ESE RARO GORDO BONACHÓN

POR JAIME BAYLY

Era el invierno del 2002 en Key Biscayne. Yo vivía en una casa en la calle Caribbean. Pasaba la noche escribiendo. Cuando me daba hambre, subía a la bicicleta y pedaleaba hasta el Seven Eleven.

Una noche, bajando de la bicicleta en el Seven Eleven, un hombre alto y obeso me dijo:
--¿Por qué ya no te veo en televisión?

Le conté que me había retirado de la televisión de Miami, dado que mi último programa había sido cancelado.

El hombre apretó un botón que desactivó la alarma de su Mercedes del año, deportivo, color gris. Luego me preguntó dónde vivía.


Guido Antonini


--En Caribbean road --le dije.

--Yo tengo un hotel al lado del Sonesta --dijo.

--¿El Silver Sands? --pregunté.

--Es mío --dijo--. Te invito para que veas unas cabañas frente al mar que te pueden interesar.
Sacó su billetera y me dio su tarjeta.

--Llámame --dijo.

Luego subió a su auto. Miré la tarjeta. Decía: Guido Antonini.

Al día siguiente, lo llamé. Lo traté de Guido. Me dijo que pasaría a buscarme al final de la tarde.

Vino a buscarme en un auto distinto del que había usado la noche anterior. Era un Mercedes grande, azul oscuro.
Llegando al hotel, me condujo a su oficina. Se sentó y me dijo que ese hotel era de la familia de su mujer, pero que él lo administraba como si fuera suyo.

Poco después caminamos hasta las cabañas. Quedé horrorizado con la decoración.

--Son perfectas para escribir --mentí.

--Cuando quieras, puedes venir --dijo--. Para mí será un honor recibirte.
No quedó claro si el honor me exoneraba de pagar.

Al subir a su auto, me dijo que su mujer estaba ansiosa por conocerme. Vivía en el Grand Bay, con todos los lujos previsibles. Al pasar por la cocina, una empleada dijo que la señora estaba en la lavandería. En efecto, allí estaba. La señora Jacqueline era agradable y distinguida, aunque no necesariamente guapa. Me saludó con afecto distante, como quien saluda a alguien que inspira, a la vez, curiosidad y temor.

--No me pierdo tus programas --me dijo.

No sentí que estuviera ansiosa por conocerme. Sentí que estaba ansiosa por seguir ordenando la ropa con la maniática minuciosidad de una millonaria aburrida.

Guido me llevó a su biblioteca. Digo que era una biblioteca por que así la llamó él, no porque hubiese libros. Se sentó en su escritorio, me invitó agua mineral y se sirvió un whisky.

Por fin hablamos de política.

Me dijo que Chávez había instaurado un régimen autoritario y corrupto, que sus amigotes estaban haciéndose ricos, que no se podía hacer dinero a no ser que fueras socio del régimen. Me contó que era amigo de Carlos Andrés Pérez, que hablaban a menudo.
Se sirvió otro trago y dijo:

--Chávez no va a durar. Lo vamos a tumbar.

Le dije que eso sería difícil, dado que los militares lo apoyaban.

--Acuérdate de mí --insistió--. A Chávez lo tumbamos.

Pensé que estaba fanfarroneando.

Poco después me llevó a la cochera y me mostró su colección de autos de lujo: Hummers, Ferrarris, Lamborghinis, Mercedes.

--Cuando quieras, te presto uno de estos para que lleves a tus hijas a Orlando --me sorprendió.

Yo le había contado que en pocos días llegarían mis hijas y nos iríamos a Disney.

--Anda en la Hummer --insistió.

--¿Y si choco? --le dije.

--No pasa nada --dijo--. Todos están asegurados.

--Pero el seguro no te cubre si yo manejo --dije.

--No vas a chocar --dijo--. Y si chocas, decimos que yo estaba manejando.

Tras esa exhibición de su riqueza, Guido me llevó a casa.

--Llámame cuando lleguen tus hijas --me dijo.

Una semana después, mis hijas llegaron y les conté que había conocido a un extraño magnate venezolano que me había enseñado su colección de autos de lujo y me había ofrecido uno de ellos para ir a Disney.

--No voy a llamarlo --dije.

--¡Estás loco! --me dijeron--. ¡Llámalo!

A pesar de mis temores, lo llamé. No contestó. Dejé un mensaje. No llamó de vuelta. Llamé dos más. Dejé mensajes. No llamó.

Unos meses después, en abril, leí que le habían dado un golpe a Chávez. Me acordé de Guido, de sus enfáticas palabras:

--Chávez no va a durar. Lo vamos a tumbar.

Lo llamé para preguntarle qué estaba pasando en Caracas. No contestó.

No volví a verlo hasta una mañana, años después, en que abrí un periódico en Buenos Aires y vi la foto de ese raro gordo bonachón, acusado de ser ''el hombre de la valija'', el misterioso pasajero que llegó en un vuelo privado desde Caracas y quiso introducir ilegalmente un maletín con ochocientos mil dólares en efectivo.

Lo primero que pensé fue: Suerte que no me prestó su Hummer para ir a Disney.

Lo siguiente que me dije fue: ¿Pero este gordo no estaba conspirando contra Chávez?

Luego me imaginé a su esposa ordenando minuciosamente la ropa en la lavandería del apartamento de lujo, odiándolo en silencio.