De esa época hacia acá, las guerras civiles, una detrás
de otra, han sido el mecanismo preferido para resolver los problemas
tocantes a la propiedad del Estado y el correspondiente a las castas
privilegiadas. En todas ellas, observa Fernando Guillen en su "El
poder Político en Colombia" las órdenes de matar
han venido de quienes ostentan el poder económico: terratenientes,
comerciantes, políticos y militares, que se unen para garantizar
la posibilidad de mantener el Estado como si se tratara de un patrimonio
familiar.
Desde muy temprano, desde el año 1964, Estados Unidos, en el
contexto de la guerra fría, empezó a utilizar a Colombia
como escenario de nuevas modalidades de guerra en las que los civiles
empezaron a convertirse en objetivos militares. En ese año, Estados
Unidos dono trescientos millones de dólares y envió asesores
militares y armamento para acabar con la resistencia campesina que no
aceptaba el exterminio que el establecimiento había decretado.
Cerca de 15 mil soldados asesorados por norteamericanos, bombardearon
50 familias de campesinos, por el crimen de hacer reclamos sociales
que hoy, al cabo de 44 años, se mantienen vigentes.
En ese mismo año los asesores militares norteamericanos propusieron
la organización de los grupos paramilitares, bajo el remoquete
de "desarrollo de la estrategia de armar civiles." Esta estrategia
le permitió al Estado asesinar, legalizar la tortura, desaparecer
forzadamente a miles de personas y desplazar internamente millones de
colombianos.
En 1999, Estados Unidos aporto mil seiscientos millones de dólares,
armamento y asesores militares en el contexto del llamado "Plan
Colombia" que aún se mantiene y que hasta el 2006, ha enviado
mas de cuatro mil millones de dólares para contribuir con su
aporte a la limpieza sociopolítica, estrategia que hoy en día
se mantiene en completo apoyo al gobierno de Uribe. Es importante recalcar
que esta estrategia facilita la continuidad del proyecto Uribe Vélez,
a pesar de sus estrechos vínculos con narcotraficantes y paramilitares.
Como una de las contrapartidas, el establecimiento colombiano adecua
las leyes para que se ajusten a los intereses de las empresas norteamericanas
y mega proyectos multinacionales, que aprovechan para hacer una explotación
voraz de las riquezas nuestras.
LA LUCHA DE LAS MUJERES
En medio de esta suerte de dictadura civil que vivimos en Colombia,
el aparato represivo no se detiene ante nada ni ante nadie en su intención
de aplastar las resistencias y en favorecer a quienes bailan al compás
de los intereses del poder.
En el caso de las mujeres, la vigilancia y la represión de las
que se consideraban rebeldes y revolucionarias, es mucho más
estricta que para los hombres. La estigmatización a la que son
sometidas supera el ámbito de lo público, llegando incluso
al ámbito de las casas, los comedores y los dormitorios, en estrecha
colaboración con el poder establecido. La represión contra
las mujeres busca relegarlas a las funciones que según el poder
de turno, ellas realizan muy bien, es decir, ser esposa y madre. Por
lo tanto basta con que las mujeres representemos los valores de: "resignación,
sumisión, entrega, sacrificio, aceptación y renuncia",
para que hagamos nuestra contribución a la sociedad.
Si en algún momento las esperanzas andan flojas, el entusiasmo
adelgaza, los brazos sienten la tentación del cansancio o alguien
piensa en abandonar la lucha, siempre surge algo nuevo que nos impulsa
hacia adelante. No hay dominación, por más poderosa o
absoluta que parezca, que pueda vencer la voluntad de las mujeres cuando
son rebeldes y toman conciencia de la necesidad de ser también
revolucionarias.
A riesgo de repetir un lenguaje que, por su amplio uso, puede parecer
un retórico eslogan carente de contundencia, debe insistirse
en que esta tenacidad por parte de las mujeres obedece a su toma de
actitud ante la vida. Sus renuncias a dejarse etiquetar por los poderes
de turno obedece a sus decisiones de echar por tierra todas las relaciones
de humillación, de abandono, de aplastamiento y de sometimiento.
