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ENTREVISTA CON NÉSTOR
GARCÍA CANCLINI |
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POR CARLOS ALFIERI Sin embargo, García Canclini ocupaba desde hacía tiempo uno de los lugares más sólidos en el mundo de los estudios culturales. Nacido en La Plata, Argentina, en 1939, se doctoró en la Facultad de Humanidades de la Universidad de esa ciudad, y en 1978 obtuvo el título de doctor en Filosofía en la Universidad de París, con una tesis sobre Epistemología e Historia dirigida por Paul Ricoeur. Actualmente es responsable del Programa de Estudios sobre Cultura Urbana en la Universidad Autónoma Metropolitana de México, país en el que está radicado desde 1976. Ha sido profesor en las universidades de Buenos Aires, San Pablo, Barcelona, Austin, Duke y Stanford. Es autor de varios libros, algunos de los cuales se han convertido en referentes insoslayables en su campo de estudios: Las culturas populares en el capitalismo (1982), Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad (1990), La globalización imaginada (1999). Su última obra, Diferentes, desiguales y desconectados. Mapas de la interculturalidad , ha sido publicada en España por la Editorial Gedisa. |
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DIFERENCIA, DESIGUALDAD Y DESCONEXIÓN EN
LA GLOBALIDAD
- ¿Quiénes son los diferentes, los desiguales y los desconectados? - A veces son los mismos. Esa fue la principal motivación para trabajar juntos los tres términos y las teorías que los sostienen. Me llamaba mucho la atención que los especialistas en la cuestión indígena o en la de género pusieran todo el acento en la diferencia y creyesen que a través de una afirmación de ella podían resolverse problemas de desigualdad o de incomunicación o desconexión. Por otro lado, el marxismo y otras teorías macro sociológicas han subordinado las diferencias a la desigualdad, como si en el hipotético caso de que se pudiera acabar con las clases o disminuir notoriamente las distancias y las desigualdades entre ellas se resolvieran los problemas de la diferencia. Sabemos que hay infinidad de ejemplos históricos, en los propios países que se llamaron socialistas, donde esto no operó así. Y finalmente el proceso más reciente es que en un mundo tan interconectado hay diferencias que se crean por el acceso desigual a las conexiones internacionales, y hay también nuevas desigualdades, que ya no proceden solamente de la desigual participación en los medios de producción, sino también en el acceso a la información o al consumo. Entonces, pensar juntas estas tres condiciones de diferencia, desigualdad y desconexión me parece básico para avanzar en cualquier pensamiento y transformación de lo social. - El sociólogo alemán Ulrich Beck distingue entre los conceptos de globalización y globalismo. Identifica al primero de ellos con la convergencia de todas las sociedades y culturas, y al segundo con la uniformización y reducción de los procesos socio-político-económicos a un modelo financiero de proyección mundial en el que los protagonistas no serían los ciudadanos sino los inversores. ¿Es este último el único que se está dando en la realidad? - No. Hay ciertos procesos de globalización, tecnológica y cultural, que desde el comienzo mismo de lo que llamamos globalización -para poner una fecha, mediados del siglo XX- muestran que la interdependencia entre las sociedades se ha acrecentado, ha adquirido una simultaneidad que no existía en el pasado. Como sabemos, esto ha ocurrido por los satélites, por Internet, por las facilidades tecnológicas para la comunicación. De hecho, vemos procesos sociales y culturales que no son un efecto de lo que Beck denomina globalismo, o sea la orientación que el neoliberalismo ha dado a la globalización. Esto hace posible imaginar formas de globalización no opresivas, que no operen sólo en beneficio de minorías muy pequeñas, como sucede en la actualidad. - ¿Qué piensa de las teorías -defendidas por intelectuales como Toni Negri- que sostienen la no localización nacional del poder y la quiebra del Estado en el mundo de hoy? - Sin duda ha habido una disminución radical de la capacidad de los Estados nacionales en la administración de las economías, y en algunos casos también en la gestión del poder militar y de otras áreas de la vida social. El caso de los países europeos es muy significativo, porque la integración en la Unión Europea es mucho más densa en cuanto al modo de organizar las sociedades nacionales. Pero aun en Europa vemos que las naciones no desaparecen ni las lenguas dejan de hablarse; muy al contrario, en muchos casos se reafirman. A veces se renuevan las identidades locales, pero no se suprimen. Hay, sí, identidades amenazadas, hay lenguas que están dejando de hablarse, y no podemos ser insensibles ante este fenómeno, que habitualmente está asociado a la pobreza, al aislamiento y a otros problemas que conocemos. - ¿Es el caso de algunas lenguas indígenas de México,
por ejemplo? - El teórico estadounidense George Yúdice esgrime el concepto de disidencia incidente para definir la forma de operar críticamente que él prefiere frente al modelo de globalización actual, y lo opone a la disidencia pura, o más bien purista, de aquéllos que, como los neosituacionistas, rechazan por ejemplo las movilizaciones no tradicionales con el argumento de que son apropiables por el capitalismo. ¿Coincide en este punto con Yúdice? - Sí. Esto lo he conversado con él, es una idea reciente
