Mal que le pese a la derecha ideológica y política, el
capitalismo actual ha ratificado, con su evolución de los últimos
treinta años, la validez de la teoría marxista. Podría
decirse sin un ápice de exageración que el mundo hoy es
mucho más "marxista" que el que existía en los
tiempos de Marx. En mi Tras el Búho de Minerva creo haber demostrado
que el Manifiesto Comunista lejos de envejecer se convirtió en
una pieza de interpretación mucho más actual en el mundo
de hoy, cuando las tendencias allí avizoradas por Marx y Engels:
polarización social, concentración monopólica,
intensificación de la explotación de clase, todavía
no se habían consolidado con la fuerza que adquirieron luego
de la contrarrevolución neoliberal desencadenada desde finales
de los años setenta del siglo pasado. Y si al marxismo se le
"da la espalda" es sencillamente porque se trata de un pensamiento
demasiado corrosivo del orden burgués que debe ser acallado o
"ninguneado" apelando a cualquier clase de artimañas
o descalificaciones.
Pero las transformaciones recientes del capitalismo y la exacerbación
de su naturaleza esencial e incorregiblemente predatoria, misma que
convierte a los seres humanos y a la naturaleza en simples mercancías
que es preciso explotar atendiendo exclusivamente al criterio de su
rentabilidad, le otorga al marxismo una actualidad y una vigencia que
confirma una vez más lo que en su momento dijera Jean-Paul Sartre
al calificarlo como el "indispensable (y, agregaríamos,
irreemplazable) horizonte crítico de nuestro tiempo."
Por cierto que los problemas y las deformaciones experimentadas por
la Revolución Rusa, cuyo inglorioso final sigue asombrando al
mundo, han favorecido los planes de las usinas ideológicas del
neoliberalismo. Pero pensar que su derrumbe probaría el carácter
equivocado de las tesis de Marx sobre la naturaleza del orden social
capitalista, o la inutilidad de pensar en el socialismo como alternativa,
constituye una aberración no sólo epistemológica
sino también teórica.
Claro que nada de esto es gratuito porque la incesante ofensiva en contra
de Marx y el marxismo tiene una inocultable función política
conservadora. Además, como socarronamente lo comentara en su
momento Thomas Hobbes en relación a ciertos debates de la Inglaterra
del siglo XVII, ¿cómo pelearse con tanto ardor contra
un cadáver? El vigor de la campaña sistemática
de desacreditación del marxismo es la mejor prueba de su vitalidad.
Que una parte de lo que Ud. llama "izquierda occidental",
que en realidad dejó de ser izquierda hace mucho tiempo, esté
empecinada en obtener la aprobación de las clases dominantes
y en pos de tal reconocimiento persista en celebrar las exequias del
marxismo nada dice acerca de su validez como teoría o como instrumento
de transformación del mundo. Mucho nos dice, en cambio, de la
eficacia de los mecanismos de cooptación del poder burgués.
En cuanto a la derecha no le queda otro remedio que proclamar incesantemente
la muerte del marxismo. Sólo que su penosa decadencia intelectual,
ilustrada con elocuencia por el descenso vertiginoso en la calidad de
su argumentación cuando se compara la producción de Friedrich
von Hayek o Karl Popper en los años de la posguerra con los libros
que perpetran autores como Carlos Montaner, Apuleyo Mendoza, y Álvaro
Vargas Llosa, para mencionar algunos de los más conocidos, le
priva a su crítica de gran parte de su eficacia persuasiva.
Hacen más daño, en cambio, la legión de los "conversos"
y "arrepentidos", ex-marxistas que vieron las luces de la
razón y el relumbre de las monedas con que el capital recompensa
a los que saben arrepentirse a tiempo. Pero mientras el capitalismo,
fiel a su naturaleza, siga produciendo cada vez más miseria,
opresión, explotación, degradando el medioambiente y vaciando
nuestras incipientes democracias, la vigencia del marxismo no hará
otra cosa que acentuarse día tras día.
La teoría marxista, tal como usted mismo lo referencia en
La Teoría Marxista hoy, sentencia "que las contradicciones
que se agitan en el seno del sistema capitalista provocarán,
tarde o temprano, su ocaso definitivo". Variantes más, variante
menos ¿no cree que al capitalismo aún le queda un largo
camino para seguir reciclándose?
