Compañeras y compañeros:
Reciban un saludo sincero, bolivariano, desde una cama del Hospital
Militar en Quito, Ecuador, en donde me recupero de las múltiples
lesiones que sufrí a consecuencia del criminal bombardeo lanzado
por el ejército colombiano a tierras del Ecuador el pasado 1
de marzo y por el cual murieron cuatro de mis mejores amigos. Me duelen
muchas cosas, entre otras, que el gobierno mexicano intente con su silencio
revertir la responsabilidad que, ante el mundo y la historia, tienen
los autores de la masacre, para desviar la atención preguntándose
qué estábamos haciendo allí, cuando además
se sabe que llegamos al campamento unas pocas horas antes de la barbarie
y lo hicimos en nuestra condición de civiles y estudiosos universitarios
sin imaginar que íbamos a ser víctimas de una de las peores
infamias cometida recientemente en América Latina, justo en un
lugar al que se nos invitó para conocer las propuestas de paz.
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Lucía Morett
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Me duele que en un mundo lleno de comunicación, los medios y
su poder tergiversen la realidad con absurdas y dolosas mentiras, y
que con ellas busquen lastimar la dignidad de jóvenes que desde
las vías pacíficas y legales queremos un cambio en la
sociedad. Vean lo que les digo, ahora nos salen con la abominable pretensión,
eso sí ampliamente difundida, "de que las autoridades colombianas
nos van a interrogar". En qué cabeza cabe pensar que nuestro
verdugo sea al mismo tiempo el juez de estos hechos y que sean además
los asesinos quienes sentencien a las víctimas. Cabe destacar
que existe ya un culpable confeso, a Álvaro Uribe se le debe
investigar y castigar y lo mismo debe hacerse con otros autores materiales
e intelectuales, a todos aquellos que nos lanzaron bombas igualitas
a las que arrojaron en la guerra contra Irak, para después atacar
por la espalda a los heridos.
Nosotros no cometimos ningún delito, ingresamos y transitamos
legalmente en el Ecuador, participamos de actividades públicas
y, en cambio arteramente se nos acribilló. Tan abrumadores son
los hechos que el Fiscal General de esta nación me ha dicho que
no hay nada en mi contra, que fui víctima y me deseaba una pronta
recuperación.
Quiero decirles desde este hermoso pueblo ecuatoriano que me ha abierto
sus brazos y su solidaridad, que sé que allá en México
el coraje y la dignidad también están encontrando su lugar
y que son muchos los actos y las formas mediante las que se exige que
este crimen de Estado no quede impune. Gracias por estar con nosotros,
con Juan, con Fernando, con Verónica, con Soren. Tengo la confianza
que no estoy sola, que la gente de mi pueblo sabrá luchar y hacer
justicia; que en la UNAM nuestras autoridades han condenado los crímenes
y han estado a la altura de los acontecimientos para defender el derecho
a pensar y actuar críticamente. Estoy segura que muy pronto mis
compañeros tendrán una lápida digna, que su muerte
no será en vano ya que su semilla cayó en suelo fértil
por lo que junto a ellos nacerán flores y frutos hermosos. Su
voz que pretendieron apagar de una manera muy ruin se multiplicará
en el grito de muchos millones por todo el planeta.
Me despido desde esta mitad del mundo fracturada por ese bombardeo cobarde.
Sigo confiada en que esa América, esa Patria Grande por la que
lucharon y soñaron Bolívar y Martí, muy pronto
llegará. Nuestras naciones después de un largo eclipse
florecerán. No hay imperio que viva eternamente.
Fraternalmente,
Lucía Andrea Morett Álvarez.
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