SUBE EL TONO DE LA VOZ INDÍGENA EN LATINOAMÉRICA
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La afirmación de
la multiculturalidad y plurietnicidad como nuevos espacios de relación
y, por sobre todo, como elementos en la formación de la Nación
y el Estado son una realidad gracias a los procesos constitucionales que
se han venido dando a lo largo y ancho de América Latina en las
dos últimas décadas.
Este hecho jurídico con amplias implicaciones políticas
expresa claramente la ruptura con el modelo del Estado monocultural que
venía imperando desde el siglo XIX.
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En este nuevo escenario
emergen los pueblos indígenas como sujetos de derechos colectivos,
en ejercicio de relativa autonomía en sus ancestrales territorios,
apropiando desde la diferencia su particular institucionalidad para impulsar
una política cultural nacida de las antiguas y nuevas formas de
la elaboración de su identidad.
De alguna manera esta connotación de los pueblos indígenas
hace parte del fenómeno de la trasnacionalización del derecho
como consecuencia de la globalización. No es gratuito por lo tanto
que la OIT a través del Convenio 169 haya consolidado un instrumento
jurídico internacional que procura dinamizar la interrelación
de dichos pueblos con los Estados y el reconocimiento por parte de estos
de sus derechos y garantías para proteger y reproducir sus culturas.
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Dentro de esta nueva institucionalidad de los países de Latinoamérica
y en respuesta de las demandas de los pueblos indígenas, el Estado
ha generado un modelo jurídico-político para reconocer
a estas comunidades que se basa en tres elementos sustanciales: a) reconocimiento
a sus propias formas de gobierno; b) derecho al territorio; y c) sistema
de justicia propio.
Si bien estos tres pilares están incluidos en las Constituciones
Políticas latinoamericanas, la capacidad de autodeterminación
de los pueblos indígenas tiende a restringirse por parte de los
propios Estados bajos legislaciones con claros tintes neoliberales que
propenden por un nuevo modelo de subordinación, que se pone en
evidencia en aquellos territorios con presencia de culturas aborígenes
que se tornan estratégicos por la disposición de recursos
forestales, energéticos, mineros, o por su situación geoestratégica.
PROCESO DE AUTONOMÍA POLÍTICA
Una vez reconocidos sus derechos constitucionalmente, la lucha de los
pueblos aborígenes no ha parado ahí. Ahora el proceso
político que vienen dando en diferentes países de la región
radica en que esos derechos no se queden en el papel sino que se traduzcan
en hechos reales y resultados efectivos.
Tras quinientos años de opresión, marginamiento y humillación
los pueblos indígenas están levantando su voz y en países
como Bolivia, Ecuador, México y Guatemala sus organizaciones
políticas se han constituido en factores determinantes en el
devenir institucional de esas naciones.
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Cada día con mayor ímpetu
los indígenas adquieren papel preponderante en el reclamo tanto
de sus derechos como en el rechazo del modelo neoliberal que está
en abierta contradicción con sus intereses y con su cultura nacionalista.
En Suramérica, concretamente, las organizaciones indígenas
de Ecuador y Bolivia vienen dando ejemplo de lucha por impedir la profundización
del modelo neoliberal.
En Ecuador, la Confederación de Nacionalidades Indígenas
(CONAIE) fue factor determinante para llevar al poder al coronel Lucio
Gutiérrez. Sin embargo, este militar retirado una vez en la presidencia
se entregó al Fondo Monetario Internacional, a la banca multilateral
y a Washington, traicionando de manera abierta y aleve a los sectores
sociales e indígenas que lo apoyaron en su carrera electoral. |
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Igualmente en Bolivia, los sectores indígenas con liderazgos
fuertes como el de Evo Morales vienen jugando papel protagónico
en su enfrentamiento con el gobierno neoliberal y pro gringo de Gonzalo
Sánchez de Losada.
LA LUCHA INDÍGENA EN RETROSPECTIVA
Los dos últimos años en Bolivia han constituido un "campanazo"
o un llamado de los indígenas para una declaración pública
de una "guerra civil". Sin embargo el gobierno de Sánchez
de Losada subestimó las manifestaciones de protesta de estos
pueblos contra su política de sacar el gas boliviano a través
de Chile para beneficio de las multinacionales gringas y ahora enfrenta
una crisis política y social de grandes proporciones.
Las comunidades de Achakachi, Huarina, Warisata y poblaciones del altiplano
norte y los valles de Sorata han sido los actores de las impresionantes
movilizaciones realizados en la región durante el año
2000- 2001, junto con los indígenas de la región del Chapare,
Cochabamba. Estos constituyen los primeros levantamientos indígenas
del siglo XXI en Bolivia que se han convertido en uno de los detonantes
para el cuestionamiento del modelo neoliberal.