de George pero que se apoya en observaciones que ha hecho desde hace
años acerca de los movimientos antiglobalización. Una
de las observaciones que me parecen más atractivas en este sentido
es que los movimientos antiglobalización más fervientes,
más extremos, plantean un desarrollo endógeno, localizado,
un poco en la línea de Toni Negri, pero a la vez convocan las
reuniones mundiales usando las tecnologías globalizadas, desde
Internet hasta los teléfonos móviles y distintas formas
de organización en red que son trasnacionales. Entonces llega
un momento en que es contradictorio que haya una propuesta globalifóbica
en ecología, en agricultura, en economía, y no haya una
propuesta para reestructurar las industrias culturales, la circulación
de los bienes simbólicos. Me parece que es a partir de los estudios
del propio Yúdice sobre la lógica de las industrias culturales
que ha surgido esta noción de una disidencia no pasiva, no replegada,
sino que busque una incidencia creativa, que imagine nuevas formas de
articulación globalizada. - Las ciencias sociales han insistido en los últimos tiempos en la índole ficcional de la identidad propia y ajena, tanto en los individuos como en las naciones. Si esto es así, ¿por qué cuesta tanto desconstruir esas entidades y en cambio se multiplican los conflictos entre identidades y diferencias? - El carácter ficcional, o construido, o imaginado de las identidades es un descubrimiento de las ciencias sociales, de historiadores y de muchísimos antropólogos. Esa comprobación ha pasado a otras disciplinas, por ejemplo al arte, donde ha habido una desesencialización simultánea con la desmaterialización de la obra artística y con ese enorme énfasis en las diferencias y en el nomadismo que sobre todo ha impulsado el pensamiento postmoderno. También en la arquitectura y en otras ciencias no sociales esto tiene repercusión. Pero su efecto en la sociedad es mucho más limitado, porque las lógicas de lo que antes llamábamos la conciencia social de las representaciones que los actores sociales hacen de su propia condición, no sigue la información de lo último que se publica en ciencias sociales sino las lógicas de la protección del propio grupo, la estigmatización de lo diferente, de la reproducción y la sobre vivencia en condiciones de penuria o según la lógica de la distinción social. De modo que en este mundo de globalización que implica una interdependencia mucho mayor es comprensible que tiendan a acentuarse los fundamentalismos y las identidades absolutizadas, las diferencias y la sobreestimación etnocéntrica de lo que nos hace diferentes. - ¿Puede hablarse de una identidad latinoamericana o más bien hay que hacerlo de las identidades latinoamericanas? En cualquier caso, ¿se trataría de construcciones puramente imaginarias? Imaginaria o real, ¿cuáles serían los rasgos intransferibles que configuran esa identidad? - No estoy de acuerdo con que haya una identidad latinoamericana, me parece una afirmación inverificable fuera de los discursos de algunos políticos y algunos próceres A mí me parece que la noción más productiva es la de un espacio sociocultural latinoamericano, en el que coexisten centenares de identidades. Hay países como México, que tiene sesenta y dos identidades indígenas, más todas las otras que han llegado de Europa o de otras partes de América Latina. Y así podríamos ver que aun en las zonas donde la población indígena es más fuerte, como Guatemala o el área andina, hay una pluralidad de lenguas cuyos hablantes a veces ni siquiera se entienden entre sí. Y además, esas identidades originarias se han ido transformando a lo largo de la historia y se han ido mezclando con otras. En este sentido, no me parece que tengan futuro las propuestas de un indoamericanismo o de algún tipo de esencialismo primigenio que definiría lo latinoamericano o lo indoamericano por oposición a algo, sea España o Estados Unidos o lo que sea. Sí tiene sentido pensarnos como un Continente que tiene una historia más o menos compartida, que lleva cinco siglos de haber sido conquistado por España y Portugal, unificado por tanto bajo dos lenguas extrañas pero que son las que predominan y con las que podemos comunicarnos, incluso en las reuniones de indígenas. La pregunta entonces sería: ¿qué podemos hacer juntos en el espacio sociocultural latinoamericano? Ésa sí me parece una pregunta pertinente. - ¿No la de los rasgos que lo diferencian de otros espacios?
- Muchas. La corrupción ya ha sido bastante mencionada y en algunos casos se ha llegado a juzgarla. Todavía muy poco, eso sí. Es muy difícil que ocurra un tipo de reestructuración de la economía y de la sociedad, de pérdida del sentido de lo público, como ocurrió durante el menemismo, con un gobierno que se decía democrático y que además fue reelegido por la mayoría de la población, sin una cierta coparticipación de una parte importante de la sociedad. Entonces, hay una responsabilidad social compartida. El menemismo no fue un invento de la cúpula peronista, fue un estadio de descomposición grave de ese movimiento heterogéneo, complejo, que es el peronismo, pero en el que participó una gran parte de la sociedad. No todos, hubo resistencias, hubo oposiciones fuertes, pero que no lograron ser suficientemente numerosas como para evitar la catástrofe. |
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