POR EMIR SADER
Gobernar ya fue definido como "hacer
carreteras". Aunque recientemente, gobernar parece ser "vender".
Esta comprensión tuvo Woodrow Wilson cuando afirmaba, en vísperas
de decidir el ingreso de los Estados Unidos en la Primera Guerra, que
la "democracia de empresa" tendría que ser un instrumento
para "establecer un nuevo padrón de comercio que resultase
atrayente para los consumidores". Se diseñaba entonces el
proyecto de hegemonía estadounidense en el mundo, amalgamando
el arte de gobernar con el arte de vender.
Paralelamente se gestaba el fordismo, con sus modalidades de producción
en masa, hegemonizando los gustos:
"Dejen que vuestras mentes y vuestra imaginación recorran
el mundo entero e, inspirados por la idea de que son americanos y están
destinados a llevar la libertad y la justicia y los principios de la
humanidad a donde quiera que viajen, vayan y vendan aquellos productos
que harán del mundo un lugar más cómodo y más
feliz y convirtiéndolos a los principios de América".
No podría existir un enunciado más típico de la
modalidad imperial estadounidense, juntando el llamado "destino
manifiesto" con "la sociedad de consumo". También
se apoyaba en eso la visión de los Estados Unidos según
la cual la democracia reposaría en hábitos comunes. Extender
la democracia por el mundo representaría extender los estilos
de vida y de consumo norteamericanos, haciendo de ellos un modelo universal
de "progreso", de "bienestar " y de "tecnología".
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Emir Sader
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Al abordar el triunfo de la sociedad de consumo estadounidense sobre
la civilización europea, la ensayista Victoria de Grazia, en
su último libro "El imperio irresistible", habla del
ascenso del nuevo imperio como el de un "gran emporio", característico
del imperio del mercado. Cuyas fronteras sólo están limitadas
por la ambición insaciable de las grandes corporaciones, cuya
expansión promueve la conversión de tantos lugares - tan
diversos - al estilo de vida estadounidense. No había solamente
una vocación imperial y opresora desde el punto de vista económico,
político y militar sino también de los estilos de vida.
"Eficiencia", "progreso", "servicio" -
pasaron a ser su léxico fundamental. La derrota del Japón
- que incluyó dos bombas atómicas y la ocupación
militar del país por varios años - confirmó para
los estadounidenses su "vocación" universal, conquistando
un aliado fundamental, con una cultura originaria absolutamente distinta
de la suya.
Una convergencia estratégica entre el productor de cine de Hollywood,
el vendedor de automóviles y los agregados comerciales del Departamento
de Estado o del Departamento de Comercio de los Estados Unidos fue la
base del proyecto ideológico de los Estados Unidos. La libertad
pasaba a ser identificada con la libertad de consumo, privilegiando
el mercado y el egoísmo como valores esenciales. El sistema de
promoción de las estrellas de Hollywood, las marcas, la publicidad,
el supermercado y el shopping center - fueron eslabones del nuevo modelo
hegemónico. La visión de su hegemonía como consenso
de los consumidores pasó a comandar el expansionismo estadounidense
y fortalecer los argumentos del destino manifiesto. Para ello el ciudadano
tuvo que ser redefinido como consumidor, el Estado sustituido por el
mercado, los derechos por la competencia, la igualdad por el éxito.
El triunfo del campo occidental en la guerra fría trajo consigo
la victoria de una determinada concepción del mundo, la que considera
la libertad como posibilidad de elegir entre estilos de vida diferentes.
El consumidor pasó a ocupar el lugar del ciudadano el gobierno
pasó a representar el arte de vender: vender una imagen del gobierno,
vender un país, vender ilusiones.
Democratizar, en oposición, significa desmercantilizar, substraer
de la esfera mercantil para incluir en la esfera pública, universalizar
derechos. Reconocer derechos iguales para todos, promover los que tienen
menos posibilidad de acceso a ellos, exactamente lo contrario del mercado,
de la venta y de la compra, del costo-beneficio.
SINPERMISO
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