COLOMBIA: ¿UNA GUERRA CONTRA LA HISTORIA?

En Colombia, una sociedad fracturada y destrozada por una multiplicidad de conflictos socioculturales, donde el narcotráfico es solamente uno de ellos, los dos últimos gobiernos, en estrecha alianza y agobiante colaboración con el gobierno de los Estados Unidos, están comprometidos en una guerra que se califica de definitiva contra la producción y la exportación de cocaína y otras sustancias ilícitas

Que, como la heroína, se han extendido considerablemente en los últimos años.
Esta estrategia bélica se configura y se materializa en el llamado Plan Colombia, que a pesar de los elementos clandestinos que al menos hasta ahora sigue teniendo en su presentación para la opinión pública, se anuncia como verdadera guerra de exterminio, a juzgar por los recursos que se le asignan, convirtiéndose en el mayor esfuerzo político, militar y tecnológico que hasta ahora se ha realizado en país alguno y en cualquier época para enfrentar un supuesto “enemigo” que paradójicamente surge y se fortalece en la medida en que se consolidan elementos básicos y estructurales de la cultura contemporánea.
Por eso mismo, esta guerra llena de amenazas y riesgos ecológicos, humanos y sociales, y también políticos, es una guerra absurda y condenada al fracaso en los objetivos que se propone.

Colombia, en su proyección cultural, económica, social y política, queremos examinar una hipótesis posible y coherente, pero casi nunca explorada, sobre lo que condiciona, determina y dinamiza en las sociedades “desarrolladas” el consumo de la drogas que se producen y se exportan desde el mundo “subdesarrollado”.
El consumo de droga, y específicamente el consumo de cocaína, de alguna manera aparece como una compulsiva y exigida necesidad impuesta por los requerimientos más dinámicos vinculados a la aceleración del tiempo histórico que caracteriza a la cultura capitalista de Occidente. No se consume cocaína para efectuar una trasgresión moral, ni a la manera de una práctica de perversión sicológica, ni como una ceremonia para participar en los rituales de una cultura alternativa o marginal, o para participar en esa especie de contagio compulsivo que el consumo ostentoso de ciertas élites acaba instaurando como un comportamiento prestigioso o de moda. Y aun cuando en algunos casos, un pase de cocaína en una rumba tenga que ver con ello, el consumo masivo y generalizado por parte de muchos grupos sociales de estas sustancias acelerantes del ritmo cerebral se vincula a una pulsión cultural que impone a ciertos individuos la necesidad perentoria de utilizar estimulantes para lograr un ilusorio y eficiente ajuste de sus procesos sicológicos a las dinámicas y cambiantes formas que caracterizan la realidad social donde ejercen sus roles productivos. La cocaína, como toda droga estimulante, no es una droga para propiciar estados beatíficos de contemplación. No es un instrumento del éxtasis religioso, ni un mecanismo para profundizar y amplificar la percepción de los eventos susceptibles de acontecer al nivel de la conciencia. Por el contrario, la cocaína actúa como un acelerador de los impulsos eléctricos del cerebro, como un alterador de su ritmo interno, como un propulsor de la actividad humana. Se consume para ponerse “pilas”, para participar en la sensación de que se multiplican y potencializan las capacidades que tiene el individuo de realizar simultáneamente una enorme cantidad de actividades. Se la utiliza para no dormir, para entrar en una especie de vigilia agresiva e ilimitada que proporcionaría la sensación arbitraria de que estamos ganando y acumulando en beneficio de nuestras actividades tiempo objetivo, tiempo real y tiempo histórico. Es decir, el tiempo que nos ha sido arrebatado y del que hemos sido exiliados por carecer de instrumentos efectivos y eficientes que nos permitan participar en su sustancia y en su realidad. En este aspecto – y a nuestro juicio – es en relación con el tiempo y en relación con la velocidad de ese tiempo histórico como se inscribe y se explica la compulsión sicológica y existencial que determina el uso creciente y masificado de drogas estimulantes como la cocaína. Los estimulantes cumplen entonces una función de ajuste crucial e inevitable en la adaptación funcional (al menos subjetivamente así es percibida y valorada) entre el tiempo subjetivo del hombre y el tiempo objetivo de la historia. Aparece como una exigencia y un prerrequisito para ciertos individuos y para ciertos grupos sociales, como una necesidad objetiva y subjetiva de recurrir a y de valerse de ella, pues de esta manera se establecen nexos operantes y articulaciones válidas y adaptativas entre la subjetividad de la existencia y la aparente objetividad del proceso exterior a la conciencia que se escenifica como historia y como cultura. Si esa adaptación no se realizara por cualquier tipo de medio o de instrumento, el ser en la historia se percibiría como una realidad radicalmente separada y divorciada del estar en la historia. Esto, de manera necesaria supondría una vivencia y una percepción angustiosamente esquizofrénica, enferma y desgarrada del conjunto y la totalidad de la vida humana. Significaría conversión del ámbito social en un ámbito de negación torturante de la vida. Sin metáfora, sería la instauración del infierno en la historia. La cultura, y preferencialmente el hombre, se destruirían en un proceso disolutivo, pues el fundamento de todas las civilizaciones y de todas las organizaciones sociales conocidas hasta el momento se alimenta y se sostiene en la posibilidad de que exista una integración fluida y operante en la relación del hombre con su entorno cultural. En nuestros términos, en la medida en que exista una correspondencia y una relación relativamente armónica entre el tiempo objetivo de la historia y el tiempo de la subjetividad, es decir ese tiempo que converge en la realidad íntima de la existencia y la conciencia humana.

