Colombia, en su proyección cultural, económica, social
y política, queremos examinar una hipótesis posible y
coherente, pero casi nunca explorada, sobre lo que condiciona, determina
y dinamiza en las sociedades “desarrolladas” el consumo
de la drogas que se producen y se exportan desde el mundo “subdesarrollado”.
El consumo de droga, y específicamente el consumo de cocaína,
de alguna manera aparece como una compulsiva y exigida necesidad impuesta
por los requerimientos más dinámicos vinculados a la aceleración
del tiempo histórico que caracteriza a la cultura capitalista
de Occidente. No se consume cocaína para efectuar una trasgresión
moral, ni a la manera de una práctica de perversión sicológica,
ni como una ceremonia para participar en los rituales de una cultura
alternativa o marginal, o para participar en esa especie de contagio
compulsivo que el consumo ostentoso de ciertas élites acaba instaurando
como un comportamiento prestigioso o de moda. Y aun cuando en algunos
casos, un pase de cocaína en una rumba tenga que ver con ello,
el consumo masivo y generalizado por parte de muchos grupos sociales
de estas sustancias acelerantes del ritmo cerebral se vincula a una
pulsión cultural que impone a ciertos individuos la necesidad
perentoria de utilizar estimulantes para lograr un ilusorio y eficiente
ajuste de sus procesos sicológicos a las dinámicas y cambiantes
formas que caracterizan la realidad social donde ejercen sus roles productivos.
La cocaína, como toda droga estimulante, no es una droga para
propiciar estados beatíficos de contemplación. No es un
instrumento del éxtasis religioso, ni un mecanismo para profundizar
y amplificar la percepción de los eventos susceptibles de acontecer
al nivel de la conciencia. Por el contrario, la cocaína actúa
como un acelerador de los impulsos eléctricos del cerebro, como
un alterador de su ritmo interno, como un propulsor de la actividad
humana. Se consume para ponerse “pilas”, para participar
en la sensación de que se multiplican y potencializan las capacidades
que tiene el individuo de realizar simultáneamente una enorme
cantidad de actividades. Se la utiliza para no dormir, para entrar en
una especie de vigilia agresiva e ilimitada que proporcionaría
la sensación arbitraria de que estamos ganando y acumulando en
beneficio de nuestras actividades tiempo objetivo, tiempo real y tiempo
histórico. Es decir, el tiempo que nos ha sido arrebatado y del
que hemos sido exiliados por carecer de instrumentos efectivos y eficientes
que nos permitan participar en su sustancia y en su realidad. En este
aspecto – y a nuestro juicio – es en relación con
el tiempo y en relación con la velocidad de ese tiempo histórico
como se inscribe y se explica la compulsión sicológica
y existencial que determina el uso creciente y masificado de drogas
estimulantes como la cocaína. Los estimulantes cumplen entonces
una función de ajuste crucial e inevitable en la adaptación
funcional (al menos subjetivamente así es percibida y valorada)
entre el tiempo subjetivo del hombre y el tiempo objetivo de la historia.
Aparece como una exigencia y un prerrequisito para ciertos individuos
y para ciertos grupos sociales, como una necesidad objetiva y subjetiva
de recurrir a y de valerse de ella, pues de esta manera se establecen
nexos operantes y articulaciones válidas y adaptativas entre
la subjetividad de la existencia y la aparente objetividad del proceso
exterior a la conciencia que se escenifica como historia y como cultura.
Si esa adaptación no se realizara por cualquier tipo de medio
o de instrumento, el ser en la historia se percibiría como una
realidad radicalmente separada y divorciada del estar en la historia.
Esto, de manera necesaria supondría una vivencia y una percepción
angustiosamente esquizofrénica, enferma y desgarrada del conjunto
y la totalidad de la vida humana. Significaría conversión
del ámbito social en un ámbito de negación torturante
de la vida. Sin metáfora, sería la instauración
del infierno en la historia. La cultura, y preferencialmente el hombre,
se destruirían en un proceso disolutivo, pues el fundamento de
todas las civilizaciones y de todas las organizaciones sociales conocidas
hasta el momento se alimenta y se sostiene en la posibilidad de que
exista una integración fluida y operante en la relación
del hombre con su entorno cultural. En nuestros términos, en
la medida en que exista una correspondencia y una relación relativamente
armónica entre el tiempo objetivo de la historia y el tiempo
de la subjetividad, es decir ese tiempo que converge en la realidad
íntima de la existencia y la conciencia humana.
