Los motivos para ésas y otras acciones están a la vista:
la actitud firme de Correa en la defensa de la soberanía de su
país, tras la incursión militar colombiana contra un campamento
de las FARC en territorio ecuatoriano, hace mes y medio, en la que murieron
más de 20 personas, entre ellas uno de los más importantes
líderes de la organización insurgente y cuatro jóvenes
mexicanos. Por añadidura, el presidente ecuatoriano se ha puesto
en la mira de la Casa Blanca y de su aliado regional, Álvaro
Uribe, al cerrar filas con Hugo Chávez -quien gobierna otra de
las naciones que pueden sentirse amenazadas por el descontrolado belicismo
de Uribe- y promover la fundación de una organización
hemisférica que agrupe a las naciones de América Latina
y de la que quede excluido Washington, es decir, una organización
de estados latinoamericanos.
El propio Chávez es, desde hace mucho tiempo, víctima
de una intensa campaña propagandística estadunidense,
que la semana pasada alcanzó una nueva cota: el encargado en
la administración Bush de coordinar la estrategia "antidrogas",
John Walters, afirmó que Caracas "contribuye con el tráfico
de estupefacientes realizado por las FARC". Washington pretende
ahora pasar por alto que sus servicios de inteligencia tienen catalogado
a Uribe como político vinculado con el tráfico de drogas
-dato que refuerzan diversas investigaciones periodísticas colombianas,
particularmente la que señala la relación de amistad que
existía entre la familia del actual presidente colombiano y el
fallecido capo del cártel de Medellín, Pablo Escobar-,
y se lanza a formular acusaciones carentes de todo fundamento contra
el presidente venezolano. Tras pedir a sus aliados europeos que "presionen"
a Chávez, Walters basó su acusación en algo tan
incierto como que "algunas informaciones recientes de los servicios
de inteligencia sugieren que las FARC han estado recibiendo dinero de
fuentes externas para atenuar sus problemas financieros".
Tras el ciclo desastroso de regímenes neoliberales -en el que,
por desgracia, sigue estancado nuestro país- han surgido en América
Latina gobiernos democráticamente electos, con visiones y propuestas
alternativas, menos centradas en la defensa de los intereses financieros
internacionales y más atentas a las necesidades de las respectivas
poblaciones. Dos de ellos, el de Venezuela y el de Ecuador, parecen
haber sido escogidos por Estados Unidos y sus aliados locales para emprender
sendas campañas desestabilizadoras que podrían pasar incluso
-así lo sugiere el desatino belicista de Uribe- por la gestación
de un conflicto armado regional que sirva a Washington de pretexto para
intervenir de manera directa en la zona andina. Cabe esperar que la
diplomacia regional siga siendo capaz de frustrar este último
designio disparatado del gobierno de Bush, y que se pueda preservar
la paz en las fronteras entre Colombia y sus vecinos.
Nueva maniobra colombiana dictada desde Washington
Ecuador, bajo acoso
Editorial de La Jornada
Las más recientes acusaciones de la presidencia colombiana contra
el mandatario ecuatoriano, Rafael Correa, de que éste habría
"desautorizado" operaciones de las fuerzas armadas de su país
contra las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), vuelven
a tensar las relaciones entre ambos países sudamericanos y el
panorama diplomático regional.
Por añadidura refuerzan la idea de que el gobierno progresista
de Quito es víctima de una campaña de desestabilización
en la que Álvaro Uribe es, hoy por hoy, el operador más
visible, pero cuyas directivas proceden de Washington.
Los señalamientos de la Casa de Nariño apuntarían
en esa lógica a explotar un punto débil en el esquema
gubernamental ecuatoriano: la crisis de confianza recientemente desatada
entre la presidencia de Correa y altos mandos del Ministerio de Defensa
que fueron removidos cuando se descubrió que estaban infiltrados
por el espionaje estadunidense. Ahora es claro que el gobierno del país
vecino busca exacerbar las diferencias entre la autoridad civil de Ecuador
y las fuerzas armadas, con el propósito de desestabilizar y debilitar
esa nación, acaso como preparativo para nuevas provocaciones
militares.
Los motivos para ésas y otras acciones están a la vista:
la actitud firme de Correa en la defensa de la soberanía de su
país, tras la incursión militar colombiana contra un campamento
de las FARC en territorio ecuatoriano, hace mes y medio, en la que murieron
más de 20 personas, entre ellas uno de los más importantes
líderes de la organización insurgente y cuatro jóvenes
mexicanos. Por añadidura, el presidente ecuatoriano se ha puesto
en la mira de la Casa Blanca y de su aliado regional, Álvaro
Uribe, al cerrar filas con Hugo Chávez -quien gobierna otra de
las naciones que pueden sentirse amenazadas por el descontrolado belicismo
de Uribe- y promover la fundación de una organización
hemisférica que agrupe a las naciones de América Latina
y de la que quede excluido Washington, es decir, una organización
de estados latinoamericanos.
El propio Chávez es, desde hace mucho tiempo, víctima
de una intensa campaña propagandística estadunidense,
que la semana pasada alcanzó una nueva cota: el encargado en
la administración Bush de coordinar la estrategia "antidrogas",
John Walters, afirmó que Caracas "contribuye con el tráfico
de estupefacientes realizado por las FARC". Washington pretende
ahora pasar por alto que sus servicios de inteligencia tienen catalogado
a Uribe como político vinculado con el tráfico de drogas
-dato que refuerzan diversas investigaciones periodísticas colombianas,
particularmente la que señala la relación de amistad que
existía entre la familia del actual presidente colombiano y el
fallecido capo del cártel de Medellín, Pablo Escobar-,
y se lanza a formular acusaciones carentes de todo fundamento contra
el presidente venezolano. Tras pedir a sus aliados europeos que "presionen"
a Chávez, Walters basó su acusación en algo tan
incierto como que "algunas informaciones recientes de los servicios
de inteligencia sugieren que las FARC han estado recibiendo dinero de
fuentes externas para atenuar sus problemas financieros".
Tras el ciclo desastroso de regímenes neoliberales -en el que,
por desgracia, sigue estancado nuestro país- han surgido en América
Latina gobiernos democráticamente electos, con visiones y propuestas
alternativas, menos centradas en la defensa de los intereses financieros
internacionales y más atentas a las necesidades de las respectivas
poblaciones. Dos de ellos, el de Venezuela y el de Ecuador, parecen
haber sido escogidos por Estados Unidos y sus aliados locales para emprender
sendas campañas desestabilizadoras que podrían pasar incluso
-así lo sugiere el desatino belicista de Uribe- por la gestación
de un conflicto armado regional que sirva a Washington de pretexto para
intervenir de manera directa en la zona andina. Cabe esperar que la
diplomacia regional siga siendo capaz de frustrar este último
designio disparatado del gobierno de Bush, y que se pueda preservar
la paz en las fronteras entre Colombia y sus vecinos.
La Jornada de México.
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