Para el presidente venezolano, pese a la aparente inutilidad de las
cumbres, es claro que el poder de convocar cada año a todos los
jefes de Estado y de Gobierno de América Latina les proporciona
a los españoles una evidente influencia con la que pueden ejercer
presión en importantes escenarios internacionales, y movilizar
apoyos que a los Estados Unidos les resultaría difícil
lograr. No son pocos los que creen que España pudo influir, por
esta vía, en la decisión de los países centroamericanos
para apoyar la acción estadounidense en Irak.
La actitud de Chávez en la Cumbre de Santiago no fue improvisada,
ni solitaria. En los cuestionamientos a la actitud de los empresarios
españoles tuvo la compañía del presidente Kirchner.
Y en su posterior ataque a la que consideró "actitud complaciente"
del gobierno y el Estado español con el golpe de Estado de abril
del 2002, recibió el apoyo explícito de Nicaragua y contó
con el silencio estratégico de otros países como México,
que no movió un dedo para defender a sus colegas españoles,
o Brasil, que asumió un férreo apoyo a Chávez.
Pero los hechos tampoco ayudaban a las autoridades españolas.
Al tiempo que el Rey de España y el Presidente de Venezuela se
enfrentaban, los diarios advertían cómo el gobierno español
reconocía que, en los últimos años, autorizó
a cerca de 50 aviones de E.U. (en su mayoría militares) para
que cruzaran su espacio aéreo "con destino o procedentes
de la base de Guantánamo (Cuba)". Y mientras Zapatero anunciaba
en la Cumbre un aporte de mil millones de euros para inversión
en acueductos, los informes empresariales mostraban cómo el crecimiento
del mercado latinoamericano le había permitido a una sola empresa
(Telefónica) llegar a los 126,5 millones de clientes en la región,
lo que debió contribuir a que obtuviera una utilidad récord
de 7.848 millones de euros en el 2007, un 51 por ciento más que
en el mismo período de 2006.
La decisión de "hacer un examen cuidadoso de las inversiones
españolas", además de ser un duro mensaje para los
aliados de Estados Unidos, revela hasta dónde está dispuesto
a ir Chávez para contener el liderazgo español del bloque
iberoamericano. Primero, suspendió la compra de aviones a España
por llevar motores estadounidenses. Luego, atajó la adquisición
de patrulleras y navíos de guerra que venía negociando
con el gobierno español. Y ahora amenaza a los cerca de dos mil
millones de euros que han invertido los españoles desde el 2001
en la industria del petróleo, petroquímica, obras públicas
y minería; la industria editorial, la alimenticia, equipos ferroviarios,
el sector turístico y la banca.
"No es imprescindible para nosotros la inversión española
en Venezuela", ha dicho Chávez. Ya debe tener ofertas de
inversionistas de China, Irán o Rusia, interesados en sustituir
las inversiones españolas, lo que consolidaría todavía
más la presencia de un poderoso bloque anti-Estados Unidos, a
unos pocos kilómetros de Miami.
Exigir al Rey que se retracte ya no es más que una formalidad.
En lo sustantivo, Chávez y sus aliados, visibles e invisibles
en la región, hicieron saber que el liderazgo español
estaría llegando a su fin y que las próximas cumbres iberoamericanas
(si las hay) serán a otro precio.
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