Mi afirmación en uno de los capítulos del libro se limita
simplemente a constatar la inviabilidad de un modo de producción
que se basa en la conversión de la vida -seres humanos y la naturaleza
en general- en mercancías que deben ser transadas en el mercado
y atendiendo exclusivamente a su rentabilidad.
Un sistema de ese tipo, en el cual el cálculo de la utilidad
económica excluye cualquier consideración de tipo ético
o toda referencia a un principio de justicia social, está inexorablemente
condenado a perecer.
La súbita instalación del tema del "cambio climático"
en los medios oficiales, y aún en los más recalcitrantemente
conservadores como el gobierno de los Estados Unidos, demuestra claramente
que el sistema comienza a tropezar con unos límites que habían
sido neciamente ignorados por décadas. Ahora ya no más.
El otro límite, el social, también aparece cada vez con
más fuerza cuando se observa el holocausto social a escala planetaria
que está produciendo el capitalismo en los últimos años,
pero allí los mecanismos de manipulación y control ideológico
y político de las clases dominantes le permiten todavía
disfrutar de un margen de maniobra que el medio ambiente no les permite.
Por lo tanto, estamos hablando de procesos de largo plazo y no cabe
duda que, como usted dice, el capitalismo seguirá reproduciéndose
como la hidra de la mitología griega. Pero: ¿podemos razonablemente
suponer que este proceso será infinito y eterno?
Si nos remitimos a la historia del pensamiento político nos daremos
cuenta de la ingenuidad de tal pretensión, que reaparece periódicamente
en todos los tipos históricos de sociedad.
El orden feudal también reclamó para sí el don
de la eternidad, pero ni siquiera con la ayuda de la Iglesia que le
otorgaba a las jerarquías mundanas el sello de la divinidad pudo
coronar exitosamente su empeño. Rousseau, conciente de la transitoriedad
intrínseca de todas las formaciones sociales, se preguntaba en
El Contrato Social: "Si Roma y Esparta perecieron, ¿que
estado puede aspirar a perdurar para siempre?" Desnudaba, con esa
pregunta, la futilidad y estupidez de la exigencia del capitalismo de
ser reconocido como la estación final de la historia.
¡Existió el movimiento pero ya nunca más existirá!
¡Hubo historia pero ya no la habrá, porque Fukuyama proclamó
su fin! Pero, tonterías y absurdos como esos -como negar por
milenios la redondez de la tierra, por ejemplo, pese a contemplar a
diario las esferas de la Luna y el Sol- no se evaporan ante las luces
de la razón porque son altamente funcionales para el sostenimiento
de un orden irreparablemente injusto y sus beneficiarios no se amilanan
ante la contundencia de los argumentos que prueban lo contrario.
Por último, conviene recordar que la descomposición del
orden medieval fue muy prolongada y la aparición del capitalismo
fue un proceso que se extendió a lo largo de varios siglos. Hoy
la historia se ha acelerado, pero esto no autoriza a pensar en la inminencia
del derrumbe capitalista. Por eso, como observaba correctamente Engels,
siempre es preciso evitar convertir la impaciencia que se desprende
de la finitud de nuestras biografías en un argumento teórico.
No olvidemos que el capitalismo se estableció y triunfó
luego de varios intentos fallidos que insumieron varios siglos : apareció
por primera vez en las ciudades de la Liga Hanseática hasta su
decadencia; renació más tarde en Italia pero, sofocado
una vez más, habría de resurgir exitosamente en el Norte
de Europa para, luego de siglos de durísima sobrevivencia, comenzar
a expandirse por todo el globo terráqueo, en un proceso que se
completaría recién a finales del siglo veinte.
Atendiendo a estas lecciones de la historia, ¿por qué
suponer que el socialismo y el comunismo habrían de imponerse
en su primera tentativa histórica, fechada en Octubre del 1917
en Rusia, y en el plazo de una o dos generaciones? ¿Por qué
no pensar, en cambio, que estamos ante un proceso de larga duración
que desde 1917 ha registrado importantísimos avances -y algunos
catastróficos retrocesos- pese a los cuales aún estamos
situados en un punto más adelantado que aquél en que la
humanidad se encontraba en vísperas de la Revolución Rusa?
La dialéctica es por esencia "crítica y revolucionaria."
