POR ISMAEL CLARK*
Disfruté del Coloquio que sobre
"Cuba y Fidel; Memoria y Futuro", auspiciara en los primeros
días de diciembre la Fundación Guayasamín -con
la colaboración de varias entidades cubanas- para celebrar el
80 cumpleaños del Comandante Fidel Castro.
Con singular acierto, una de las sesiones del evento fue dedicada al
tema del pensamiento y la obra de Fidel en la gestación de una
ciencia para la justicia social. Tuve entonces la oportunidad de escuchar
reflexiones y anécdotas narradas de primera mano por eminentes
científicos cubanos, que a lo largo de estos años han
sido testigos excepcionales de la singular impronta de Fidel, de su
pensamiento y su obra, sobre la ciencia cubana.
Habría que recordar ante todo qué ciencia (si así
pudiera llamarse) había en Cuba antes del triunfo de la Revolución.
Precursores sí hubo, por cierto, desde los mismos albores de
la nacionalidad cubana y bastaría recordar a Varela, a Romay,
a Poey, o simplemente evocar la excelsa figura de Finlay.
En la primera mitad del siglo pasado tuvimos a estudiosos insignes como
Roig, de la Torre, Kourí, o a un erudito como Ortiz. No obstante,
el régimen neocolonial imperante y la voracidad económica
de los monopolios yanquis, accionaban como elementos de desaliento para
cualquier empresa científica o tecnológica nacional.
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Al comenzar la década de los ´50, en que los hechos políticos
se precipitaran con el golpe militar de Batista, el asalto al Moncada
y el desembarco del Granma, el panorama científico cubano era,
cuando menos, deplorable. Así lo caracterizó una misión
especial del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento
(el que hoy llamamos Banco Mundial) que visitó el país
a solicitud del desgobierno entonces de turno. La llamada misión
Truslow (en referencia a su experto principal) reportó no haber
encontrado: "ningún laboratorio adecuado de investigación
aplicada, público o privado".
Años después, en su informe al Primer Congreso del Partido,
Fidel se referiría a esa depresiva situación pre-revolucionaria,
y dejaría ver con claridad sus fuertes convicciones sobre el
tema. Diría entonces:
"La investigación científica y técnica era
de hecho desconocida en el país. En 1958 la educación
superior no preparaba para satisfacer las necesidades del desarrollo
y mucho menos las actividades de investigación. La urgencia de
una revolución científica y técnica en el proceso
revolucionario condujo al desarrollo de la actividad científica
en diversos organismos y la fundación de la Academia de Ciencias
en 1962 (...)".
En efecto, en fecha tan temprana como el 15 de enero de 1960, en un
discurso improvisado ante los concurrentes a la celebración del
XX Aniversario de la Sociedad Espeleológica, Fidel había
expresado su visión sobre el tema cuando afirmara, de manera
inequívoca, que "el futuro de nuestra patria tiene que ser,
necesariamente, un futuro de hombres de ciencia, tiene que ser un futuro
de hombres de pensamiento, porque precisamente es lo que más
estamos sembrando; lo que más estamos sembrando son oportunidades
a la inteligencia".
Poco después, en 1966, subrayaría ante un auditorio de
jóvenes que "ninguna revolución social podría
conducir al socialismo sin una revolución técnica (
.)
ninguna sociedad humana llegará al comunismo sin una revolución
técnica...".
Tras la liquidación del analfabetismo mediante la masiva y exitosa
campaña de 1961, casi de inmediato se implantó la Reforma
Universitaria, la cual fijó la investigación científica
como componente indispensable de la educación superior. Ese propio
año de 1962, el Gobierno Revolucionario estableció la
Comisión Nacional de la Academia de Ciencias. En años
subsiguientes se fueron creando los primeros centros científicos
en el seno de ésta, o al abrigo de la Universidad, como el Centro
Nacional de Investigaciones Científicas, inaugurado en 1965.
