Abordaremos esta reflexión a partir de una distinción
tripartita entre:
1. Los valores y principios medulares, que deben vertebrar un proyecto
que se reclame como genuinamente socialista.
2. El programa de ese proyecto, es decir, el tránsito desde el
universo de los valores a la agenda concreta de la construcción
del socialismo y las políticas públicas requeridas para
su implementación.
3. Finalmente, el tema del "sujeto histórico" (o los
sujetos) de ese proyecto, y sus características distintivas.
VALORES
Se trata de un tema clave, porque un proyecto socialista no puede manifestar
la menor ambigüedad axiológica en relación a su crítica
intransigente y radical a la sociedad burguesa. A la luz de las experiencias
que tuvieron lugar durante la fase "keynesiana" del capitalismo
no se puede alimentar la menor ilusión acerca de la capacidad
de lograr reformas profundas y sobre todo duraderas en la estructura
de este tipo de sociedad. La involución que sufrió a consecuencia
de la contrarrevolución neoliberal a partir de los años
1980s demuestra, más allá de toda duda, que los avances
que se habían producido en los años de la posguerra -y
que dieran lugar a múltiples teorizaciones sobre "el fin
de las ideologías", el agotamiento de la lucha de clases,
las virtudes de la irrestricta movilidad social ascendente, el triunfo
de la democracia liberal, etcétera- estuvieron muy lejos de ser
irreversibles.
Esta reversión ha confirmado, una vez más, la extraordinaria
resiliencia del capitalismo y su capacidad para retornar a la "normalidad"
de su funcionamiento explotador, expoliador y opresivo una vez que se
disipan las coyunturas amenazantes que, en los años de la posguerra,
le obligaron a hacer pasajeras concesiones a las clases subalternas.
Componente estratégico de esa coyuntura fue la amenazante presencia
de la Unión Soviética. Y es que a pesar de su doctrina
oficial de la "coexistencia pacífica", justamente criticada
por el Che en numerosas intervenciones orales y escritas, la sola existencia
del ejemplo soviético y posteriormente de la revolución
china obligó a las burguesías metropolitanas a aceptar
reivindicaciones que antes de 1917 hubieran sido respondidas apelando
a los servicios de la gendarmería.
Dicho lo anterior es preciso subrayar que un socialismo renovado de
cara al siglo veintiuno no puede quedar reducido a la construcción
de una nueva fórmula económica, por más resueltamente
anticapitalista que ésta sea. El Che tenía toda la razón
cuando dijo que "el socialismo como fórmula de redistribución
de bienes materiales no me interesa." De lo que se trata es de
la creación de un hombre y una mujer nuevos, de una nueva cultura
y un nuevo tipo de sociedad, caracterizado por la abolición de
toda forma de opresión y explotación, el primado de la
solidaridad, el fin de la separación entre gobernantes y gobernados
y la reconciliación del hombre con la naturaleza.
PROYECTO
El apartado anterior analizó, brevemente, la problemática
de los valores y destacó la incuestionable superioridad ética
del socialismo en relación al capitalismo, tema que no debe olvidarse
pese a que muy a menudo se lo deja de lado. Veamos ahora el proyecto
y un caso especial: "la planificación central" de la
economía, que en el pasado fue interpretada como consustancial
con el socialismo y que hoy aparece claramente como producto de una
época no existiendo razones irrebatibles para que sea mantenida
en el futuro.
Si en el marco del desplome del estado zarista, la Primera Guerra Mundial
y la salvaje agresión perpetrada en contra de la joven república
soviética la socialización de la economía fue asimilada
con la total estatización de las actividades económicas,
en la actualidad esa receta no sólo es inadecuada sino, además,
contraproducente para la consolidación de un proyecto socialista
en las condiciones actuales de la economía mundial.
Si el modelo de la estatización total de la economía fue
una necesidad impuesta por determinadas circunstancias esto no significa
que deba ser la única alternativa de un proyecto socialista.
