistar espacios de gobierno, sin
agenda propia en materia de comunicación, esa lógica pragmática
les ha conducido a tratar de establecer acuerdos -tácitos o implícitos-
con los magnates de esos medios de difusión como fórmula
de entendimiento de una especie de "no agresión". Pero
como los cambios ponen en juego intereses, tarde o temprano tal fórmula
termina por develarse inviable, más aún cuando de por
medio existen actores sociales exigiendo la democratización de
la comunicación.
El primer sacudón se dio en Venezuela, cuando el fallido golpe
de Estado contra el presidente Hugo Chávez en abril de 2002 demostró
que un eje principal de la intentona radicó en el manejo mediático
de los grandes medios de difusión. Es a partir de este acontecimiento
que el mandatario venezolano "reconoce" la existencia de medios
alternativos y comunitarios que, entre otros factores, jugaron un rol
clave para impedir que se rompa el hilo constitucional.
A partir de allí se abre otra historia, que da lugar al tratamiento
de la "Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión"
(conocida como ley Resorte), sancionada en diciembre de 2005 y a políticas
para fomentar medios públicos y comunitarios; pero también,
a una persistente y abrumadora campaña nacional e internacional
en contra del mandatario venezolano por parte de los grandes conglomerados
mediáticos, cuyo mensaje se encubre en la defensa de la libertad
de expresión para decir "no toquen a nuestros negocios".
En Ecuador, el 28 de septiembre de 2008 el electorado aprobó
la nueva Constitución que recoge la voluntad de cambio y anhelos
acumulados de la gran mayoría de la población para alcanzar
transformaciones estructurales. Entre los logros constitucionales consta
el reconocimiento de la comunicación como un derecho humano fundamental,
como parte de los Derechos del buen vivir. Los Derechos de la Comunicación
e Información consagrados establecen un marco inédito
para avanzar hacia una profunda democratización del sector.
Por mandato constitucional, en la Asamblea Nacional se encuentra en
trámite la aprobación de la Ley de Comunicación
que habrá de desarrollar lo estipulado en la Carta Magna. Para
su tratamiento se presentaron tres proyectos: uno desde la oposición,
otro desde el oficialismo y el del Foro Ecuatoriano de la Comunicación.
El resultado final aún es incierto por el ambiente de intimidación
que han logrado montar los grandes medios empresariales.
Tras el fallido esfuerzo inicial de cuestionar la elaboración
misma de la Ley, estos sectores han desencadenado una gigantesca campaña
para descalificarla de antemano: antes siquiera de que la comisión
encargada inicie el tratamiento ya fue tildada de "ley mordaza",
de "dictatorial" y así por el estilo. En las circunstancias,
bajo la batuta de tales medios de difusión, la dispersa oposición
aspira hacer del rechazo a la ley un mecanismo para reagruparse y disputar
las calles, con miras a, en un primer momento, dilatar su procesamiento
para que la normativa elimine o reduzca al máximo las disposiciones
que puedan afectar a sus particulares intereses.
Con un sentido también de reagrupar fuerzas y esfuerzos, redes
de comunicación, gremios periodísticos, movimientos sociales
y populares, y organizaciones de derechos humanos han hecho pública
su condena a "la campaña mediática de los grandes
grupos empresariales de la comunicación", al tiempo de insistir
en que la conceptualización de la Ley se sustente en la defensa
irrestricta de la libertad de expresión y del derecho a recibir
información verificada y plural; derecho a la rectificación;
distribución en tres tercios de las frecuencias de radio y televisión
entre los sectores público, privado y comunitario; prohibición
de concentración de frecuencias y monopolios mediáticos;
producción nacional y local desde la diversidad cultural y geográfica;
acceso universal a las tecnologías de información y comunicación;
institucionalización de la defensoría del público;
distribución equitativa de la publicación estatal; reversión
de frecuencias obtenidas ilegítimamente. Así las cosas,
los días que están por venir se anuncian muy agitados.
Al igual que en Ecuador, los poderes mediáticos bolivianos -y
por supuesto los partidos de oposición- no han escatimado estratagema
alguna para desvirtuar tanto la gestión del gobierno presidido
por Evo Morales como el nuevo texto constitucional que entró
en vigencia el 7 de febrero de 2009. Por el bloqueo de las fuerzas de
derecha en el Senado, poco o nada se ha traducido dicho texto en normas
legislativas. El arrollador triunfo alcanzado por Evo Morales y su partido
el MAS en las elecciones del 6 de diciembre de 2009, abre un nuevo escenario
en el cual, como ya anticipó el mandatario, acelerará
"el proceso de cambio". En tal sentido, la legislación
para dar cuerpo al reconocimiento constitucional del derecho a la comunicación
e información, obviamente encontrará su curso en un período
inmediato. Toda vez, lo anterior no ha impedido para que régimen
impulse medidas para reforzar los medios públicos y fomentar
medios comunitarios, como la red de radios indígenas, entre otras.
