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LA PROYECCIÓN CONTINENTAL DE LA REVOLUCIÓN CUBANA |
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En su alegato de autodefensa en el juicio por el Asalto al Cuartel Moncada, pronunciado en octubre de 1953 e inmortalizado con el nombre La historia me absolverá, Fidel Castro sienta las bases de lo que años más tarde sería la proyección continental de la Revolución Cubana, al afirmar que, "la política cubana en América sería de estrecha solidaridad con los pueblos democráticos del continente y que los perseguidos políticos de las sangrientas tiranías que oprimen a naciones hermanas, encontrarían en la patria de Martí, no como hoy, persecución, hambre y traición, sino asilo generoso, hermandad y pan. Cuba debía ser baluarte de libertad y no eslabón vergonzoso de despotismo." 1 La colosal transformación de una república neocolonial, ubicada a solo 90 millas de la principal potencia imperialista del mundo, en el primer país socialista del continente americano, tenía que reflejarse en una también colosal transformación de su política exterior. Con palabras del jurista Miguel D'Estéfano: |
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"La Revolución, y con ella nuestra política exterior, ha roto totalmente las contradicciones que matizaron la Cuba colonial primero y la república dependiente después: 1) las relaciones excluyentes con otros países, y 2) las relaciones contradictorias en sí mismas, primero con España y luego con los Estados Unidos." "Durante cuatro siglos las relaciones de Cuba con España se desarrollaron sobre la base de la exclusión con otros países y, durante sesenta años, nuestra dependencia de los Estados Unidos se estableció sobre la base de que ese país asumiera la casi totalidad del comercio de exportación e importación cubano, eliminando prácticamente la relación comercial con los demás países."2 La proyección continental de la Revolución Cubana se manifiesta en tres ámbitos superpuestos e interrelacionados de forma indisoluble. Los dos factores determinantes en esa trilogía son el enfrentamiento al imperialismo norteamericano y el apoyo a las luchas de los pueblos de América Latina y el Caribe. El elemento secundario de esa ecuación es la relación con los gobiernos del área, porque depende de en qué medida esos gobiernos se subordinan al imperialismo o responden a los intereses populares. EL ENFRENTAMIENTO AL IMPERIALISMO NORTEAMERICANO Para el imperialismo norteamericano, la Revolución Cubana constituye, al mismo tiempo, un obstáculo a su ambición anexionista histórica, un desafío geopolítico en la región que considera su "traspatio natural" y un tema de política interna, manipulado por organizaciones contrarrevolucionarias de origen cubano creadas y aupadas por el propio gobierno estadounidense. El triunfo de la Revolución Cubana, el 1ro. de enero de 1959, se convierte en un obstáculo al afianzamiento de la dominación continental del imperialismo norteamericano, en momentos en que éste creía contar con las condiciones ideales para ello. El desenlace de la Segunda Guerra Mundial -en virtud del cual deviene la principal potencia imperialista del planeta- y el inicio de la guerra fría -utilizada de pretexto para establecer dictaduras militares y gobiernos autoritarios civiles dóciles a sus dictados-, le permiten a los Estados Unidos imponer su hegemonía en el continente. Símbolo de esa hegemonía es la creación del Sistema
Interamericano, integrado por la Junta Interamericana de Defensa (JID,
1942), el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR,
1947) y la Organización de Estados Americanos (OEA, 1948), cuya
función es servir de contraparte a las acciones imperialistas
unilaterales de fuerza. 3 Una de esas acciones, el derrocamiento del
presidente Jacobo Arbenz (1954), que liquidó la Revolución
guatemalteca de 1944, fue utilizada por los Estados Unidos para establecer
en la OEA el derecho de injerencia y suprimir el principio de no intervención,
que había sido plasmado en su Carta en virtud de la influencia
de la entonces reciente creación de la Organización de
Naciones Unidas (ONU). Era la culminación de un largo proceso
de imposición de un sistema de A finales de la década de 1950 dos factores favorecen un proceso análogo en el terreno económico. El primero es el restablecimiento de la capacidad productiva de Europa Occidental, que lo obliga a reorientar los flujos de capitales y mercancías focalizados en la reconstrucción posbélica del Viejo Continente. El segundo es el cese de la demanda de productos primarios registrada durante la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la posguerra, que asesta el golpe definitivo a los proyectos desarrollistas mediante los cuales los países latinoamericanos de mayor peso sortearon la desconexión de las potencias europeas sufrida desde la Primera Guerra Mundial. Esto implica que los Estados Unidos ya están en condiciones de asumir la función de metrópoli neocolonial de América Latina, dejada vacante por Gran Bretaña en 1929, y que las frustradas y desconcertadas élites criollas son más proclives a aceptar la penetración foránea. De manera que, cuando el imperialismo norteamericano, finalmente, cree
haber vencido todos los obstáculos interpuestos a la realización
del sueño de los llamados padres fundadores, de extender la dominación