Y esta conclusión es válida aún si se tiene en
cuenta que en su tiempo ese modelo fue altamente exitoso porque hizo
posible un formidable desarrollo de las fuerzas productivas y convirtió
al país más atrasado de Europa de comienzos del siglo
veinte en una gran potencia industrial y militar. Sin embargo, sus logros
en una fase de industrialización extensiva no fueron suficientes
para responder eficazmente los nuevos desafíos planteados por
la tercera revolución industrial, con el desarrollo de la microelectrónica,
las telecomunicaciones, la informática y todas las aplicaciones
industriales derivadas de estos adelantos científicos y, gradualmente
fue perdiendo terreno ante sus rivales capitalistas hasta llegar a su
inglorioso derrumbe final, cuando todo el edificio político construido
por la primera revolución proletaria de la historia, un acontecimiento
extraordinario en la vida de las naciones, se desplomó sin un
solo disparo, y ante la increíble indiferencia de la población.
El tema de la magnitud e implicaciones de estos grandes cambios económicos
mereció una aguda observación del Comandante Fidel Castro
en su discurso del 17 de Noviembre del 2005 en la Universidad de La
Habana conmemorando el sexagésimo aniversario de su ingreso a
esa casa de estudios. Dijo en esa oportunidad que "somos idiotas
si creemos, por ejemplo, que la economía -y que me perdonen las
decenas de miles de economistas que hay en el país- es una ciencia
exacta y eterna, y que existió desde la época de Adán
y Eva. Se pierde todo el sentido dialéctico cuando alguien cree
que esa misma economía de hoy es igual a la de hace 50 años,
o hace 100 años, o hace 150 años, o es igual a la época
de Lenin, o a la época de Carlos Marx. A mil leguas de mi pensamiento
el revisionismo, rindo verdadero culto a Marx, a Engels y a Lenin."
Fidel tiene razón: la economía de hoy no es la de hace
cincuenta años atrás. No lo son ni el paradigma productivo,
ni las modalidades de circulación de las mercancías, ni
las características del sistema financiero ni el entrelazamiento
mundial del capital y el de éste con los estados de los capitalismos
metropolitanos. Por lo tanto, las políticas económicas
del socialismo deben necesariamente partir del reconocimiento de esas
nuevas realidades. Y, al mismo tiempo, tener la humildad y la sensatez
necesarias como para desconfiar de fórmulas librescas, pret a
porter, que se presentan como válidas para todo tiempo y lugar
para la construcción del socialismo. En esa misma plática
a los universitarios Fidel decía que "uno de nuestros mayores
errores al principio, y muchas veces a lo largo de la Revolución,
fue creer que alguien sabía cómo se construía el
socialismo." Lección esta importantísima, no sólo
por provenir de quien proviene sino porque desafía la tendencia
pertinaz en la izquierda de reducir la construcción del socialismo
a la aplicación de una receta, un modelo, una fórmula.
SUJETOS
Claramente, en plural. No existe un único sujeto -y mucho menos
un único sujeto preconstituido- de la transformación socialista.
Si en el capitalismo del siglo diecinueve y comienzos del veinte podía
postularse la centralidad excluyente del proletariado industrial, los
datos del capitalismo contemporáneo y la historia de las luchas
de clases sobre todo en la periferia del sistema demuestran el creciente
protagonismo adquirido por masas populares que en el pasado eran tenidas
como incapaces de colaborar en la instauración de un proyecto
socialista.
Campesinos, indígenas, sectores marginales urbanos eran, en el
mejor de los casos, acompañantes en un discreto segundo plano
de la presencia estelar de la clase obrera. La historia latinoamericana,
desde la Revolución Cubana hasta aquí, ha demostrado que,
al menos en los capitalismos periféricos el exclusivismo protagónico
del proletariado industrial no fue confirmado por los hechos. Baste
recordar la caracterización del "pueblo" hecha por
Fidel Castro en La Historia me Absolverá, o el papel de esas
masas populares urbanas y rurales en los levantamientos que tuvieron
lugar en Bolivia y Ecuador (que se tradujeron posteriormente en las
victorias electorales de Evo Morales y Rafael Correa), o el heroísmo
de esas masas en la derrota del golpe de estado de Abril del 2002 en
contra de la Revolución Bolivariana para apreciar, en toda su
magnitud, la multiplicación de los sujetos de la resistencia
y oposición al capitalismo.