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Antes de examinar qué significa
y qué ha significado el fenómeno del narcotráfico
en Pero sucede que el actual momento histórico se nos presenta
y se nos revela como una ruptura y una impresionante fractura entre esas
dos realidades. La velocidad de la historia, el ritmo, su aceleración,
ha venido desbordando en forma progresiva la velocidad, el ritmo y la
aceleración del tiempo estrictamente humano. Se han roto y quebrantado
de manera profunda los elementos de ligazón y correspondencia entre
esos dos tiempos. Y esto significa, en términos sociológicos,
anomia, caos valorativo o esquizofrenia colectiva. En términos
existenciales podríamos referirnos a ese proceso como desgarramiento
y vacío espiritual, como prevalencia del absurdo. Y en términos
de antropología cultural, como soledad y alienación. |
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| La aceleración inusitada del tiempo
histórico, acaecida de manera preferencial en los países
del primer mundo pero de clara tendencia universalizante por el predominio
de la globalización, se vincula en primera instancia y de manera
íntima a la variable tecnológica. Esa aceleración,
por supuesto, se evidencia como velocidad. Velocidad en los procesos informáticos,
velocidad en las formas del desplazamiento físico, etc. La velocidad
a su vez contrae la percepción subjetiva del espacio y en ocasiones
lo aniquila. A su vez el tiempo se densifica, adquiere una significación
mucho más vital y prioritaria y adquiere una mayor valoración
existencial y cultural para el hombre. Ahora no se vive a cien o a doscientos
kilómetros de alguna parte, sino a dos o a diez minutos de algún
lado. La interrelación tiempo-espacio se redefine dramáticamente
en el ámbito interior de la conciencia humana, pues ese mismo ámbito
interior es el ámbito de encuentro y convergencia entre el hombre
y la cultura. Es el espacio de la intrahistoria, es decir el lugar de
convergencia donde se materializa como significado y como ritual de encuentro
la percepción del hombre de su historia.
En este nuevo contexto de alteración radical de las cristalizaciones
culturales y valorativas, la relación hombre-historia se ve confrontada
a una nueva dimensión, hasta ahora inédita y desconocida
en los presupuestos de las civilizaciones anteriores. Pues de manera inexorable
se crea una coyuntura asimétrica y desgarradora que se expresa
en el hecho dramático de que la velocidad de la historia desborda
la velocidad existencial, con la cual ese mismo hombre intenta insertarse
en ella. Utilizando una metáfora equívoca y arriesgada,
podríamos afirmar que “las tecnologías espirituales”,
que surgieron y estaban diseñadas para otros tiempos donde la aceleración
y la velocidad no eran condicionantes de la cultura, y que de manera preferente
están fundamentadas en elementos como los valores, las vivencias,
las ideologías, etc., son tecnologías cuyo proceso de cambio
es muchísimo más lento y difícil de efectuarse del
que por ejemplo ocurre con los instrumentos tecnológicos que provee
la cultura. Una tecnología mecánica, o una tecnología
electrónica, no plantea ningún dilema moral ni supone ningún
desgarramiento existencial al ser sustituía por otra. Pero el cambio
de un valor moral, de una creencia religiosa o de una forma ideológica,
es siempre complejo y angustioso, es difícil y lento y supone un
compromiso sicológico y existencial donde está implicado
el ser humano como totalidad.
Lo crucial es que ese mundo externo - esa exterioridad histórica
y cultural - no es inerte ni pasivo frente a los elementos constituyentes
y configurantes de la subjetividad y de la personalidad. Al quebrantarse
los ritmos de adecuación y los procesos de intermediación
articuladores entre el uno y el otro, se quebranta y se fractura la correspondencia
relativamente armoniosa, fluida, funcional y eficiente entre el hombre
y la historia. La profundización de esa ruptura, la divergencia
y la asimetría entre esas dos velocidades puede conducir a un dislocamiento
y a un colapso irreversible e impredecible en todo el sistema y en todo
el orden cultural, construido precisamente a partir de ese supuesto de
comunicación adaptativa entre el hombre y la historia. A nuestro
juicio, ese colapso ya está aconteciendo en mayor o en menor grado
en las sociedades de más alto desarrollo, en ese mundo ambiguo
y aún no configurado plenamente que a veces designamos como la
posmodernidad.
