La siguiente reflexión busca hacer un aporte al papel de la Universidad
pública vulnerable a ser utilizada por el Estado como su instrumento.
El propósito final es reforzar el carácter de la Universidad
como un bien público, no obstante la inescapable instrumentalización
estatal que le permite operacionalizar su misión. La hipótesis
central de este artículo sostiene que en tanto la Universidad mantiene
su carácter de bien público, revigoriza el talante social
del derecho que define al Estado, el cual está hoy en entredicho
dados los cuestionamientos actuales a los clásicos abordajes al
concepto y práctica de soberanía.
1. La Universidad como instrumento del Estado
En su concepto de Universidad, Napoleón Bonaparte la entendió
como el centro desde el cual se articularían los propósitos
que su Estado perseguía en términos de organización
del body politic de la nación francesa. La ambigüedad de una
dictadura como la napoleónica enraizada en un trunco experimento
democrático radical que Francia recién había lanzado
a finales del siglo XVIII, demandaba una educación que sin llegar
a la estolidez religiosa del despotismo ilustrado no promoviese tampoco
los desmadres de la participación directa del populacho en la cosa
pública.
Una Universidad estatal así concebida se distanciaba del proyecto
alemán que la veía como templo del saber, y definitivamente
de la medieval que se esforzó por alcanzar una síntesis
entre la teología y el incipiente conocimiento científico.
No obstante su acento en la aplicación práctica del conocimiento,
la Universidad estatal napoleónica no llegó a justificar
su existencia en el tecnicismo que aún caracteriza a la Universidad
denominacional protestante de América del Norte. En suma, la Universidad
pública estatal era una escuela de formación para lo público,
es decir, una escuela política. Puesto que, como ocurre con toda
dictadura, la de Napoleón encapsula la noción de Estado,
tal como años atrás ya lo había acuñado Luis
XV con su famoso dictum “el Estado soy yo,” la Universidad
estatal entiende que su función pública consiste en ilustrar,
informar y crear instrumentos para la conformación de un Estado
acorde al paradigma jerárquico. Si bien el conocimiento sigue cumpliendo
su misión de aportarle ángulos críticos al pensamiento,
el resultado final de la empresa universitaria es una comunidad política
que sustenta un sistema jerárquico. Sin hacer una referencia específica
al problema de la Universidad estatal, León Tolstoi ejemplifica
un conocimiento instrumentalizado por el Estado mediante una crítica
a la historia que forma parte del corpus de su novela Guerra y Paz. Tolstoi
ridiculiza a los historiadores que acompañan a Napoleón
en sus campañas en la estepa rusa, los cuales no pueden leer la
empresa napoleónica sino a través de un lente apologético.
Las numerosas páginas que Tolstoi le dedica a su reflexión
sobre la historia desde sus aristas críticos permiten que se resalten
por contraste los rasgos de un conocimiento universal que se ha cocinado
bajo la sombra protectora del Estado.
Debe subrayarse, sin embargo, la contradicción que entraña
una Universidad pública que ejerce su vocación política
como instrumento del Estado. La contradicción no necesariamente
se constata en su mayor o menor posibilidad de avance técnico,
ni en su potencial de acceder a formulaciones científicas revolucionarias.
Al fin de cuentas, las universidades bajo la égida soviética,
para citar un ejemplo reciente, se destacaron por sus sofisticaciones
científicas y tecnológicas mientras fueron todas ellas universidades
instrumentalizadas por el Estado. El problema del carácter estatal
de la Universidad pública reside precisamente en su función
central, esto es, en su carácter de escuela de formación
política. La veta central de esa dificultad se relaciona con el
presupuesto mercantilista que le aporta al inversionista un derecho natural
sobre la función de su inversión, gracias a lo cual el inversionista
reclama el derecho a que su inversión responda a sus propósitos
de ganancia. En el caso de la inversión estatal en el terreno de
la educación superior, este derecho natural significaría
una legitimidad que le permitiría al Estado recoger la cosecha
de su inversión, esto es, un conocimiento cuya función política
contribuya al anquilosamiento de la comunidad política en cuestión.
En últimas, una Universidad pública así entendida
le estaría aportando al status quo la fortaleza que proviene de
la legitimación científica. Cuando la inversión estatal
no arroja esos frutos sino que, por el contrario, no puede resistir la
enjundia de las formulaciones críticas, las administraciones estatales
apelan a la intervención directa, como lo ha demostrado ampliamente
la historia de las dictaduras en América Latina. No obstante, conviene
aclarar siguiendo nuestras hipótesis que una instrumentalización
universitaria por parte del Estado en los términos aquí
descritos presupone un ordenamiento jerárquico y autoritario. Es
decir, la función pública de la Universidad como legitimadora
científica de un status quo vertical le resta al Estado su carácter
social de derecho.
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Es así como la revolución de Córdoba de 1918 señaló
un horizonte que reivindicó el carácter político
del conocimiento. Así lo constatan sus dos grandes conquistas:
autonomía universitaria y libertad de cátedra. “Todas
esas conquistas iban dirigidas a impedir que la (U)niversidad sea sirviente
domesticada de los poderes que configuran la sociedad latinoamericana,”
negándole al Estado cualquier derecho que sobre la Universidad
le pudiera conferir su papel de benefactor. El tono decididamente altanero
e iconoclasta del joven Arciniegas en su El Estudiante de la Mesa Redonda
como vocero de esa generación habla de los esfuerzos por rechazar
la condescencia del Estado cuya inversión en la educación
superior no obedece a sentimientos de bondad sino a obligaciones que
asume dada su naturaleza de contrato social o bien común.
La actual crisis de las soberanías nacionales se manifiesta en
Colombia en la adopción de posturas autoritarias de las que muy
difícilmente podría escapar la Universidad pública.
Contando el enorme caudal crítico que la Universidad ha atesorado
en su corta historia, ella acusa la gran paradoja del paradigma neoliberal,
a saber: que la reducción del Estado no se traduce en la creación
de una atmósfera de participaciones políticas vigorosas.
Sin que la bota militar haya hollado directamente el predio universitario
financiado por el Estado, en Colombia la recuperación del control
estatal ha trasegado otros caminos. A modo de ejemplo bástenos
recordar que estudios recientes demuestran que el mapa social estudiantil
en una Universidad pública como la Nacional proyecta cada vez
un rostro propio al de las capas más favorecidas del país.
El mapa social estudiantil se ajusta a los proyectos que a niveles macro
están perfilando al Estado actual, no sólo en Colombia
sino en el resto del continente. La reducción de la soberanía
del Estado se traduce, por la vía de la reducción en la
inversión estatal, en un fortalecimiento de la función
directiva del Estado la cual inhibe una de las grandes conquistas de
la revolución de 1918, a saber: la autonomía universitaria.
Esta conquista no se reduce a la mayor o menor presencia física
de los aparatos de control del Estado en la cotidianidad de la Universidad
pública. Tal trivialización de la autonomía es
propia de las acciones policiales y las reacciones de las asambleas
estudiantiles. La autonomía como conquista hace referencia a
que si la Universidad ha de ser escuela de formación política,
cual es el caso en América Latina, le corresponde a la Universidad
misma articular la dinámica de esa formación respetando
el gran requisito del conocimiento científico: el debate crítico.
En la medida en que la Universidad pública continúe acentuando
su talante para lo público, el Estado rejuvenecerá su
misión social de derecho. El caso contrario, esto es, como instrumento
del Estado, hará de la Universidad pública una vocera
de la estructuración jerárquica y vertical de un sistema
autoritario.
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