de los Estados Unidos a todo el continente americano, la Revolución
Cubana se erige en un escollo a sus ambiciones. La demostración
fehaciente de que un pueblo latinoamericano y caribeño podía
escribir su propia historia fue el catalizador de un renovado auge las
luchas populares en la región. A partir de ese momento, las prioridades
de la política imperialista hacia América Latina y el
Caribe serían destruir a la Revolución Cubana, y aniquilar
a las
Hubo una moderación de la política anticubana a finales
del gobierno de Gerald Ford (1974- 1977) e inicios del de James Carter
(1977- 1981), cuando se produjo un efímero proceso de normalización
de relaciones entre ambos países. Ese proceso se debe a un fugaz
predominio en los círculos de gobierno e los Estados Unidos de
corrientes que consideraban necesario reconocer la erosión de
su poderío, evidente en la década de 1970, que abogaban
por la distensión con la URSS, un reajuste de la carga de derechos Un conjunto de fracasos y retrocesos, entre los que resaltan la paridad
nuclear adquirida por la URSS en la década de 1960, los avances
del proceso de descolonización en el Sur, la rebelión
de esos nuevos Estados simbolizada por la creación de la Organización
de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), la lucha un
Nuevo Orden Económico Internacional, la derrota del imperialismo
norteamericano en Vietnam, el escándalo de Watergate, la revelación
de los llamados Papeles del Pentágono y el descubrimiento público Cabe finalizar este acápite con la afirmación de que el proceso de normalización de relaciones entre los Estados Unidos y Cuba se produjo en un momento en que los gobernantes de ese país se convencieron de que la Revolución Cubana era irreversible, y que al intentar aislarla, eran ellos quienes se aislaban. Solo en condiciones análogas podrá abrirse en el futuro un proceso similar. Corresponde a Cuba crear y mantener esas condiciones. LA REVOLUCIÓN CUBANA Y LAS LUCHAS POPULARES EN AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE La Revolución Cubana abrió una etapa de la historia de América Latina y el Caribe que abarcó hasta finales de la década de 1980. Esa etapa estuvo caracterizada por el enfrentamiento entre las fuerzas de la revolución y la contrarrevolución, cuyas máximas expresiones fueron el flujo y reflujo de la lucha armada emprendida, en diferentes países y momentos, por diversos movimientos revolucionarios, y la represión desatada por las dictaduras ilitares de "seguridad nacional",4 que actuaron como punta de lanza del imperialismo y las élites criollas. La lucha popular latinoamericana brota a comienzos del siglo xx, en medio de la expansión y afianzamiento de la dominación del imperialismo norteamericano en la Cuenca del Caribe; de la acumulación de contradicciones sociales en la región, en especial las zonas rurales; del crecimiento de la clase obrera en los países de mayor desarrollo industrial relativo; y de la influencia de las ideas anarquistas y socialistas -reformistas y revolucionarias- que desde las últimas décadas del siglo xix traían los inmigrantes europeos, las cuales desempeñan un papel crucial en la creación de sindicatos y en la fundación de los primeros partidos socialistas y comunistas. La Revolución mexicana de 1910 1917, la Revolución Rusa de 1917 y la lucha librada, entre 1926 y 1934, por el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, encabezado por Augusto C. Sandino, provocan un saltocualitativo en la conciencia y en la organización política y social de los sectores populares latinoamericanos, incluido su desarrollo programático. De obligada referencia es el impacto socioeconómico que tuvo en América Latinala crisis capitalista de 1929 a 1933, factor desencadenante de acontecimientos como la insurrección campesina salvadoreña de 1932, la República Socialista implantada en Chile en 1932 por el coronel Marmaduke Grove, la Revolución de los estudiantes y sargentos ocurrida en Cuba en 1933, y las acciones armadas realizadas en 1935 en Brasil por la Alianza Nacional Libertadora, dirigidas por Luiz Carlos Prestes. Desde la propia década de 1930 hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial (1939 1945), tanto las necesidades de la acumulación desarrollista, como la política de crear amplios frentes populares antifascistas, al que llama en 1935 la IV Internacional, coadyuvan al establecimiento de un sistema de alianzas políticas y sociales que en algunos países sirve de base a procesos de reforma social progresista, entre los cuales sobresale el cardenismomexicano (1934 1940). La Revolución Guatemalteca de 1944 se ubica entre este período y el inicio de la guerra fría, en 1946, en cuya principal víctima se convierte con el derrocamiento del gobierno de Jacobo Arbenz, en 1954. También en la guerra fría ocurre el triunfo y el ocaso de la Revolución Boliviana de 1952. La característica distintiva de la Revolución Cubana es el desarrollo exitoso de la lucha armada revolucionaria, rural y urbana, emprendida por una vanguardia como elemento desencadenante de un proceso de acumulación de fuerzas políticas y militares, al cual se suma la inmensa mayoría del pueblo en sus momentos culminantes, y que desemboca en la conquista del poder político, y en la construcción de un Estado y una sociedad revolucionarios, que en poco más de dos años asumen una identidad socialista.