Algunos han querido leer esa impresionante crisis a través de eventos
articulados a la globalización, al fin de la historia, a la muerte
de las ideologías, o a la quiebra del concepto clásico de
racionalidad que hasta ahora ha servido de soporte a la cosmovisión
de la cultura burguesa y capitalista. Pero más que crisis de ideología,
o crisis de la racionalidad histórica burguesa, tenemos que buscar
el origen de esta nueva tragedia espiritual que amenaza de disolución
el orden de la opulencia instaurado ya planetariamente por el capitalismo,
como una nueva crisis de acomodación del hombre a los nuevos elementos
y los nuevos significantes instaurados por esa aceleración del
tiempo histórico, a la que solo de manera muy marginal hemos aludido
en este artículo.
La sensación de vacío espiritual, la vaciedad de contenidos
estrictamente humanos que prevalecen en el mundo altamente desarrollado,
encuentran en esa ruptura de la temporalidad un nuevo elemento para su
interpretación. Como lo encuentra el papel creciente, progresivo
y masificado que las drogas en forma ilusoria y peligrosa quieren jugar
en los nuevos procesos de la cultura. No es por eso gratuito, por ejemplo,
que una sociedad como la norteamericana visualice – justo después
de la terminación de la Guerra Fría – que su enemigo
externo fundamental, que su amenaza capital, sea la droga y el narcotráfico.
Pero ese es un análisis equivocado. En los Estados Unidos, y usando
una referencia hollywoodesca, lo que acontece es que están durmiendo
con el enemigo. El consumo de droga - y así esto aparezca inicialmente
como una hipótesis escandalosa - constituye de muchas maneras un
instrumento y un elemento que posibilita un nuevo ajuste y se instaura
como una imperiosa necesidad histórica que facilita nuevos procesos
de ordenación y acomodación entre el hombre y el nuevo orden
social. Asimismo, esa compulsión al consumo impuesta por esa necesidad
histórica determina por principio el fracaso estruendoso al que
han conducido hasta ahora todos los controles y todas las estrategias
destinadas a combatir el uso de drogas estimulantes en el mundo contemporáneo.
Sabido es que todo error en la interpretación del hombre acarrea
un error en la interpretación del mundo. A este error en la interpretación
de la actual condición humana ha contribuido de manera esencial
y fundamental la recortada visión empirista sobre la que se edifica
todo el andamiaje de la ciencia contemporánea. La siquiatría
y la sociología, la antropología y la sicología han
formulado un marco conceptual falso y filosóficamente precario
para asumir la comprensión y el significado que como malestar impera
en la cultura. Asimismo, en la comprensión que juega el papel de
la droga en la actual circunstancia planetaria, pues la droga es un elemento
con funciones definidas aunque incomprendidas en la arquitectura cultural
del mundo contemporáneo. La droga no es un problema de salud, ni
un problema de conducta desviada, ni un problema económico dinamizado
por la oferta y la demanda, ni siquiera es un problema de moral. La droga,
el consumo de sicotrópicos, de la diversidad de drogas estimulantes
y acelerantes, tenemos que interpretarlo a la luz del mayor desquiciamiento
histórico producido en el hombre por la alteración significativa
que ha sufrido su percepción y su realidad del tiempo. Se hace
imperativamente necesario replantear la dimensión del significado
existencial que la variable tiempo introduce en la relación del
hombre con su vida y su cultura, para entender desde una nueva perspectiva
teórico-existencial el drama que actualmente significa ser y estar
en la historia.
Sin duda que asumiremos ese sugerente desafío de la “imaginación
sociológica”, pero entre tanto quisiéramos ocuparnos,
ante la violenta inminencia de ciertos eventos que se van a desencadenar
en nuestra sociedad, como son los eventos de la guerra de exterminio impulsada
y declarada conjuntamente por los Estados Unidos en asocio con el gobierno
de Colombia, en contra de los más grandes productores de coca del
planeta. Pues esa guerra, además de irracional y absurda, está
montada sobre supuestos falsos, sobre una equívoca y tergiversada
lectura de los procesos y los factores que determinan el consumo masivo
de cocaína en la opulenta sociedad norteamericana. Vemos venir
esta curiosa y encubierta invasión norteamericana como un nuevo
y trágico error histórico que provocará una herida
mucho más profunda que la provocada para la sensibilidad y la política
norteamericanas por la fallida guerra del Vietnam. Allá estaban
en juego un interés geopolítico y un difuso interés
ideológico. Acá se pondrá en juego y en escalofriante
riesgo el fundamento mismo de todo el orden cultural que prevalece en
Occidente.
victorpazotero@hotmail.com |