En los bloqueos del camino en el altiplano norte de La Paz en el año
2000 se había pronunciado, sobre la base de un profuso sentido
de identidad indígena, aunque de forma tímida, una "guerra
civil" como parte de una demostración de fuerza y "autonomía"
de las comunidades indígenas aymaras y qhiswas de la región
frente a las fuerzas del Estado.
Se han tejido y reforzado ideas, decisiones, actos y sentimientos compartidos
como parte de los sentidos de pertenencia identitaria indígena
contrapuestas al de las identidades criollas-mestizas predominante en
los espacios del poder político y económico en Bolivia.
ALGUNOS INTERROGANTES
¿Cómo se podría entender, sin embargo, con cierta
precisión los hechos recientemente ocurridos en Warisata y Sorata?
¿Cómo se explica la declaración de "guerra
civil" indígena en términos históricos?. ¿Qué
significa la declaración de "guerra civil" dentro del
campo simbólico y político? Una primera y necesaria aproximación
para entender el mismo es la historia.
La historia de los levantamientos indígenas en la colonia y la
república y las condiciones actuales de beligerancia estatal
y social provocado por el modelo de libre mercado se constituyen en
algunos de los referentes para entender los hechos ocurridos en Warisata
y Sorata en septiembre de este año.
Los indígenas tienen una larga historia de declaraciones de guerra
tanto en la Colonia como en la República. No es novedad, en este
sentido, la "guerra civil" declarada en Warisata. Es el caso
de Tupaj Katari y Zarate Willka.
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Los Katari de La Paz y Chayanta en 1780-81
habían declarado una guerra indígena y de guerrillas a los
españoles. Pablo Zarate Willka y los Willkas en la República
(1899) también declararon una guerra al Estado republicano. Los
pronunciamientos o proclamas de Q'araqullo (Caracollo) y Peñas
por Zarate Willka y Juan Lero son parte de este hecho. Era un levantamiento
indígena gigantesco en toda la región central y sur del
altiplano y los valles de Bolivia. En cada uno de ellos se han construido,
además, "cuarteles indígenas" y "gobiernos
locales- regionales" y símbolos del poder indígena.
El Estado, en estas relaciones, es portador de una larga historia de masacres
indígenas que ha ahogado en sangre toda pretensión aborigen
de autogobierno o de simples demandas locales de mayor justicia. En cierto
modo la historia del Estado en Bolivia es la historia de las masacres
indígenas. Hay, entonces, una construcción de dos lógicas
contrapuestas irreconciliables que en tiempo en tiempo se recrudecen,
aunque en determinadas etapas históricas se convierten en endebles
pactos entre ayllus-Estado, que al menor quiebre histórico explota.
Este es una línea roja que atraviesa la historia política
y social de Bolivia constituida como "fronteras étnicas"
entre indios y los grupos de poder blanco-mestizo dominantes en Bolivia.
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En la ultima parte de esta historia de las relaciones Estado- indígenas
en cuanto referentes del conflicto y pacto desigual, es importante manifestar
que los indígenas de Sorata, Ilabaya, Achakachi, Warisata son
actores históricos de la guerra del Chaco con Paraguay entre
1932-35.
Los indígenas aymaras y qhiswas al participar en esta guerra
internacional se convierten en referentes directos de la memoria histórica,
producto del cual exigen al Estado el derecho de ciudadanía negado,
sin embargo, sistemáticamente.
Además, se guardan memorias de lucha y las mismas armas de fuego.
Estas se manifiestan en sentimiento de orgullo social por ser parte
de la defensa del petróleo y del territorio del Chaco. En ese
sentido hay un sentimiento de legitimidad histórica para convertirse
en parte de los destinos de este país. Los abuelos a través
de la memoria oral han trasmitido a sus hijos y nietos su participación
en esta guerra que hoy de algún modo se manifiesta como rebeldía
india.
AUTOGOBIERNO INDÍGENA
Los antecedentes inmediatos a los hechos de Warisata son las multitudinarias
movilizaciones sociales en rechazo a la venta del gas a Estados Unidos
y México por puertos chilenos. En la región norte de La
Paz y en algunos de los valles adyacentes hay un sentimiento de "autonomía"
o de "autogobierno indígena". Se puede notar o constatar
una fuerza interna en las comunidades porque se mantienen los rituales
sagrados al nevado Illampu, apu el mayor de la región junto a
Jipi o Paxchiri.
Las autoridades comunales, los secretarios generales o generalas en
aymara, son los referentes directos del poder y administración
territorial y jurídica de las comunidades. Prevalecen decisiones
ampliamente consensuadas al interior de las mismas como parte de la
legitimidad de los actos de sus autoridades locales y regionales. Hay
una administración de justicia indígena al interior de
las comunidades. Igualmente se puede notar una identidad aymara y qhiswa
muy fuerte relacionados con el territorio histórico y mítico
del lago Titikaka y su entorno. En resumen, hay un tramado de sentidos
de pertenencia colectiva e identitaria sobre un extenso territorio,
sobre su historia y la memoria de las luchas indígenas.