Aunque hay procesos que lo prenuncian -entre ellos las transiciones que pusieron fin a la las dictaduras militares de "seguridad nacional" y el auge de la lucha popular en países como Brasil, Uruguay y México- y hay procesos que marchan a la zaga -como la firma en 1996 de los Acuerdos de Nueva York que dieron por terminada la insurgencia en Guatemala y la persistencia del conflicto armado en Colombia, cuya solución negociada es cada día más imperiosa-, entre 1989 y 1992 se cierra la etapa histórica abierta por la Revolución Cubana, y se inicia la etapa actual, en la que predominan la combatividad de los movimientos sociales en lucha contra el neoliberalismo y los avances electorales obtenidos por fuerzas de izquierda y progresistas. Los acontecimientos internacionales que inciden en lo que podemos definir
como una transformación radical de las condiciones en las que
se desarrollan las luchas populares en América Latina y el Caribe,
son la caída del Muro de Berlín (1989), símbolo
de la restauración capitalista en Europa Oriental, y el desmoronamiento
de la URSS (1991), que marca el fin de la bipolaridad. En nuestra región,
el inicio de la unipolaridad se manifiesta en la intervención
militar de los Estados Unidos en Panamá (1989), la derrota "electoral"
de la Revolución Popular Sandinista en Nicaragua (1990), la desmovilización
de una parte de los movimientos guerrilleros en Colombia (1990 1991)5
y, como colofón, en la firma de los Acuerdos de Chapultepec (1992),
que concluyen doce años de insurgencia en El Salvador, el país En las nuevas condiciones, por primera vez en América Latina y el Caribe, partidos, movimientos, frentes y coaliciones de izquierda, en los que convergen muy diversas corrientes políticas e ideológicas, ocupan, de manera estable, espacios institucionales dentro de la democracia burguesa, cuyo funcionamiento se extiende, también por primera vez, en una región donde, salvo excepciones, desde la independencia de España y Portugal, predominaron la dictadura y el autoritarismo. La metamorfosis que sufrió la izquierda latinoamericana y caribeña
entre finales de la década de 1980 e inicios de la de 1990 fue
traumática: desconcierto, frustración, extinción
y división de partidos y movimientos; reestructuración
organizativa; redefinición programática, y nuevas políticas
de alianzas. En ese contexto, no fue homogénea la actitud de
todos los sectores de esa izquierda con relación a Cuba. La expectativa,
por entonces muy extendida, de que la Revolución Cubana tenía
los días contados, puso en boga el apoyo al derecho de Cuba a
construir el proyecto de sociedad que considerase conveniente, pero
tomando distancia del proyecto en si. Esa era Lejos de quedar anclada en el pasado, en esta nueva etapa histórica la Revolución Cubana participa de forma activa en la ampliación de horizonte de lucha de los pueblos latinoamericanos y caribeños. Por ejemplo, por iniciativa conjunta de Fidel y Lula, en julio de 1990 se efectuó el Encuentro de Partidos y Organizaciones Políticas de América Latina y el Caribe, luego rebautizado con el nombre Foro de São Paulo, espacio que ha jugado un papel crucial en el proceso de reestructuraciones y redefiniciones programáticas de la izquierda. Una labor constructiva similar realiza en la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe (COPPPAL), mientras que las organizaciones cubanas de masas y sociales hacen lo propio con sus homólogos del continente. Por solo citar un caso, si en la etapa anterior Cuba desempeñó un papel protagónico en la campaña por el no pago de la deuda externa, en la actual lo hizo en la campaña de lucha contra el ALCA. Aunque hipotéticamente las ideas de la Revolución Cubana fuesen hoy irrealizables en América Latina y el Caribe, solo por haber resistido el embate del imperialismo durante 50 años bastaría para afirmar, que en esta nueva etapa, Cuba sigue haciendo un aporte fundamental a la lucha de los pueblos: mostrar que se puede mantener la soberanía, la independencia y la autodeterminación nacional, requisito indispensable para cualquier tipo de proyecto de transformación social, sea ésta revolucionario o reformista. Sin embargo, el aporte de Cuba es mucho mayor: mientras más gobiernos de izquierda y progresistas son electos en la región, más se constata la vigencia de