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LAS CONVULSIONES DE COLOMBIA |
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POR WILLIAM OSPINA Pero lo fue porque no representaba a la sociedad en su conjunto sino solo los intereses de unos sectores influyentes, egoístas y de muy escasa visión en términos históricos. Gente que ante los grandes desafíos, cuando se necesitaban pactos generosos y alta filosofía, solo sabía recurrir a soluciones violentas, como en la Guerra de los Mil Días o en la Violencia de los años cincuenta. |
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Las élites que tienen proyección en el tiempo no administran a la sociedad como si fuera un proyecto privado, dejando en el desamparo a las mayorías. A los países los engrandece o los envilece su dirigencia, y
en el caso colombiano la dirigencia, por ignorancia, por falta de visión
y por una escandalosa incapacidad de identificarse con su propio pueblo
y de dignificarlo, ha permitido o propiciado un creciente deterioro
moral de la sociedad. Colombia fingió ser una democracia, pero durante mucho tiempo no lo fue: nadie puso freno, invocando el interés público, a la voracidad de unos grupos económicos; nadie puso unas condiciones mínimas a la propiedad de la tierra; nadie fue capaz de imponer la sensatez de un contrato social que garantizara mínimas condiciones de supervivencia para los desposeídos. Peor aún, una cadena de guerras entre facciones de las élites, que arrastraba en su propaganda y en su ceguera a sectores populares que nada ganarían con ellas, destruyó desde temprano la tranquilidad de los campos. Ya en la segunda mitad del siglo XIX un comerciante como José Asunción Silva Fortoul, abuelo del poeta Silva, fue asesinado por bandidos en su hacienda de la Sabana, en un hecho premonitorio de lo que sería la suerte de nuestra dirigencia en un país que su propio egoísmo había sembrado de peligros. Esas guerras finalmente hicieron crecer ciudades violentas y caóticas, en las que nada se avizoraba a tiempo, donde había que improvisar soluciones al ritmo de la demanda cotidiana, y donde también desde temprano el delito fue un desesperado recurso de supervivencia. Cuando en las naciones existe cohesión y solidaridad, la insatisfacción se convierte en soluciones políticas; cuando solo existen rivalidad y exclusión, todo se repliega en intereses familiares e individuales y suele derivar hacia el delito. El precio que tuvo que pagar Colombia por el egoísmo ignorante de sus élites fue que a falta de una reforma democrática impuesta por partidos nuevos, que representaran otra visión y otros sueños, la sociedad se extraviara en insurgencias violentas, que nunca tuvieron un apoyo importante de la población, en delincuencia, en criminalidad desatada, y finalmente en el auge de las mafias. Las mafias suelen no ser más que empresas familiares al margen de la ley, por medio de las cuales se logra el enriquecimiento ilícito allí donde el enriquecimiento lícito es arduo o imposible. Por eso era tan fácil al comienzo saber quién era mafioso en Colombia: porque los nuevos ricos tenían cara de pobres. Cara y modales. Por eso en su primera época las mafias padecieron un marcado estigma social. Pero no solo las siguientes generaciones han cambiado de modales, también un sector considerable de la vieja dirigencia ha entrado en toda suerte de alianzas y negocios con ellos. Y ahora no están luchando por la riqueza, que hace tanto tienen, sino por el poder. La vieja fachada de respetabilidad de las instituciones se está cayendo a pedazos, y la república parece una obscena rebatiña de todos contra todos. Pero conviene advertir que el pueblo no forma parte de la rebatiña. El pueblo vive agobiado por sus angustias cotidianas y no acaba de entender cuáles son las cosas que están en juego en este incesante ir y venir de prohombres que se acusan recíprocamente, que van de la cárcel al parlamento y del parlamento a la cárcel, que hacen genuflexiones ante los grandes poderes del mundo y son sin embargo tratados con desprecio por ellos. No es que la gente humilde no tenga nada que perder con estos escándalos, es que ya lo perdió casi todo, y en las últimas décadas miles de pobres fueron asesinados por gentes riquísimas, armadas hasta los dientes, con el pretexto de que eran sediciosos, cuando en realidad no eran más que los propietarios de las tierras que los nuevos ricos necesitaban para sus grandes proyectos económicos y políticos. Grande es Dios para corregir lo que los hombres no pueden. Mientras por un lado se destapan todos los días escándalos innombrables que involucran a las gentes más respetables, y por el otro entran y entran dólares que ponen la vieja economía al borde del colapso, las clases medias, ansiosas de tranquilidad y de ascenso social, se sienten en el deber de apoyar a alguno de esos sectores que se están disputando el poder. Sospechan tal vez que si las cosas salen mal nadie va a perder tanto como ellas, y tienen razón. En este vasto desorden, cuanto más tenga alguien más riesgo corre. Tantos escándalos cotidianos solo significan que por décadas hemos vivido bajo un horror silencioso, y hasta los protagonistas de ese horror parecen querer confesarlo todo, aprovechando las circunstancias, para liberarse un poco de su carga opresiva. Y los demás nos escandalizamos, después de haber cohonestado con todo por comodidad o por cobardía. Tal vez había un proyecto bien estudiado y bien montado, pero las cosas no siempre salen como se las diseña. Todavía no sabemos del todo qué es lo que está pasando, por ello no es evidente todavía quiénes son los héroes y quiénes son los villanos, pero toda una época de Colombia está llegando a su fin, y no podemos estar seguros de si el porvenir será mejor o peor. Nos tocará ver cómo los grandes poderes que durante mucho tiempo disfrutaron de todos los privilegios resuelven ahora sus mutuas ofensas e intentan repartirse de nuevo el reino, como en los viejos tiempos del Frente Nacional, procurando, como entonces, que nadie importante salga damnificado en el acuerdo, y que el mal no les sea reprochado. Pero quién sabe si esa fórmula seguirá funcionando. El bien dura poco, pero a lo mejor nos tocará ver en nuestro tiempo que ni siquiera el mal puede durar para siempre. Permanecemos asombrados ante el vasto desorden y nos decimos, con la fe que nos queda, aquellos versos misteriosos: "El destino es fatal como la flecha / pero en las grietas está Dios, que acecha". A los países los engrandece o los envilece su dirigencia, y en el caso colombiano ha permitido o propiciado un creciente deterioro moral de la sociedad. Cromos, Junio 2 de 2007 |
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