"Sin pensamiento dialéctico no hay pensamiento crítico"
afirma usted en el libro. Sin embargo, ¿por qué razón
cree usted que los partidos o dirigencias autoproclamadas de izquierda,
suelen basar su praxis en criterios dogmáticos, sectarios y verticalistas,
donde la libertad de expresión, participación o disidencia
muchas veces se ven limitados? ¿Cuánto de contradicción
existe entre la teoría Marxista y las experiencias concretas
de la izquierda?
Antes que nada se impone una aclaración. El carácter "crítico
y revolucionario" de la dialéctica -en su versión
materialista, no en la mistificación que sufre a manos del idealismo-
radica en su señalamiento del carácter contradictorio
del proceso histórico y en el cual el conflicto social es omnipresente.
A diferencia de las visiones del organicismo medieval: la sociedad como
un cuerpo perfectamente integrado y carente de conflictos, salvo por
una perversión diabólica; o de la perspectiva liberal,
que predicaba la "armonía natural de intereses" garantizada
por la mano invisible del mercado, en la dialéctica materialista
la sociedad es concebida como un campo agonal en donde se desenvuelven
incesantemente toda clase de luchas que desafían la complaciente
visión de los apologistas del sistema.
Por otra parte, la dialéctica "en su figura racional",
como decía Marx contraponiéndola a su versión hegeliana,
plantea que todo lo que existe contiene en su seno las semillas de su
propia negación, abriendo de este modo paso a una teorización
sobre la revolución como resultante de las contradicciones internas
de un orden social y no como una aberrante patología desencadenada
por quién sabe que clase de anomalías. Por último,
la dialéctica concibe a toda institución o formación
social como necesariamente provisoria o fugaz, negando de raíz
cualquier pretensión de "naturalidad" o "eternidad"
que le adjudiquen sus representantes.
Es precisamente porque consagra la transitoriedad de todo lo existente
que, tal como lo recuerda Marx, la dialéctica se convierte, "en
su figura racional", en motivo de escándalo y abominación
para la burguesía. Y es por eso que autores que, pese a sus bellas
intenciones, construyeron un modelo teórico congruente con las
necesidades del imperialismo, como la conocida teorización de
Hardt y Negri sobre el "imperio", no ahorran críticas
y burlas a la hora de referirse a la dialéctica. Confirman de
este modo, y por enésima vez, que sin pensamiento dialéctico
no hay pensamiento crítico.
Volviendo ahora a su pregunta sobre las izquierdas y el sectarismo yo
diría que, antes que nada, es preciso no generalizar. Hay izquierdas
e izquierdas y, además, demasiadas "pseudo-izquierdas"
como la tristemente célebre "centro-izquierda" latinoamericana,
en realidad una vertiente un poco más diluida del neoliberalismo.
Para aclarar un poco más las cosas: Lula, Bachelet, Vázquez
y Kirchner no representan gobiernos de izquierda, más allá
de que su retórica, o sus gestos, por momentos apelen a esta
tradición política. Pero así como uno no considera
a una persona por lo que dice de sí misma sino por lo que hace,
en la caracterización de estos gobiernos un observador debe guiarse
por sus comportamientos concretos, por las políticas que proponen
y por las que dejan de impulsar, y no hacerlo por sus discursos o por
su retórica. Gobiernos que permanecen indiferentes ante la injusticia
social que agobia nuestras sociedades no pueden bajo ningún punto
de vista ser considerados como de izquierda.
Dicho esto yo diría que no es sorprendente que a menudo se compruebe
una cierta contradicción entre la teoría marxista y las
experiencias concretas de algunas organizaciones de izquierda. Si existe
en el seno de la Iglesia Católica, sin ir más lejos, como
se constata al observar el hiato insalvable que hay entre el mensaje
radical y revolucionario de Cristo -el hijo de un humilde carpintero
en un pueblo sometido al imperio romano y que, en ese tiempo, predicó
nada menos que la igualdad radical de hombres y mujeres- y la práctica
burocrática e imperial de la jerarquía eclesiástica,
¿por qué las fuerzas de la izquierda deberían estar
inmunizadas contra esta contradicción entre su doctrina y su
praxis?
Claro está que esta comparación en modo alguno justifica
la existencia de este tipo de incoherencia. No debería ocurrir,
pero ocurre y más a menudo de lo que pensamos. Y cuando ocurre
los resultados son desastrosos. El sectarismo y la clausura del debate
son aberraciones injustificables que no sólo desvirtúan
la identidad de la izquierda sino que también confirman el alejamiento
de esas fuerzas políticas de las masas que dicen representar.
