INTRODUCCIÓN
Para la introducción del libro se tomó un texto desconocido
y censurado en su época del premio Nobel de Física, Albert
Einstein (1879-1955) que lleva por título ¿Por qué
Socialismo?, cuyo texto es el siguiente:
¿Debe quien no es experto en cuestiones
económicas y sociales opinar sobre el socialismo? Por una serie
de razones creo que sí.
Permítasenos primero considerar la cuestión desde el punto
de vista del conocimiento científico. Puede parecer que no haya
diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía
y la economía: los científicos en ambos campos procuran
descubrir leyes de aceptabilidad general para un grupo circunscrito
de fenómenos para hacer la interconexión de estos fenómenos
tan claramente comprensible como sea posible. Pero en realidad estas
diferencias metodológicas existen. El descubrimiento de leyes
generales en el campo de la economía es difícil porque
la observación de fenómenos económicos es afectada
a menudo por muchos factores que son difícilmente evaluables
por separado. Además, la experiencia que se ha acumulado desde
el principio del llamado período civilizado de la historia humana
-como es bien sabido- ha sido influida y limitada en gran parte por
causas que no son de ninguna manera exclusivamente económicas
en su origen.
Por ejemplo, la mayoría de los grandes estados de la historia
debieron su existencia a la conquista. Los pueblos conquistadores se
establecieron, legal y económicamente, como la clase privilegiada
del país conquistado. Se aseguraron para sí mismos el
monopolio de la propiedad de la tierra y designaron un sacerdocio de
entre sus propias filas. Los sacerdotes, con el control de la educación,
hicieron de la división de la sociedad en clases una institución
permanente y crearon un sistema de valores por el cual la gente estaba
a partir de entonces, en gran medida de forma inconsciente, dirigida
en su comportamiento social.
Pero la tradición histórica es, como se dice, de ayer;
en ninguna parte hemos superado realmente lo que Thorstein Veblen llamó
"la fase depredadora" del desarrollo humano. Los hechos económicos
observables pertenecen a esa fase e incluso las leyes que podemos derivar
de ellos no son aplicables a otras fases. Puesto que el verdadero propósito
del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá
de la fase depredadora del desarrollo humano, la ciencia económica
en su estado actual puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista
del futuro.
En segundo lugar, el socialismo está guiado hacia un fin ético-social.
La ciencia, sin embargo, no puede establecer fines e, incluso menos,
inculcarlos en los seres humanos; la ciencia puede proveer los medios
con los que lograr ciertos fines. Pero los fines por sí mismos
son concebidos por personas con altos ideales éticos y -si estos
fines no son endebles, sino vitales y vigorosos- son adoptados y llevados
adelante por muchos seres humanos quienes, de forma semi-inconsciente,
determinan la evolución lenta de la sociedad.
Por estas razones, no debemos sobrestimar la ciencia y los métodos
científicos cuando se trata de problemas humanos; y no debemos
asumir que los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse
en las cuestiones que afectan a la organización de la sociedad.
Muchas voces han afirmado desde hace tiempo que la sociedad humana está
pasando por una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente dañada.
Es característico de tal situación que los individuos
se sienten indiferentes o incluso hostiles hacia el grupo, pequeño
o grande, al que pertenecen. Como ilustración, déjenme
recordar aquí una experiencia personal. Discutí recientemente
con un hombre inteligente y bien dispuesto la amenaza de otra guerra,
que en mi opinión pondría en peligro seriamente la existencia
de la humanidad, y subrayé que solamente una organización
supranacional ofrecería protección frente a ese peligro.
Frente a eso mi visitante, muy calmado y tranquilo, me dijo: "¿Por
qué se opone usted tan profundamente a la desaparición
de la raza humana?"
Estoy seguro de que hace tan solo un siglo nadie habría hecho
tan ligeramente una declaración de esta clase. Es la declaración
de un hombre que se ha esforzado inútilmente en lograr un equilibrio
interior y que tiene más o menos perdida la esperanza de conseguirlo.