Tras un amplio debate a nivel nacional, el 10 de octubre de 2009 el
Senado argentino aprobó la Ley de Servicios de Comunicación
Audiovisual, que pone término a la norma que había regido
en esta materia desde la dictadura militar. Siendo que uno de los propósitos
de la Ley apunta a la desmonopolización del sector, los grandes
conglomerados, articulados por el poderoso grupo Clarín, no solo
que ignoraron el debate que se realizó durante siete meses, sino
que activó una campaña demoledora para bloquear tal iniciativa.
En el recuadro adjunto se revisa este proceso con mayor profundidad.
Si bien al inicio del segundo mandato del presidente Lula da Silva en
Brasil se proclamó que una de sus prioridades sería dar
paso a una reforma en materia de medios de comunicación, no fue
sino a fines de enero de 2009, en el marco del Foro Social Mundial realizado
en la ciudad de Belem, que el mandatario anunció la realización
de "una gran conferencia sobre comunicación".
La iniciativa fue oficializada el 17 de abril como 1ª Conferencia
Nacional de Comunicación (CONFECOM), que tendrá lugar
del 14 al 17 de diciembre 2009 en Brasilia. Para el efecto se han establecido
tres ejes temáticos: "producción de contenido",
"medios de distribución" y "ciudadanía:
derechos y deberes", los cuales abarcan 56 subtemas. Mientras que
para su organización se conformó una Comisión integrada
por representantes de tres sectores: movimientos sociales, organizaciones
empresariales y gobierno. En la fase preparatoria, los grandes conglomerados
empresariales optaron por retirarse de dicha Comisión para luego
tratar de boicotearla y dar inicio a una campaña descalificadora
de la Conferencia.
Tras la convocatoria, los diversos sectores han propiciado la realización
de consultas, foros, intercambios para afinar posiciones comunes, que
comenzaron a ser expuestas en las reuniones municipales y estaduales
preparatorias para la plenaria. Estas reuniones arrancaron el 31 de
octubre con la participación de millares de personas en todo
el país, pero que la gran prensa no ha reportado.
Aunque la propia realización de la 1ª CONFECOM es considerada
como una victoria de los sectores sociales, por ser un hito que establecerá
un marco en la historia de la comunicación brasileña y
por el carácter pedagógico que ha primado en la fase preparatoria,
ni los más optimistas están seguros de los resultados,
por lo intrincado de la correlación de fuerzas.
En Uruguay, entre tanto, el 26 de noviembre de 2009 el Ejecutivo remitió
al Parlamento el proyecto de ley que regula contenidos en medios de
comunicación, con el fin de promover la producción nacional
y, así, dar una oportunidad a artistas y creadores. El proyecto
parte de la existencia de "grandes monopolios transnacionales,
con criterios esencialmente mercantiles y comerciales, que concentran
la propiedad de empresas culturales y que disponen de poderosas redes
que orientan y controlan la producción y distribución
de contenidos a nivel global", acotando que "el mercado por
sí solo no garantiza la diversidad cultural".
Elaborado por el Ministerio de Educación y Cultura, el proyecto
plantea la estipulación de un 50% para la producción nacional
y la creación de un Consejo de Mediación integrado por
tres personas, una por tipo de medio, que contará con una alta
independencia en la órbita del Parlamento. Más allá
de esta iniciativa, hay quienes consideran que uno de los principales
desafíos del presidente entrante, José Mujica, es la reforma
de la comunicación. ¿Será?
En fin, estamos ante un escenario donde, por una parte, los grupos de
poder mediático para sostener el statu-quo han desatado una sórdida
campaña para demonizar cualquier medida que implique abrir el
juego y espacios para nuevas voces y actores sociales, en términos
tales que internacionalmente cuentan con la resonancia orquestada por
la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Por otra parte, la causa
de la democratización de la comunicación que cada vez
más es asumida por una diversidad de movimientos sociales, y
ya no únicamente por actores relacionados directamente con este
campo, con ritmos y particularidades propias a los respectivos países.
ALAI, diciembre 14 de 2009.
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