Aisladas del campo popular tienden a convertirse en sectas fundamentalistas,
esterilizadas como eventuales agentes de un cambio revolucionario, impotentes
políticamente y, por consiguiente, refractarias ante cualquier
tentativa de abrir un debate interno. Rosa Luxemburg percibió
con inusual claridad este peligro y exhortó a sus camaradas de
la Liga Espartaco a combatir con firmeza esas tendencias autodestructivas
de la izquierda.
Ni secta milenarista, su mirada exclusivamente posada en "el día
final" de la revolución y alejada del sentir cotidiano de
las masas; ni burocracia seguidista de los impulsos más elementales
de aquellas, modelados casi sin contrapesos por la ideología
dominante. Va de suyo que una cabal interpretación de estas distorsiones
exige siempre referirse a las condiciones históricas concretas
en las que deben actuar las fuerzas de izquierda, la naturaleza de los
actores y las organizaciones políticas involucradas, la calidad
de sus grupos dirigentes, las coyunturas en la cual esas desviaciones
se producen, el estado de ánimo de las masas y tantas otras cosas.
En suma, no hay una respuesta posible desde la teoría.
¿Cuáles son los principales errores que han cometido
los partidos tradicionales de izquierda en nuestro país, para
que "el divorcio estructural entre el marxismo y la práctica
política" sean tan grandes?
Creo que sería demasiado largo inventariar estos errores. Pero
además creo que sería injusto ceñirnos tan sólo
a ellos; para actuar con equidad deberíamos reseñar no
sólo sus errores sino también su abnegación militante,
su combatividad y su heroísmo en los años de plomo de
las dictaduras. Por otra parte, mal podría yo obrar de juez de
la izquierda argentina dado que, como intelectual marxista, me cabe
asimismo una cuota de responsabilidad por su tragedia y sus fracasos.
Hecha esta aclaración yo comenzaría diciendo que la formación
social argentina planteó a las fuerzas de izquierda enormes desafíos
a lo largo del siglo veinte. En sus primeras décadas, porque
la vigorosa protesta social de anarquistas y socialistas fue progresivamente
metabolizada por el dinamismo de la economía agro-exportadora
que modificaba incesantemente el perfil de la estructura de clases abriendo
inéditos cauces a la movilidad social ascendente, todo lo cual
socavaba las bases electorales de las fuerzas de izquierda a la vez
que mellaba el filo ideológico de sus críticas al sistema..
El advenimiento del peronismo no hizo sino complicar las cosas porque
los partidos de izquierda, fuertemente condicionados por la lucha anti-fascista
y los alineamientos de la Segunda Guerra Mundial- no supieron identificar
su especificidad y su significación histórica: lo confundieron
torpemente con el fascismo y lo combatieron de la mano de los sectores
más reaccionarios de la sociedad argentina.
El resultado no podía ser otra cosa que un radical divorcio entre
pueblo e izquierda, a consecuencia del cual se produjo una especie de
"inmunización" de los sectores populares ante el mensaje
de la izquierda socialista y comunista. Esta lamentable situación
se acentuó aún más con el imperdonable silencio
de la izquierda durante el criminal bombardeo de Plaza de Mayo en vísperas
de la caída del peronismo, su apoyo al golpe militar del 1955
y su participación en el gobierno de la mal llamada "revolución
libertadora". En los años setentas varios sectores de la
izquierda se lanzaron a la lucha armada desde posturas vanguardistas,
desvinculadas de la dinámica de masas y de las condiciones concretas
de existencia de las clases populares.
En los ochentas, con la restauración de la incipiente democracia
política la izquierda se presenta, hasta hoy, como un archipiélago
de pequeñas agrupaciones cuyas eternas rencillas y permanente
desunión no le permiten constituirse como una genuina opción
ante la insoportable "alternancia sin alternativas" que este
país padece desde mediados de los años ochentas, cuando
el alfonsinismo abandonó su proyecto originario y se entregó
mansamente a las fuerzas del mercado.
Este proceso, que se agudizó hasta el paroxismo durante el menemismo,
persiste hasta nuestros días, si bien con ligeras variantes.