sus ideas sobre la diferencia entre gobierno y poder. El cambio de etapa histórica trae aparejado su propio debate sobre qué es ser de izquierda, pero cualquiera que sea el criterio para definir qué es hoy un gobierno de izquierda o progresista, sea el más estrecho o el más amplio, el resultado no tiene precedente en la historia de América Latina y el Caribe. Por solo hablar de un indicador, digamos que, además del Partido Comunista de Cuba, partidos y movimientos políticos miembros del Foro de São Paulo ocupan una posición, principal o secundaria, según el caso, en los gobiernos de 13 naciones de la región: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, República Dominicana, Dominica, Ecuador, Guyana, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Uruguay, y San Vicente y las Granadinas. Rosa Luxemburgo sentenció que: "La reforma legal y la revolución
no son [...] diversos métodos del progreso histórico que
a placer podemos elegir en la despensa de la Historia, sino momentos
distintos del desenvolvimiento de la sociedad de clases.".6 Resulta
obvio que América Latina y el Caribe no se encuentran en un momento
de revolución, pero una parte de los gobiernos de izquierda y
progresistas de la región ni siquiera hace reformas, sino solo
administra el Estado neoliberal heredado, mientras la otra parte emprende
Parecería injusto mencionar aquí las limitaciones estructurales de las reformas emprendidas por Hugo Chávez y Evo Morales, pero el shock que les provocó escuchar eso ayuda a comprender las consecuencias del anclaje de los gobiernos de izquierda dentro del capitalismo, que en el resto de los casos es peor. No se trata de exigir a esos gobiernos que hagan lo que sus críticos de ultra izquierda tampoco podrían hacer si ocupasen su posición. Que nadie dude de nuestro respaldo a los procesos de reforma liderados por Chávez, Lula, Evo, Tabaré, Daniel, Correa y Lugo. Lo que decimos es que el barco de las luchas populares latinoamericanas y caribeñas no arribó a otro puerto seguro y definitivo, que no era el previsto por Fidel y el Che. El único puerto seguro y definitivo es la revolución socialista, y si no llega a él, ese barco seguirá navegando hasta hundirse en el océano de la barbarie capitalista. Si asumimos que el neoliberalismo es el capitalismo real de nuestros días, que dispone de mecanismos transnacionales de dominación para impedir la ejecución de reformas nacionales de izquierda o progresistas, y que ninguno de esos gobiernos ha roto con este sistema social -al margen de si existen o no condiciones para ello, y de si esa es o no su meta-, concluiremos que los problemas estructurales como la concentración de la riqueza no tienen solución en la sociedad capitalista, y que el anclaje de estos gobiernos dentro del capitalismo, con independencia de que obedezca o no a su voluntad, implica el pago de un creciente costo político con los sectores populares. De manea que lo que cambia en esta nueva etapa histórica no es el objetivo, sino las formas de lucha. Lo nuevo es que la izquierda ya no solo lucha por el poder desde la oposición, sino que también puede hacerlo desde el gobierno. El actual reto es transitar del ejercicio del gobierno al ejercicio del poder, y ello presupone, que en algún momento deberán encarar la disyuntiva de romper con el capitalismo real y construir sociedades socialistas, o resignarse a que su papel sea contribuir a un mero reciclaje del sistema de dominación. Hoy adquieren renovada vigencia las palabras del Che cuando afirma
que el poder es "el instrumento indispensable para aplicar y desarrollar
el programa revolucionario, pues si no se alcanza el poder, todas las
demás conquistas son inestables, insuficientes, incapaces de
dar las soluciones que se necesitan, por más avanzadas que puedan
parecer"7 y que "tránsitopacífico no es el logro
de un poder formal en elecciones o mediante movimientos de opinión
pública sin combate directo, sino la instauración del No es la intención de estas líneas sugerir que los actuales
gobiernos de izquierda y progresistas son intrascendentes o contraproducentes
como algunos afirman. El Che reiteraba que los pueblos acuden a la revolución
cuando se convencen de que las vías legales para cambiar su intolerable
situación están cerradas, y obviamente los pueblos de