Antes de examinar qué significa y qué ha significado el fenómeno del narcotráfico en Pero sucede que el actual momento histórico se nos presenta y se nos revela como una ruptura y una impresionante fractura entre esas dos realidades. La velocidad de la historia, el ritmo, su aceleración, ha venido desbordando en forma progresiva la velocidad, el ritmo y la aceleración del tiempo estrictamente humano. Se han roto y quebrantado de manera profunda los elementos de ligazón y correspondencia entre esos dos tiempos. Y esto significa, en términos sociológicos, anomia, caos valorativo o esquizofrenia colectiva. En términos existenciales podríamos referirnos a ese proceso como desgarramiento y vacío espiritual, como prevalencia del absurdo. Y en términos de antropología cultural, como soledad y alienación.

La aceleración inusitada del tiempo histórico, acaecida de manera preferencial en los países del primer mundo pero de clara tendencia universalizante por el predominio de la globalización, se vincula en primera instancia y de manera íntima a la variable tecnológica. Esa aceleración, por supuesto, se evidencia como velocidad. Velocidad en los procesos informáticos, velocidad en las formas del desplazamiento físico, etc. La velocidad a su vez contrae la percepción subjetiva del espacio y en ocasiones lo aniquila. A su vez el tiempo se densifica, adquiere una significación mucho más vital y prioritaria y adquiere una mayor valoración existencial y cultural para el hombre. Ahora no se vive a cien o a doscientos kilómetros de alguna parte, sino a dos o a diez minutos de algún lado. La interrelación tiempo-espacio se redefine dramáticamente en el ámbito interior de la conciencia humana, pues ese mismo ámbito interior es el ámbito de encuentro y convergencia entre el hombre y la cultura. Es el espacio de la intrahistoria, es decir el lugar de convergencia donde se materializa como significado y como ritual de encuentro la percepción del hombre de su historia.
En este nuevo contexto de alteración radical de las cristalizaciones culturales y valorativas, la relación hombre-historia se ve confrontada a una nueva dimensión, hasta ahora inédita y desconocida en los presupuestos de las civilizaciones anteriores. Pues de manera inexorable se crea una coyuntura asimétrica y desgarradora que se expresa en el hecho dramático de que la velocidad de la historia desborda la velocidad existencial, con la cual ese mismo hombre intenta insertarse en ella. Utilizando una metáfora equívoca y arriesgada, podríamos afirmar que “las tecnologías espirituales”, que surgieron y estaban diseñadas para otros tiempos donde la aceleración y la velocidad no eran condicionantes de la cultura, y que de manera preferente están fundamentadas en elementos como los valores, las vivencias, las ideologías, etc., son tecnologías cuyo proceso de cambio es muchísimo más lento y difícil de efectuarse del que por ejemplo ocurre con los instrumentos tecnológicos que provee la cultura. Una tecnología mecánica, o una tecnología electrónica, no plantea ningún dilema moral ni supone ningún desgarramiento existencial al ser sustituía por otra. Pero el cambio de un valor moral, de una creencia religiosa o de una forma ideológica, es siempre complejo y angustioso, es difícil y lento y supone un compromiso sicológico y existencial donde está implicado el ser humano como totalidad.
Lo crucial es que ese mundo externo - esa exterioridad histórica y cultural - no es inerte ni pasivo frente a los elementos constituyentes y configurantes de la subjetividad y de la personalidad. Al quebrantarse los ritmos de adecuación y los procesos de intermediación articuladores entre el uno y el otro, se quebranta y se fractura la correspondencia relativamente armoniosa, fluida, funcional y eficiente entre el hombre y la historia. La profundización de esa ruptura, la divergencia y la asimetría entre esas dos velocidades puede conducir a un dislocamiento y a un colapso irreversible e impredecible en todo el sistema y en todo el orden cultural, construido precisamente a partir de ese supuesto de comunicación adaptativa entre el hombre y la historia. A nuestro juicio, ese colapso ya está aconteciendo en mayor o en menor grado en las sociedades de más alto desarrollo, en ese mundo ambiguo y aún no configurado plenamente que a veces designamos como la posmodernidad.