¿Acaso se está expresando detrás de esta declaración
una revolución indígena? ¿O es un uso estratégico
de los símbolos del poder político e indígena para
crear un ambiente propicio y lograr así el respeto por parte
del Estado? Lo inmediatamente constatable sin embargo, es la exposición
de las armas, wiphalas y pasamontañas en posición de afronte
como señal de protagonizar una guerra.
La connotación o la subjetividad de lo que esto significa habría
que buscarse en el efecto que pueda tener en otras regiones indígenas
y la actuación sistemática de las comunidades en esa línea.
Lo que sí es palpable a partir de ello es la expresión
de un mal estar general frente a una situación histórica
de discriminación y dominación étnica en Bolivia.
En este país el 81,2% de la población es indígena
y ella es la más golpeada por la pobreza. Los aymaras del altiplano
y valle del norte de La Paz son parte de esta realidad socioeconómica.
La demostración de una "fuerza armada", entonces, es
un referente de un malestar social producida en cierto modo por el modelo
de libre mercado y por la dominación étnica en Bolivia.
En las ciudades y en ciertas partes del área rural se pueden
observar grados de discriminación económica, social y
política de los indígenas. Hay un problema estructural
irresuelta en la relación Estado y los indígenas bolivianos.
En la declaración de "guerra civil" se conjugan entonces
dos hechos importantes: por una parte hay una demostración de
fuerza indígena, aunque su efectividad en términos militares
tendría poca capacidad, si no es por el número de sus
miembros.
Por otro lado, es una demostración estratégica y simbólica
del poder y capacidad de interpelación directa al Estado, pues
se envía un mensaje político específico de que
si no se respeta el derecho a la vida de los indígenas se podrían
en el tiempo multiplicarse demostraciones de este tipo para crear un
ambiente general de guerra civil.
Si el gobierno de Sánchez de Losada persiste en la torpe idea
llevar a la justicia a los levantados de Warisata, lo que podría
provocar es una mayor reacción de parte de las comunidades que
generaría un conflicto armado sin precedentes.
El mensaje que envían las comunidades indígenas al declarar
desde la ciudad de El Alto un "estado de sitio" es que tiene
una gran capacidad política y de convocatoria.
NUEVAS CONDICIONES POLÍTICAS
La declaración de "guerra civil" y el "estado
de sitio" en los territorios indígenas de La Paz son dos
hechos de importancia simbólica y política para entender
las condiciones estructurales de la dominación étnica
en Bolivia y en el último tiempo del impacto socioeconómico
negativo del modelo de libre mercado en las comunidades y los centros
urbanos predominantemente habitados por poblaciones indígenas.
Estas condiciones estructurales están creando sentimientos y
posicionamientos de autoidentificación indígena bastante
fuerte en Bolivia.
Dentro de este contexto, en Warisata (lit. wari=camelido
andino, sata=sembradío) se ha empezado a hacer uso de los símbolos
del poder político y militar como ha sido la exposición
de los viejos fusiles máuser, pasamontañas, wiphalas, qurawas
como señal de fuerza y decisiones fuertemente vinculados con la
memoria de las luchas indígenas.
Por ello si no hay un timonazo por parte del gobierno neoliberal de Sánchez
de Losada cambiando fundamentalmente las actuales condiciones de dominación
étnica y pobreza estructural, la situación podría
desembocar en acciones de mayor contenido político y militar.
LA VOZ INDÍGENA ECUATORIANA EN EL MUNDO MODERNO
Capítulo aparte merece la situación en Ecuador. Las nacionalidades
indígenas ecuatorianas han venido desarrollando un proceso de unificación
muy interesante hasta el punto que hoy en día son factor decisivo
y determinante en la vida institucional del país.
No sólo la organización indígena ha logrado en los
últimos cuatro años derrocar un gobierno corrupto como el
de Jamil Mahuad en enero de 2000, sino que llevó a la Presidencia
al actual mandatario, Lucio Gutiérrez Borbúa.
Pese a las normales fricciones internas, las distintas comunidades aborígenes
han podido consolidar la Confederación de Nacionalidades Indígenas
del Ecuador (CONAIE) que se ha constituido en el interlocutor válido
ante el Estado para reivindicar sus derechos
La CONAIE se conformó en 1986, como producto de un proceso organizativo
impulsado desde las bases indígenas para responder a la necesidad
histórica de luchar por construir un Estado plurinacional.