América Latina y el Caribe no han llegado aún a ese convencimiento
en esta etapa. Conscientes o no, esos gobiernos llenan un expediente
histórico: le están mostrando a los La revolución socialista latinoamericana del siglo xxi tendrá
su "sello de época", igual que lo tuvieron, en su momento,
las revoluciones rusa, china, coreana, vietnamita y cubana. El sujeto
de la revolución no será solo la clase obrera, o estará
formado solo por la alianza obrero campesina; ese sujeto será
integrado por todos los sectores oprimidos del pueblo, tal como lo prenunció
Fidel en La historia me absolverá. No habrá un partido
de vanguardia porque la complejidad de ese sujeto social admite alianzas,
pero no homogenizaciones, y porque la reiterada usurpación del
término hecha por vanguardias autoproclamadas, vulgarizó
un concepto que tanto brilló en boca Como uno de los legados de esa rica etapa histórica que abrió
la Revolución Cubana, el socialismo latinoamericano no hará
distinción entre creyentes y no creyentes, ni entre religiones
cristianas y no cristianas, como las de los pueblos originarios, los
afrodescendientes y otras. El sentido común indica que en los
últimos cincuenta años, un número muy superior
de creyentes que de no creyentes enarbolaron las banderas de la revolución
y el socialismo en América Latina, y dieron sus vidas por ellas.
Genero, etnia, cultura franja de edad, preferencia sexual y otros criterios
forman parte del paradigma de igualdad y respeto a la diversidad del
sujeto social que emprenderá la construcción del socialismo
latinoamericano y caribeño, sin olvidar que la esencia sigue
siendo el tránsito a la socialización plena de Nada de esto es nuevo. De todo ello habla desde hace años y, quizás, hasta de manera sobredimensionada, porque a esos elementos se atribuye el papel determinante en la formación de la identidad del futuro socialismo latinoamericano. Sin dudas, su papel será fundamental pero lo determinante es cómo, cuándo, dónde y en qué condiciones tendrá lugar la conquista del poder político. Sin estas respuestas, que aun nos faltan, no puede hablarse de socialismo del siglo xxi, socialismo en el siglo xxi o cualquier noción similar, más que como una utopía realizable de contornos aún muy difusos. LAS RELACIONES CON LOS GOBIERNOS DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE Antes de entrar en los aspectos políticos de este tema, es preciso señalar que hay un elemento de la proyección de la Revolución Cubana hacia los pueblos de América Latina y el Caribe, que es invariable, sin distinción por la afinidad o el enfrentamiento que pueda existir entre esos gobiernos y el nuestro. Se trata de la ayuda destinada a restañar los daños ocasionados por desastres naturales. Las relaciones entre el Gobierno Revolucionario de Cuba y los del resto de América Latina y el Caribe, han transitado por cinco momentos, que, a grosso modo, se corresponden con sus cinco décadas de existencia: el aislamiento total a Cuba en la década de 1960; el restablecimiento de las relaciones en la década de 1970; el enfrentamiento común a la política de fuerza de Ronald Reagan en la década de 1980, las presiones contra Cuba a raíz de la desaparición de la Unión Soviética en la década de 1990, y el estrechamiento de relaciones con los gobiernos de izquierda y progresistas en la década de 2000. Fracasado el intento de obtener el respaldo de la Organización
de Estados Americanos (OEA) para intervenir militarmente en Cuba (Caracas,
1959), derrotada la invasión a Playa Girón (1961) y demostrada,
durante la Crisis de Octubre (1962), la voluntad del pueblo cubano de
vencer o morir, las sanciones aprobadas por la OEA en Punta del Este
(1962) contienen los elementos complementarios a los que el imperialismo
puede aspirar como "plan máximo" contra Cuba, desde
el punto de vista del aislamiento regional: la formación de un
consenso multilateral excluyente, a partir del cual, promover la ruptura
de las relaciones diplomáticas consulares y comerciales. El aislamiento de Cuba se rompe en la década de 1970, gracias
a una nueva configuración del mapa político regional que
incluye a los gobiernos del general Juan Velasco Alvarado en Perú
(1968 1975), el coronel Omar Torrijos en Panamá (1968 1981),
el general Juan José Torres en Bolivia (1970 1971), el presidente
