MEGAPROYECTO NEOLIBERAL
Entre el 31 de agosto y el 1 de septiembre de 2000, durante la reunión
de mandatarios suramericanos realizada en Brasilia a instancias del
entonces presidente Fernando Henrique Cardoso, el (BID) presentó
la propuesta "Plan de Acción para la Integración
de la Infraestructura de Sudamérica". Fue, de hecho, el
lanzamiento de la IIRSA, un ambicioso programa para la ejecución
de proyectos físicos y cambios en las legislaciones, normas y
reglamentos nacionales para facilitar, según sus auspiciantes,
el comercio regional y global.
En un lapso de diez años busca conectar a través de grandes
inversiones tanto de los países suramericanos como de las multinacionales,
las zonas donde se encuentran los recursos naturales (gas, agua, petróleo,
biodiversidad) con las grandes ciudades y con los principales mercados
del mundo, mediante la potenciación de los sectores del transporte,
energía y telecomunicaciones, creando grandes canales multimodales.
De esta manera, se organizará el espacio geográfico latinoamericano
en base al desarrollo de una infraestructura física de transporte
terrestre, aéreo y fluvial; de oleoductos, gasoductos, hidrovías,
puertos marítimos y fluviales, tendidos eléctricos y de
fibra óptica.
La coordinación técnica y la operación de la iniciativa
se han confiado a tres bancos multilateral de desarrollo: el BID, la
Corporación Andina de Fomento (CAF) y el Fondo Financiero para
el Desarrollo del Cuenca de Plata (FONPLATA).
Para poder llevar adelante este megaproyecto es necesario remover las
"barreras" físicas, normativas y sociales, lo que supone
realizar grandes obras, armonizar las legislaciones nacionales de los
doce países implicados en la IIRSA y ocupar los espacios físicos
claves que suelen tener baja densidad de población pero guardan
las principales reservas de materias primas y biodiversidad. Se han
identificado 330 proyectos de infraestructura cuyo costo supera los
40 mil millones de dólares y los cuales deberán estar
ejecutados en el año 2010.
¿A QUIÉN LE INTERESA?
El IIRSA interesa a los grandes grupos económicos, sobre todo
a los estadounidenses, que se van a lucrar con la construcción
e implementación de ese proyecto. Así mismo es de sumo
interés tanto para los bancos multilaterales, que seguirán
garantizando préstamos con altas tasas de interés y asegurando
su retorno financiero, como para las elites locales, que continuaran
vendiendo el patrimonio de sus naciones, como su territorio, las reservas
de agua y la posibilidad de desarrollar tecnología avanzada.
Al cuestionar el IIRSA no se está diciendo que no sea necesario
e importante construir carreteras, vías férreas, vías
fluviales, puertos y aeropuertos, o invertir en el sector eléctrico
y en las telecomunicaciones. Lo que no se puede aceptar es que este
tipo de megaproyectos, sirvan solamente para garantizar la construcción
de nuevas rutas para la expoliación de los sectores vitales de
América Latina. En estas épocas de neoliberalismo a ultranza
se hace necesario que cualquier proyecto de desarrollo considere los
derechos de las poblaciones indígenas, campesinas y afrodescendientes,
así como la conservación de las selvas, de los ríos
y de la biodiversidad, pues es prioritario conservar en las manos de
esos pueblos y naciones el control sobre sus propios recursos naturales.
Ellos son un patrimonio común, no pueden ser tratados como meras
mercancías para ser explotadas mirando solamente el lucro y la
concentración de riquezas materiales en las manos de un número
cada vez menor de beneficiarios. El desarrollo tiene que ser concebido
más allá del simple avance técnico y del crecimiento
económico, porque el fin de toda actividad económica debe
ser el desarrollo humano y social, para lo cual deben servir la tecnología
y la producción de riquezas.
Por eso es que la Asociación Americana de Juristas en 2003 expidió
una declaración en el seno de la Comisión de Derechos
Humanos de Naciones Unidas titulada "Amenazas sobre los derechos
fundamentales de los pueblos indígenas de Colombia", en
la que denunció a la IIRSA como un grave riesgo para las poblaciones
aborígenes, como los Achagua, que corren el peligrode perder
su territorio en una de las pocas áreas en donde el gran latifundio
no domina.
Si bien el presidente Álvaro Uribe ha comprometido a Colombia
a fondo tanto en Plan Puebla-Panamá como en IIRSA, aún
en el país no se ha abierto el debate ni se ha tomado verdadera
conciencia sobre las implicaciones políticas, económicas,
sociales y de soberanía que acarrean estos megaproyectos en que
los más favorecidos serán Washington y el capital financiero
internacional.
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