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Con el telón de fondo del conflicto
desatado a raíz de la matanza perpetrada por militares colombianos
en territorio ecuatoriano, durante la cual fue asesinado el líder
de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Raúl
Reyes, y que ha derivado en el rompimiento de relaciones diplomáticas
de Ecuador y Venezuela con Colombia, el presidente de este último
país, Álvaro Uribe, se ha encargado de enrarecer el panorama
al lanzar acusaciones tan severas como poco verosímiles contra
sus homólogos Rafael Correa y Hugo Chávez.
Con base en documentos supuestamente hallados en unas inciertas computadoras
portátiles del insurgente muerto, el gobierno colombiano ha señalado
la existencia de "acuerdos del grupo terrorista de las FARC y los
gobiernos de Ecuador y Venezuela". El propio Uribe afirmó
ayer que denunciará al mandatario venezolano ante la Corte Penal
Internacional de La Haya por "patrocinio y financiación a
genocidas", lo que fue calificado por Caracas de "risible amenaza".
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De su lado, Rafael Correa convocó ayer a la comunidad internacional
a "cerrar filas alrededor del principio, la ética y el derecho
que deben guardar las relaciones internacionales"; condenó
nuevamente el bombardeo del ejército colombiano en el norte de
Ecuador, en la medida en que fue un atentado contra la soberanía
de ese país y porque, además, la agresión frustró
las negociaciones que su gobierno sostenía con las FARC para
liberar a una docena de rehenes, entre los cuales se encontraba la ex
candidata presidencial Ingrid Betancourt.
Las acusaciones del gobierno colombiano se inscriben en una cadena de
inconsistencias con respecto a los acontecimientos del sábado
pasado. Ha de recordarse que en un principio, las autoridades colombianas
afirmaron que durante el operativo no se violó en momento alguno
la soberanía de Ecuador; incluso Uribe agradeció públicamente
al presidente Correa, a quien dijo haber mantenido al tanto de los hechos.
Más tarde se aseguró que las milicias colombianas sí
habían entrado a territorio ecuatoriano, pero que lo habían
hecho en persecución de los guerrilleros y en todo momento actuaron
en defensa propia, cuando se ha comprobado que los insurgentes fueron
asesinados a mansalva, posiblemente mientras dormían.
Resulta poco verosímil, además, que los equipos de cómputo
de supuesta propiedad de Reyes hubiesen sobrevivido a las explosiones
y, en todo caso, no parecería lógico que el líder
guerrillero portara la información a la que ha hecho referencia
Uribe. Los señalamientos y las supuestas pruebas que vinculan
a Correa con la guerrilla tienen toda la apariencia de un montaje del
presidente colombiano y constituyen un agravio no sólo para el
pueblo ecuatoriano, sino para el conjunto de la opinión pública
internacional y hasta para la inteligencia humana.
Lo que queda claro, en cambio, es que por medio de estas maquinaciones
se pretende llevar a escala regional un conflicto local, añejo
y exacerbado, para el cual el gobierno de Uribe no ha podido ofrecer
una solución; en cambio, ha torpedeado en forma sistemática
todos los intentos surgidos dentro y fuera de Colombia por solucionarlo.
La versión de Correa, en cambio, no presenta inconsistencias
ni constituye una suma de improbabilidades, y ha sido confirmada por
el gobierno de Francia, cuya cancillería afirmó que Raúl
Reyes era su contacto con las FARC para negociar la liberación
de Betancourt y Bogotá estaba al tanto de lo anterior, lo que
pone en evidencia la traición del gobierno de Colombia, al romper
el hilo fundamental de una gestión humanitaria que habría
contribuido a acabar con el sufrimiento de un nuevo grupo de prisioneros
de la guerrilla y de sus familias.
La agresión contra el territorio ecuatoriano confirma, pues,
el afán del gobierno de Uribe por impedir toda posibilidad de
un canje humanitario con la guerrilla. Su embestida contra los gobiernos
de Venezuela y Ecuador denota, por un lado, la hostilidad que provocan
en el Palacio de Nariño las posiciones dialogantes y favorables
a un arreglo pacífico, como las que han sostenido Quito y Caracas
y, por el otro, la mano, no tan invisible, de Washington.
Y es que una perspectiva de paz en Colombia no sólo reforzaría
el fracaso de la política militarista de Uribe, sino que haría
perder sentido al Plan Colombia, instrumento central del injerencismo
estadunidense en Sudamérica, y cuyo objetivo último no
es el narcotráfico -con el que Uribe ha estado vinculado, según
medios de prensa estadunidenses y colombianos- y tal vez ni siquiera
las FARC, sino los gobiernos venezolano, boliviano y ecuatoriano.
La incursión militar ordenada o tolerada por Uribe contra el
territorio de un país vecino es una inequívoca violación
de la legalidad internacional. Para colmo, el presidente colombiano,
en vez de reconocer su falta, ha urdido una historia insostenible para
presentar a la víctima como agresora y para derivar el conflicto
interno que no puede o no quiere resolver hacia una escalda regional
muy conveniente para los designios intervencionistas de la administración
de George W. Bush. El ataque y las mentiras subsiguientes merecen una
enérgica condena de la comunidad internacional, y en particular
en el seno de la Organización de Estados Americanos.
Editorial de La Jornada, México, 5 de marzo de 2008
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