Salvador Allende en Chile (1970 1973), el general Guillermo Rodríguez
Lara en Ecuador (1972 1976) el presidente Héctor Cámpora
en Argentina (1973),9 y a los gobiernos de los recién independizados
países del Caribe: Jamaica, Guyana y Trinidad y Tobago. Estos
países no solo restablecen sus relaciones bilaterales con Cuba,
sino también fuerzan a la OEA a levantar la prohibición
de mantenerlas, ejercen presión para que Cuba sea readmitida
a esa organización y demandan una emocratización del sistema
interamericano. El desplome del aislamiento contra Cuba desata un efecto
de acción y reacción con el proceso de ormalización
de relaciones entre Cuba y los Estados Unidos mencionado en el acápite
anterior: el masivo Aunque durante los dos mandatos de Ronald Reagan (1981 1989), el imperialismo norteamericano recrudece la política de agresiones, bloqueo y aislamiento contra Cuba, ello no provoca distanciamiento entre esta última y los demás gobiernos de América Latina y el Caribe, porque su renovado apoyo a las dictaduras militares de "seguridad nacional", sus amenazas de intervención directa en el llamada conflicto centroamericano, el apoyo que le brindó a Gran Bretaña en la Guerra de las Malvinas (1982), la política draconiana asumida por Reagan ante la crisis de la Deuda Externa (1982) y la invasión a Granada (1984), generaron una intensificación sin precedentes de las contradicciones entre el gobierno de los Estados Unidos y sus pares latinoamericanos y caribeños. En este contexto, se revitalizan los llamados al reingreso de Cuba a la OEA y a favor de la creación de una organización regional que incluyese a Cuba y excluyese a los Estados Unidos. El cambio en la configuración estratégica del mundo provocado por el derrumbe de la Unión Soviética, la imagen omnipotente que proyectaba de si el imperialismo norteamericano y la percepción de que la Revolución Cubana tenía sus días contados, provocaron un brusco cambio de actitud de los gobiernos latinoamericanos con respecto a Cuba, no así de los caribeños que en mantuvieron su oposición a la política de bloqueo y aislamiento. Hasta ese momento, los principales miembros del Grupo de Río abogaban por el levantamiento de las sanciones contra Cuba en la OEA y su reingreso a esa organización. Sin embargo, como expresión de la nueva situación, en la Cumbre de Cartagena (1991), ese mismo grupo emitió, por primera vez, una declaración crítica sobre la "democracia" y los "derechos humanos" en Cuba. Esta crítica fue reiterada en varias ocasiones y hecha extensiva a las reuniones entre la Unión Europea y América Latina. Aunque no se produjo el aislamiento diplomática o comercial que promovían los Estados Unidos, sí se generaron tensiones y fricciones por la sumisión de varios gobiernos a la renovada campaña anticubana. Con la elección de líderes de izquierda o progresistas a la presidencia de varios países, entre los que se destacan Venezuela (1998), Brasil (2002), Uruguay (2004), Bolivia (2005), Nicaragua (2006), Ecuador (2006) y Paraguay (2008), que se unen a los de Guyana, Haití, Dominica, y San Vicente y las Granadinas en el Caribe, las relaciones de Cuba vuelven a ampliarse y consolidarse, al tiempo que se abren espacios de colaboración bilateral y multilateral en diversas esferas. Entre esos espacios resaltan la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Libre Comercio de los Pueblos (ALBA TCP), formado por Bolivia, Cuba, Dominica, Nicaragua y Venezuela, que tras haber construido su andamiaje estructural y legal, debe comenzar a funcionar de forma efectiva- y el Mercado Común delSur (MERCOSUR), cuya composición actual, más aún si se destraba el ingreso de Venezuela, debería permitirle transitar del concepto neoliberal con que ue creado, al concepto popular de integración, pero esto también depende de la ruptura con el capitalismo real. NOTAS 1 Fidel Castro: La Historia me absolverá (edición anotada),
Oficina de Intervención en el Seminario 50 Años de la Revolución Cubana, celebrado en La Habana, del 14 al 16 de julio de 2008, con el coauspicio de la Oficina del Programa Martiano, la Universidad de La Habana, el Instituto Superior de Relaciones Internacionales Raúl Roa García, las editoriales Ocean Press y Ocean Sur, y Contexto Latinoamericano.
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