Es difícil para cualquier observador medianamente avisado no
advertir los importantes elementos de continuidad existentes entre la
refundación reaccionaria del capitalismo argentino realizada
por Menem y las políticas neoliberales que siguen siendo implementadas
por el gobierno de Kirchner: no se revisaron las fraudulentas privatizaciones
llevadas a cabo en los años noventa, que no sólo se apoderaron
del patrimonio de los argentinos sino que esquilman diariamente a los
consumidores; persiste la desregulación de los mercados que establece
la ley del más fuerte; no se detiene el progresivo languidecimiento
del estado y sus agencias de regulación y control, favoreciendo
el accionar de los oligopolios y las transnacionales; persiste una escandalosa
regresividad tributaria, que premia a los grandes capitales y a la especulación
financiera y castiga a los más pobres; se insiste en el absurdo
mantenimiento de un superávit fiscal tanto o más elevado
que el exigido por el FMI y en la acumulación de reservas en
las arcas del Banco Central mientras se derrumban la educación
y la salud públicas, los haberes jubilatorios continúan
en niveles misérrimos y la infraestructura del país se
cae en pedazos; y el estado hace gala de una sorprendente pasividad
ante la creciente concentración de la riqueza y el agravamiento
de la crisis social, con niveles de pobreza que apenas si disminuyeron
marginalmente luego de más de cuatro años de elevadísimas
tasas de crecimiento de la economía.
Lo grave del caso es que durante todo este período histórico,
en donde maduraron "condiciones objetivas" para producir una
radical modificación en la correlación de fuerzas entre
izquierda y derecha, la primera se demostró incapaz de concretar
siquiera una unidad táctica que le permitiera enfrentar con algunas
chances de éxito a sus enemigos más poderosos.
Una "unidad en la diversidad" que no suprimiese las diferencias
sino que se nutriera de ellas y creciera a partir de ellas. Esto fue
lo que los compañeros del Frente Amplio/Encuentro Progresista
supieron hacer en el Uruguay, o los del PT en el Brasil, con independencia
de la posterior capitulación de los gobiernos surgidos en su
nombre.
Ni siquiera la larga "muerte anunciada" de la Convertibilidad
y la violenta irrupción de las masas que en Diciembre del 2001
ocasionara el estrepitoso derrumbe del gobierno de De la Rúa
pudo acabar con estas tendencias hacia la fragmentación, la atomización
y la inoperancia política, con lo que la izquierda desaprovechó
una magnífica oportunidad para poner fin al primado del neoliberalismo
en la Argentina. La pertinaz supervivencia del espíritu de secta
ha prevalecido tanto como la comodidad que otorga el saber que se está
lejos, muy lejos del poder y que, por lo tanto, la organización
puede desentenderse de las consecuencias de sus propios actos, de su
patética inoperancia en una excepcional coyuntura cargada de
posibilidades emancipatorias.
Tengo para mí la impresión, además, que a nuestras
fuerzas de izquierda les interesa menos conquistar el poder que marcar
con precisión todo aquello que las diferencia entre sí
en su afán por brindar un irrefutable testimonio de su pureza
doctrinaria en un mundo superpoblado no sólo por los operadores
de la derecha sino también por los que, con suma ligereza, se
califica como traidores o cómplices de la dictadura del capital.
Obsesionadas por la concreción de la demorada revolución
-cuya inminencia se ha anunciado tantas veces que ya nadie escucha-
se les escapa la laboriosa tarea de organizar pacientemente a las masas
populares y colaborar en la maduración de su conciencia crítica.
Sólo eso podrá cambiar nuestra historia, pero hasta ahora
los esfuerzos en esta dirección han sido intermitentes e insuficientes.
¿Qué opinión le merece la enorme carencia de
contenido teórico y hasta ideológico que ostentan las
distintas opciones electorales actuales?
Negativa, por supuesto. Refleja el vaciamiento de la política
y la victoria ideológica del neoliberalismo que ha reducido aquélla
a la condición de una técnica en donde no entran consideraciones
de tipo ético u opciones valóricas. En lugar de la política
con sus debates acerca de proyectos y utopías -recordando que
son éstas las que mueven la historia y las que, en la bella metáfora
de Eduardo Galeano, aparecen como un horizonte hacia el cual avanzamos
y que nunca alcanzamos, pero nos hace avanzar- lo que existe es un aburrido
y desmoralizante consenso que, a veces de modo explícito y otras
de manera implícita, dice que el modelo neoliberal debe preservarse.