Es la expresión de la soledad dolorosa y del aislamiento que
mucha gente está sufriendo en la actualidad. ¿Cuál
es la causa? ¿Hay una salida?
Es fácil plantear estas preguntas, pero difícil contestarlas
con seguridad. Debo intentarlo, sin embargo, lo mejor que pueda, aunque
soy muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y esfuerzos
son a menudo contradictorios y obscuros y que no pueden expresarse en
fórmulas fáciles y simples.
El hombre es, a la vez, un ser solitario y un ser social. Como ser solitario,
procura proteger su propia existencia y la de los que estén más
cercanos a él, para satisfacer sus deseos personales, y para
desarrollar sus capacidades naturales. Como ser social, intenta ganar
el reconocimiento y el afecto de sus compañeros humanos, para
compartir sus placeres, para confortarlos en sus dolores, y para mejorar
sus condiciones de vida.
Pero la personalidad que finalmente emerge está determinada en
gran parte por el ambiente en el cual un hombre se encuentra durante
su desarrollo, por la estructura de la sociedad en la que crece, por
la tradición de esa sociedad, y por su valoración de los
tipos particulares de comportamiento. El individuo puede pensar, sentirse,
esforzarse, y trabajar por sí mismo; pero él depende tanto
de la sociedad -en su existencia física, intelectual, y emocional-
que es imposible concebirlo, o entenderlo, fuera del marco de la sociedad.
Es la 'sociedad' la que provee al hombre de alimento, hogar, herramientas
de trabajo, lenguaje, formas de pensamiento, y la mayoría del
contenido de su pensamiento; su vida es posible por el trabajo y las
realizaciones de los muchos millones en el pasado y en el presente que
se ocultan detrás de la pequeña palabra 'sociedad'.
Es evidente, por lo tanto, que la dependencia del individuo de la sociedad
es un hecho que no puede ser suprimido exactamente como en el caso de
las hormigas y de las abejas. Sin embargo, mientras que la vida de las
hormigas y de las abejas está fijada con rigidez en el más
pequeño detalle, los instintos hereditarios, el patrón
social y las correlaciones de los seres humanos son muy susceptibles
de cambio. La memoria, la capacidad de hacer combinaciones, el regalo
de la comunicación oral han hecho posible progresos entre los
seres humanos. Eso explica que, en cierto sentido, el hombre puede influir
en su vida y que puede jugar un papel en este proceso el pensamiento
consciente y los deseos.
El hombre adquiere en el nacimiento, de forma hereditaria, una constitución
biológica que debemos considerar fija e inalterable, incluyendo
los impulsos naturales que son característicos de la especie
humana. Además, durante su vida, adquiere una constitución
cultural que adopta de la sociedad con la comunicación y a través
de muchas otras clases de influencia. Es esta constitución cultural
la que, con el paso del tiempo, puede cambiar y la que determina en
un grado muy importante la relación entre el individuo y la sociedad,
que el comportamiento social de seres humanos puede diferenciar grandemente,
dependiendo de patrones culturales que prevalecen y de los tipos de
organización que predominan en la sociedad. Es en esto en lo
que los que se están esforzando en mejorar la suerte del hombre
pueden basar sus esperanzas: los seres humanos no están condenados,
por su constitución biológica, a aniquilarse o a estar
a la merced de un destino cruel, infligido por ellos mismos.
Es solo una leve exageración decir que la humanidad ahora constituye
incluso una comunidad planetaria de producción y consumo. Ahora
he alcanzado el punto donde puedo indicar brevemente lo que para mí
constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo. Se refiere a la
relación del individuo con la sociedad. El individuo es más
consciente que nunca de su dependencia de sociedad. Pero él no
ve la dependencia como un hecho positivo, como un lazo orgánico,
como una fuerza protectora, sino como algo que amenaza sus derechos
naturales, o incluso su existencia económica. Por otra parte,
su posición en la sociedad es tal que sus pulsiones egoístas
se están acentuando constantemente, mientras que sus pulsiones
sociales, que son por naturaleza más débiles, se deterioran
progresivamente.