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Según su análisis, la riqueza
de la diversidad cultural ecuatoriana ha venido en un franco deterioro
en gran parte por causa de la presión social de aculturación
por eso la dirigencia indígena al crear la CONAIE ha venido trabajando
por la sobrevivencia de sus culturas e idiomas.
En 1989 firmó un acuerdo con el Ministro de Educación, estableciendo
un programa nacional de educación bilingüe intercultural,
programa diseñado y manejado directamente por las comunidades indígenas.
Por medio de la educación bilingüe intercultural, las nuevas
generaciones aprenden a ser orgullosas de sus identidades, y utilizar
sus propias idiomas, sostienen los dirigentes de esta organización.
En el ámbito político, así mismo, ha logrado consolidar
un partido denominado Pachakutik que tiene representación en el
Congreso Nacional.
Según la CONAIE, los pueblos indígenas ecuatorianos se encuentran
en grave riesgo por cuanto que en la Costa, Sierra y Amazonía se
desarrollan actividades mineral, madereras, cuyas empresas nacionales
y extranjeras buscan sólo el beneficio económico y aplican
tecnologías tipo chatarra que están contaminando y destruyendo
cientos de formas de vida únicas en el planeta.
La explotación petrolera ya causó la extinción de
las nacionalidades Tetete y Zaparo, manteniéndose el peligro para
los demás pueblos indígenas.
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Por ello la dirigencia indígena ha realizado propuestas alternativas
de desarrollo que combinan la sabiduría milenaria y los conocimientos
occidentales para lograr la armonía en la sociedad ecuatoriana.
En la actualidad la CONAIE y su brazo político vienen trabajando
por construir un verdadero proyecto político de oposición
al esquema neoliberal del gobierno de Lucio Gutiérrez que, como
quedó anotado, traicionó a los indígenas que cifraron
su esperanza en él para impulsar un modelo de Estado nacionalista.
Gutiérrez terminó aliándose con la recalcitrante
ultra derecha ecuatoriana, pero enfrenta la presión y el poder
que ejercen los indígenas que pueden dar al traste con su gobierno
si se ahonda la crisis económica y social en el ecuador en los
meses venideros.
EL CONFLICTO MAPUCHE EN CHILE
Mientras en el resto de los países suramericanos se ha logrado
el reconocimiento político y jurídico de las comunidades
indígenas, en Chile y Uruguay las cosas son a otro precio.
En efecto, el Estado chileno persiste en negar el carácter de
pueblo indígena autónomo a los mapuche con lo cual se
ha generado una grave confrontación con visos de represión
y violación de derechos humanos.
El "conflicto mapuche" como se denomina en las esferas oficiales
de Chile no es más para algunos analistas que el conflicto de
los empresarios y del Estado para negarle a esta etnia su identidad
de pueblo, sus derechos ancestrales al territorio, sus garantías
y sus derechos políticos.
Esta pugna se ha acentuado en los últimos años debido
al empecinamiento del Estado por expandir el modelo aperturista de mercado
hacia el territorio indígena, lo que se ha manifestado en forma
por demás violenta en el caso de la jurisdicción mapuche
en el que las empresas forestales ocupan 1.5 millones de héctareas
al sur del Bío Bío, en su mayoría con plantaciones
de bosque exótico, sin consultar a las comunidades y en la mayoría
de los casos contra su voluntad, como en el caso de la central Hidroeléctrica
Ralco, que tuvo la oposición unánime de los residentes
en el área de inundación.
Los indígenas mapuche frente a estos atropellos han venido realizando
movilizaciones de tiempo atrás para exigir que se les respeten
sus derechos que hoy son ampliamente reconocidos en el ámbito
internacional, como la posibilidad de decidir sus prioridades en materia
de desarrollo, a ser consultados antes de iniciar proyectos de infraestructura,
a participar de los beneficios de esas actividades, a ser compensados
por los daños ecológicos y a no ser trasladados de sus
tierras, entre otros.
Estos derechos son reconocidos en la actualidad por 17 Estados de Latinoamérica
con sólo dos excepciones: Chile y Uruguay, como ya se anotó
anteriormente.
Esta circunstancia impide también que los indígenas en
Chile no puedan tener representación política ni en el
gobierno ni en el Congreso y, en consecuencia, no tienen voceros que
aboguen por reformas políticas y sociales que les sean favorables.
La única alternativa que les queda a los mapuche es la desobediencia
civil y el desconocimiento institucional, a lo cual el Estado responde
con medidas militares y criminalizando su protesta a través de
una draconiana Ley Antiterrorista.
En este caso se puede afirmar que en Chile el Estado está violando
flagrantemente los derechos humanos al generar, mediante represión,
un clima de violencia al no abocar la situación social y política
de los mapuche, pues se niega a integrar a esta comunidad indígena
a la sociedad y al Estado, cuando la tendencia contemporánea
es reconocer la pluralidad multiétnica de los pueblos.
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