Para finalizar, no podríamos dejar de examinar esta problemática
sin cuestionar la falsa oposición que suele plantearse entre
partidos y movimientos sociales. Lamentablemente, en los últimos
tiempos esta oposición radical se arraigó muy profundamente
en el imaginario de numerosos actores sociales y políticos de
América Latina y el Caribe. La consecuencia fue que mientras
los partidos políticos de izquierda fueron todos ellos satanizados
y considerados sin hacer distingo alguno -y por lo tanto cometiendo
una enorme injusticia con algunos que lucharon ejemplarmente contra
las dictaduras que asolaron a nuestros países en los años
setentas y ochentas- como aparatos burocratizados, desmovilizadores
y claudicantes, los movimientos sociales fueron exaltados como excelsas
organizaciones inmunes a las deformaciones burocráticas, las
ambigüedades, los personalismos y las mezquindades que según
esta poco feliz interpretación caracterizarían a los partidos
de izquierda de la región. Demás está decir que
esta simplificación no resiste el menor análisis y que
cualquiera mínimamente informado sobre la realidad sociopolítica
de nuestros países sabe que los vicios que se achacan, muchas
veces con justa razón, a los partidos también afectan,
en mayor o menor medida, a los movimientos sociales. Sus proclamas a
favor de la horizontalidad y el "basismo" no siempre encuentran
una traducción real en la vida concreta de los mismos y no pocas
veces son un discurso divorciado de los hechos. Y las "nuevas formas
de hacer política" con que los movimientos sociales muchas
veces se presentan en la escena pública para diferenciarse de
la vieja politiquería partidaria suelen más pronto que
tarde dar lugar a la resurrección de odiosas prácticas
que se creían exclusivas de los partidos.
En otras palabras: partidos y movimientos representan dos modos de articular
los intereses del campo popular, modos que no son contradictorios sino
complementarios entre otras cosas porque juegan en distintos escenarios:
los partidos en el marco de las instituciones políticas y los
movimientos en el seno de la sociedad civil. Si estos demostraron poseer
una potencial capacidad para establecer una conexión más
estrecha con su propia base y representar de manera más inmediata
sus intereses, adolecen en cambio de una enorme dificultad a la hora
de sintetizar la multiplicidad de particularismos que ellos encarnan
en una fórmula política y en una estrategia unificada
que pueda enfrentar con éxito la estrategia unificada de la burguesía.
Tanto los partidos como los movimientos parecen ignorar que ésta
jamás apuesta todas sus cartas en un solo escenario sino que
continuamente combina tácticas y estrategias que utilizan tanto
los canales institucionales (las elecciones y todas las instituciones
políticas del estado) como los canales extra-institucionales:
la calle, las movilizaciones, la propaganda política, los medios
de comunicación de masas, los sabotajes, lock-outs patronales,
fuga de capitales, huelga de inversiones, chantajes sobre los gobernantes,
etcétera. En una palabra, la burguesía no se enfrenta
con los falsos problemas que suelen paralizar al campo popular, esterilizado
y desmovilizado en improductivas discusiones acerca de si movimientos
sí o movimientos no, o partidos sí o partidos no. Profunda
conocedora del poder y sus secretos, la burguesía utiliza todas
las armas disponibles en su arsenal haciendo caso omiso de sus características,
mientras sus opositores se desangran dirimiendo primacías entre
unas y otras y quedando por eso mismo a merced de sus enemigos de clase.
PLED, Buenos Aires, 28/8/08
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