Todos los seres humanos, cualquiera que sea su posición en la
sociedad, están sufriendo este proceso de deterioro. El hombre
sólo puede encontrar sentido a su vida, corta y arriesgada como
es, dedicándose a la sociedad.
La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como
existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal. Vemos
ante nosotros a una comunidad enorme de productores que se están
esforzando incesantemente privándose de los frutos de su trabajo
colectivo -no por la fuerza, sino en general en conformidad fiel con
reglas legalmente establecidas. A este respecto, es importante señalar
que los medios de producción -es decir, la capacidad productiva
entera que es necesaria para producir bienes de consumo tanto como capital
adicional- puede legalmente ser, y en su mayor parte lo es, propiedad
privada de particulares.
Los propietarios de los medios de producción están en
posición de comprar la fuerza de trabajo del trabajador. Usando
los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes
que se convierten en propiedad del capitalista. El punto esencial en
este proceso es la relación entre lo que produce el trabajador
y lo que le es pagado, ambos medidos en valor real. En cuanto que el
contrato de trabajo es 'libre', lo que el trabajador recibe está
determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por
sus necesidades mínimas y por la demanda de los capitalistas
de fuerza de trabajo en relación con el número de trabajadores
compitiendo por trabajar. Es importante entender que incluso en teoría
el salario del trabajador no está determinado por el valor de
su producto.
El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido
a la competencia entre los capitalistas, y en parte porque el desarrollo
tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan
la formación de unidades de producción más grandes
a expensas de las más pequeñas. El resultado de este proceso
es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se
puede controlar con eficacia incluso en una sociedad organizada políticamente
de forma democrática. Esto es así porque los miembros
de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos,
financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas
privados quienes, para todos los propósitos prácticos,
separan al electorado de la legislatura.
La consecuencia es que los representantes del pueblo de hecho no protegen
suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la población.
Por otra parte, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados
inevitablemente controlan las fuentes principales de información
(prensa, radio, educación). Es así extremadamente difícil,
y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible,
para el ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer
un uso inteligente de sus derechos políticos.
Tomada en su conjunto, la economía actual no se diferencia mucho
de capitalismo 'puro'. La producción está orientada hacia
el beneficio, no hacia el uso. No está garantizado que todos
los que tienen capacidad y quieran trabajar puedan encontrar empleo;
existe casi siempre un 'ejército de parados'. El trabajador está
constantemente atemorizado con perder su trabajo. Desde que parados
y trabajadores mal pagados no proporcionan un mercado rentable, la producción
de los bienes de consumo está restringida, y la consecuencia
es una gran privación. El progreso tecnológico produce
con frecuencia más desempleo en vez de facilitar la carga del
trabajo para todos. La motivación del beneficio, conjuntamente
con la competencia entre capitalistas, es responsable de una inestabilidad
en la acumulación y en la utilización del capital que
conduce a depresiones cada vez más severas. La competencia ilimitada
conduce a un desperdicio enorme de trabajo, y a esa amputación
de la conciencia social de los individuos que mencioné antes.
Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo.
Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se inculca una actitud
competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para adorar el
éxito codicioso como preparación para su carrera futura.
Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos
graves males: el establecimiento de una economía socialista,
acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales.
En una economía así, los medios de producción son
poseídos por la sociedad y utilizados de una forma planificada.
Una economía planificada que ajuste la producción a las
necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a realizar
entre todos los capacitados para trabajar y garantizaría un sustento
a cada hombre, mujer, y niño. La educación del individuo,
además de promover sus propias capacidades naturales, procuraría
desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para sus compañeros-hombres
en lugar de la glorificación del poder y del éxito que
se da en nuestra sociedad actual.
Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada
no es todavía socialismo. Una economía planificada puede
estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. La
realización del socialismo requiere solucionar algunos problemas
sociopolíticos extremadamente difíciles:
¿Cómo es posible, con una centralización de gran
envergadura de poder político y económico, evitar que
la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante?
¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo
y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de
la burocracia?
Nueva York, mayo de 1949.
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