Algunos han querido leer esa impresionante crisis a través de eventos articulados a la globalización, al fin de la historia, a la muerte de las ideologías, o a la quiebra del concepto clásico de racionalidad que hasta ahora ha servido de soporte a la cosmovisión de la cultura burguesa y capitalista. Pero más que crisis de ideología, o crisis de la racionalidad histórica burguesa, tenemos que buscar el origen de esta nueva tragedia espiritual que amenaza de disolución el orden de la opulencia instaurado ya planetariamente por el capitalismo, como una nueva crisis de acomodación del hombre a los nuevos elementos y los nuevos significantes instaurados por esa aceleración del tiempo histórico, a la que solo de manera muy marginal hemos aludido en este artículo.
La sensación de vacío espiritual, la vaciedad de contenidos estrictamente humanos que prevalecen en el mundo altamente desarrollado, encuentran en esa ruptura de la temporalidad un nuevo elemento para su interpretación. Como lo encuentra el papel creciente, progresivo y masificado que las drogas en forma ilusoria y peligrosa quieren jugar en los nuevos procesos de la cultura. No es por eso gratuito, por ejemplo, que una sociedad como la norteamericana visualice – justo después de la terminación de la Guerra Fría – que su enemigo externo fundamental, que su amenaza capital, sea la droga y el narcotráfico. Pero ese es un análisis equivocado. En los Estados Unidos, y usando una referencia hollywoodesca, lo que acontece es que están durmiendo con el enemigo. El consumo de droga - y así esto aparezca inicialmente como una hipótesis escandalosa - constituye de muchas maneras un instrumento y un elemento que posibilita un nuevo ajuste y se instaura como una imperiosa necesidad histórica que facilita nuevos procesos de ordenación y acomodación entre el hombre y el nuevo orden social. Asimismo, esa compulsión al consumo impuesta por esa necesidad histórica determina por principio el fracaso estruendoso al que han conducido hasta ahora todos los controles y todas las estrategias destinadas a combatir el uso de drogas estimulantes en el mundo contemporáneo.
Sabido es que todo error en la interpretación del hombre acarrea un error en la interpretación del mundo. A este error en la interpretación de la actual condición humana ha contribuido de manera esencial y fundamental la recortada visión empirista sobre la que se edifica todo el andamiaje de la ciencia contemporánea. La siquiatría y la sociología, la antropología y la sicología han formulado un marco conceptual falso y filosóficamente precario para asumir la comprensión y el significado que como malestar impera en la cultura. Asimismo, en la comprensión que juega el papel de la droga en la actual circunstancia planetaria, pues la droga es un elemento con funciones definidas aunque incomprendidas en la arquitectura cultural del mundo contemporáneo. La droga no es un problema de salud, ni un problema de conducta desviada, ni un problema económico dinamizado por la oferta y la demanda, ni siquiera es un problema de moral. La droga, el consumo de sicotrópicos, de la diversidad de drogas estimulantes y acelerantes, tenemos que interpretarlo a la luz del mayor desquiciamiento histórico producido en el hombre por la alteración significativa que ha sufrido su percepción y su realidad del tiempo. Se hace imperativamente necesario replantear la dimensión del significado existencial que la variable tiempo introduce en la relación del hombre con su vida y su cultura, para entender desde una nueva perspectiva teórico-existencial el drama que actualmente significa ser y estar en la historia.
Sin duda que asumiremos ese sugerente desafío de la “imaginación sociológica”, pero entre tanto quisiéramos ocuparnos, ante la violenta inminencia de ciertos eventos que se van a desencadenar en nuestra sociedad, como son los eventos de la guerra de exterminio impulsada y declarada conjuntamente por los Estados Unidos en asocio con el gobierno de Colombia, en contra de los más grandes productores de coca del planeta. Pues esa guerra, además de irracional y absurda, está montada sobre supuestos falsos, sobre una equívoca y tergiversada lectura de los procesos y los factores que determinan el consumo masivo de cocaína en la opulenta sociedad norteamericana. Vemos venir esta curiosa y encubierta invasión norteamericana como un nuevo y trágico error histórico que provocará una herida mucho más profunda que la provocada para la sensibilidad y la política norteamericanas por la fallida guerra del Vietnam. Allá estaban en juego un interés geopolítico y un difuso interés ideológico. Acá se pondrá en juego y en escalofriante riesgo el fundamento mismo de todo el orden cultural que prevalece en Occidente.

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