Ante este cuadro, las elecciones se convierten en un costoso simulacro
democrático, una tediosa espera sin esperanzas.
Ahora bien: este consenso conservador del cual se nutren las fuerzas
políticas mayoritarias nada tiene de técnico. Pese a que
se proclame "no-político" es político hasta
la médula. Refleja, el vigor de las clases dominantes que siendo
las grandes beneficiarias de la restructuración neoliberal observan
complacidas como la dirigencia política discute con ardor sobre
minucias y personalidades, preservando cuidadosamente en la sombra y
fuera del alcance del público, el examen de las causas de nuestro
malestar social.
La política se convierte así en un ejercicio de marketing:
vender una idea, lo más simple posible; instalar una cara, a
lo máximo un rústico pero efectista slogan y punto, abstenerse
de formular cualquier opinión que se aleje siquiera mínimamente
del "centro político", metafísico lugar definido
por los ideólogos del imperio y sus aliados y que no se halla
en ningún centro sino bien a la derecha del espectro ideológico,
como lo prueban hasta el cansancio los casos de Chile, Brasil, Uruguay,
Argentina y tantos otros más.
Por supuesto, es una saludable muestra de madurez que nuestro pueblo
no se entusiasme en lo más mínimo con este espectáculo
pseudo-democrático, y que para aportar algo de "calor popular"
a los actos y concentraciones haya que apelar a las conocidas maquinarias
clientelísticas. ¿Quién, si no, podría interesarse
por tomar parte en algo tan insulso e inoperante como eso que pomposamente
se denomina "competencia partidaria"? ¿Competencia
para qué? ¿Para elegir cuáles serán las
personas y grupos dispuestos a reproducir las políticas que nos
agobian, que nos frustran como nación y que dan origen a una
sociedad cuya injusticia crece a diario? ¿A quién podría
importarle una política como la actual, castrada de toda potencialidad
emancipatoria?
Por otro lado, sin romper con las estructuras capitalistas vigentes,
y desde sus propias reglas de juego, en América Latina rebrota
la izquierda: Chile, Bolivia, Ecuador, Venezuela, etc. ¿En qué
medida estos movimientos y partidos políticos, con sus variados
matices, refutan la supuesta muerte del marxismo?
Lo hacen, y de manera muy clara. Cuba sobreviviendo a medio siglo de
bloqueo económico y político y, sin embargo, teniendo
capacidad para ofrecer a su población niveles de educación,
salud, seguridad social, recreación y vida cultural sin parangón
en América Latina y, en algunos rubros, superior incluso a los
que exhiben algunas sociedades desarrolladas. Países como Argentina,
Brasil, Colombia, Chile, México, que no han sufrido bloqueos
ni interminables agresiones económicas y políticas no
pueden siquiera compararse en materia de indicadores sociales con los
que exhibe la Revolución Cubana.
Venezuela está buscando, al igual que Bolivia y Ecuador, su camino
propio hacia el pos-neoliberalismo. Porque, es preciso recordarlo una
vez más: no hay modelo por imitar. Cada caso es absolutamente
original, una construcción genuina de un pueblo cuyo éxito
dependerá de su capacidad, de su coraje y de su inventiva.
El "socialismo del siglo veintiuno" de Chávez apunta
en esa dirección. Y recoge las enseñanzas de Simón
Rodríguez, maestro del otro Simón, Bolívar, cuando
con notable intuición dijera a sus contemporáneos: "o
inventamos o erramos". De eso se trata, de inventar.
Esto está haciendo Chávez en Venezuela, y también
Evo en Bolivia, en medio de enormes dificultades y obstáculos,
como las que enfrentan todos estos procesos emancipatorios. Es lo que
también se está tratando de hacer en Ecuador Y lo que
está en ciernes en otros países. Vale aquí tener
en cuenta la lúcida observación de Mariátegui cuando
dijera que "entre nosotros el socialismo no puede ser calco y copia
sino creación heroica de nuestros pueblos". Creación
heroica que encuentra en el marxismo su fuente más importante
de inspiración y que demuestra su singular vitalidad. Parafraseando
a Mark Twain podría decirse que las noticias de la muerte del
marxismo han sido un poco prematuras.
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