Es sin duda un proceso de emancipación que le devuelve su sentido
del ser, en el contexto de una sociedad capitalista que se empeña
en la destrucción de la rebeldía, de la emancipación
y la revolución.
Los nombres de muchas mujeres a lo largo de esta historia se han convertido
en sinónimo colectivo de pensamiento rebelde, pensamiento revolucionario,
pensamiento crítico. Vale la pena hacer una aclaración
de estos calificativos largamente manoseados, en el caso del pensamiento/acción
femeninos, y es el siguiente: las mujeres evidencian que aquel que critica
algo no es necesariamente alguien que representa el pensamiento crítico,
sino que para ser genuinamente critico se requiere asumir el punto de
vista de la emancipación humana, y es este el criterio que hace
la diferencia. Hay un grito de libertad de las mujeres frente a la opresión
en que vivimos que exige la garantía de los derechos fundamentales
de los seres humanos. Este presupuesto fundamental desemboca necesariamente
en emancipación porque hacer girar la lucha por la justicia en
torno a la dignidad humana es una apuesta ética que demanda el
desenmascaramiento de las cadenas que aplastan y oprimen. Los instrumentos
de opresión, firmemente anclados en los imaginarios colectivos
en virtud a que de ellos depende la cohesión social, pasan desapercibidos
incluso entre quienes toman partido por las luchas democráticas.
Sin embargo, las mujeres traen consigo una larga lucha contra las sutilezas
de la opresión. Provenimos, entonces, de una tradición
heroica de pensamiento y acción, integrada por experiencias diversas
donde la lucha de las mujeres no se deslinda de la lucha por las transformaciones
sociales y el esfuerzo por la causa del socialismo. En lo referente
a Colombia, es parte de nuestro interés central rescatar el papel
protagónico jugado por muchas mujeres en la lucha por la paz,
resistiendo las represiones, las torturas, las violaciones y toda la
barbarie con que el Estado colombiano y el imperialismo pretenden domesticar
la resistencia de nuestro pueblo.
Muchas mujeres en Colombia ganan salarios miserables y viven en condiciones
insoportables que van de mal en peor. Estas mujeres no van a resignarse,
no están satisfechas con su "suerte" ni con el papel
de mártir, que la sociedad les impone. Mujeres que al lado de
sus hijos y compañeros, luchan contra una sociedad injusta que
no resuelve las necesidades más elementales de las personas,
ni en lo particular ni en lo colectivo: miseria y barbarie, educación
precaria, atención médica insuficiente, condiciones laborales
desastrosas; enfrentando la represión policial y militar
y contra las desventajas, contra cielo, mar y tierra
las mujeres
colombianas están empeñadas en la lucha por salvar la
historia, por hacer los cambios que les devuelvan el derecho a la vida
en forma integral.
Las mujeres también sufren discriminaciones de todo tipo como
extensión de la barbarie y la explotación capitalista.
El mercado y el gran capital golpean a las mujeres con el látigo
de la desigualdad y la explotación, el abandono y la impunidad.
Las mujeres de todos los sectores como las campesinas, afrocolombianas,
indígenas, estudiantes, entre otras se convierten en abanderadas
de las luchas de emancipación a partir de los derechos corporales
y a partir de las diversidades concretas y con el horizonte de la lucha
por la justicia como guía de las transformaciones hacia el bien
común.
Este es un reconocimiento que se le niega a las mujeres y que la academia
tradicional únicamente prodiga a los intelectuales comprometidos...
comprometidos con el poder de turno.
Este es un momento, al parecer favorable para albergar algunas esperanzas
pero también muchas dudas, porque siguen en el poder los que
se oponen a la justicia, son los comerciantes de la guerra, pero les
queda muy poco tiempo de reinado porque cuando las mujeres se emancipan
se emancipan todos no solamente los que están oprimidos.
*Filosofa y politóloga
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