POR ALBERTO ABELLO
La encomienda es una fórmula o
institución que le permitió a la monarquía española
en esta región del Imperio y en otras, manejar grandes extensiones
de terreno y, como su nombre lo indica, encomendar a los trabajadores
indígenas al encomendero. Como tal tiene críticos y defensores,
pocos dudan de su efectividad.
La Corona hizo estudios serios y se llegó a fórmulas
muy adelantadas para su tiempo, como señalar las horas de trabajo
que debían cumplir los indígenas, no superiores a ocho,
lo mismo que no se les podía trasladar para efectos del trabajo
sino hasta unas pocas leguas, además de que se les debía
cristianizar y cuidar de su bienestar y salud.
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Andres Felipe Arias,
Minagricultura de Colombia
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Visto con la mentalidad de hoy parece excesivo e irregular, en tiempos
en donde el derecho de la victoria en la guerra daba para someter a
esclavitud al vencido, muestra como un adelanto humanitario lo que se
hizo, junto con la temprana abolición de la esclavitud del aborigen.
Cuando entre los mismos indígenas estos eran sometidos a la servidumbre
vencidos en combate, hasta el punto que los Incas imponían su
idioma entre los pueblos sometidos y si después de un tiempo
no lo aprendían el castigo era atroz.
Se reunía a la tribu para que observaran al infractor, al que,
amarrado, se le ponía en el suelo boca abajo, al tiempo que desde
calculada altura le lanzaban una pesada piedra que destruía su
columna vertebral, para morir lentamente.
Por iniciativa del ministro Andrés Felipe Arias vuelve la encomienda
envuelta en un gran escándalo y sin la humanitaria legislación
hispánica. Se entrega un territorio casi del tamaño de
El Salvador a unos latifundistas que hacen el negocio del siglo.
Para el aborigen la tierra cultivada por ciclos nómadas tenía
otro valor. Dentro del concepto de propiedad privada al estilo occidental,
cuando se ejercía el derecho de la espada y dominio, era plausible
la aparición del encomendero, es lo que se entiende como derecho
de guerra.
En la Colombia del siglo XXI resulta extravagante el renacimiento de
la encomienda por decisión ministerial, por lo que nadie sabe
a ciencia cierta qué asidero legal pueda tener tan audaz iniciativa.
Un terreno de 17.000 hectáreas se les entrega a cuatro familias,
incluida la del presidente de Fedepalma, lo que constituye por su extensión
y dominios una gigantesca encomienda.
Así se les anula a las cientos de familias víctimas de
la violencia la explotación de esos mismos terrenos, puesto que
el ministro Arias sostiene que es más rentable crear un eje agroindustrial.
Yo me pregunto si volver a la encomienda se concilia con un criterio
democrático, de justicia y de Estado de Derecho en el siglo XXI.
El Nuevo Siglo, Bogotá, 12 de febrero de 2008
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