Hoy el país cuenta con más de 220 entidades dedicadas
a la ciencia y la tecnología. Algunas, como el Centro de Ingeniería
Genética y Biotecnología, o el Centro de Inmunología
Molecular, descuellan de entre sus pares de países en desarrollo
y se comparan con modestia, pero sin vacilación, con sus colegas
del Primer Mundo.
A medio siglo de la misión Truslow otro informe, preparado éste
en el año 2001 para el Banco Mundial, por un equipo de la Corporación
Rand, reflejaría que, entre los países de América
Latina y el Caribe, sólo Brasil y Cuba emergían por encima
de la media mundial (calculada según indicadores diseñados
al efecto) en materia de creación de capacidades científicas.
Debe agregarse que tan importante como la creación de capacidades
lo es su utilización, en la que también ha estado presente,
en nuestro caso, la impronta de Fidel. La Revolución ha construido
sólidas bases de equidad en el acceso y el uso del conocimiento
en los cuales se expresa, a través de la educación y de
la creación de capacidades científicas y tecnológicas,
una posición de principios acerca del papel de la ciencia y la
técnica para alcanzar los objetivos revolucionarios de justicia
social.
En el proceso preparatorio a la Conferencia Mundial de Ciencia de 1999,
una de las reuniones regionales celebradas -la de América del
Norte- arribó a una reflexión de indudable nitidez:
"La ciencia de hoy parece estar atrapada en un fuego cruzado entre
dos visiones opuestas del mundo. Por una parte, la ciencia es la principal
herramienta de la ideología que actualmente dirige la economía
mundial denominada sistema de libre mercado, orientada al crecimiento
continuo y la búsqueda de riqueza individual. Por otra, la ciencia
está llamada, de manera creciente, a producir conocimiento y
tecnología que promueva la sustentabilidad ambiental, el desarrollo
orientado hacia los pueblos y el manejo a largo plazo de los recursos".
La ciencia cubana, en cambio, guiada certeramente por el pensamiento
y la obra de Fidel, ha seguido un rumbo firme y persistente en sus propósitos.
A la altura de 1981, el Comandante en Jefe había precisado el
horizonte metodológico, y también ético, que sirven
de referencia a nuestra ciencia:
"Para tener acceso a la producción moderna y dominar las
tecnologías avanzadas es imprescindible instruir a los hombres
y mujeres que los van a manejar, formarlos para el mayor conocimiento
de sus especialidades y dotarlos de una conciencia patriótica
e internacionalista que permita realizar tanto los proyectos económicos
y sociales propios como contribuir al desarrollo de la parte más
urgida y que sufre en peor grado las consecuencias del pasado colonial".
Para el ideario revolucionario, ciencia y conciencia son tan inseparables
como los polos de un imán. La consagrada dedicación de
los científicos y su elevada ética apuntan hacia realizaciones
cada vez más altas.
Cuando sobre el horizonte asomaban las negras nubes de lo que hemos
llamado el Período Especial, aquella inevitable crisis resultante
de la abrupta pérdida de nuestras principales relaciones económicas
y comerciales tras el desplome del llamado campo socialista europeo
y de la desintegración de la URSS, Fidel reiteró su confianza
y optimismo ante los participantes en el Forum Nacional de Ciencia y
Técnica, celebrado en 1991:
"Lo que tengamos en el futuro tenemos que crearlo nosotros, tenemos
que conquistarlo con nuestros brazos, con nuestro sudor y con nuestra
inteligencia. Podemos llegar a hacer mucho y podemos llegar muy lejos,
porque tenemos lo que no tienen otros: la cantidad de talento acumulado
en nuestra sociedad, la cantidad de inteligencias desarrolladas".
Esas inteligencias con las que el país puede contar hoy son el
fruto de la Revolución, de la obra de Fidel.
*El autor es Presidente de la Academia de Ciencias de Cuba.
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